José María Ruiz Soroa-El Correo

  • Que Felipe González declare que niega su voto a todas las opciones es una potente llamada de atención sobre nuestro ambiente público

Transcribo las palabras de la novela de Sergio del Molino, que comparto sin reservas: «Felipe González es la figura política española más importante del siglo XX, pero no se apreciará así hasta que muera (…). La transformación de España durante los primeros años de la democracia no se puede comparar con ningún otro episodio nacional» (‘Un tal González’, 2022). Salvo Suárez y su papel en la Transición, los demás políticos de la democracia merecerán si acaso una nota a pie de página en el libro de su historia, porque ninguno de ellos se ha acercado siquiera a la ejecutoria de buen gobierno del sevillano, errores incluidos. Al contrario, la evolución de nuestra democracia desde su retirada suscita sobre todo la impresión de un deshacer progresivo de lo que parecía ya conseguido, por mucho que los imponderables hayan jugado su papel.

Bueno, pues este político que demostró tan sobradamente su capacidad de gobierno ha hablado recientemente desde su condición de ‘jarrón chino’ descolocado e incómodo, para decir algo muy sencillo: que no podría ya votar a su propio partido en unas elecciones, dada su ejecutoria demostrada, aunque tampoco puede votar a un partido de derechas carente de la más mínima idea o proyecto positivo. Que se abona al voto en blanco, el refugio crítico de quienes viven de cerca la política y no dimiten de su responsabilidad ciudadana, pero al tiempo se sienten irremisiblemente extrañados y extranjeros ante el juego político que se nos propone desde arriba.

Es lo más parecido a aquel «no es esto, no es esto» que pronunció Ortega y Gasset en 1933 al pedir un cambio de orientación a la República, discurso que siempre se cita por los historiadores como denuncia temprana de un rumbo de colisión. Aunque le separa del liberal conservador que fue Ortega su condición de socialista, su carácter de político pragmático y no intelectual de altos vuelos, y el hecho de que no se aparta de la política al hablar así sino todo lo contrario: intenta intervenir un poco en ella.

Esto que tenemos no es buen gobierno, y eso que proponen los otros tampoco lo es, dice el expresidente

Esto que tenemos no es buen gobierno, y eso que proponen los otros tampoco lo es, dice. Y… ¡mira que el personaje, si de algo entiende es de gobernar, es decir, hacer que el Estado funcione lo mejor posible y para quienes lo necesitan más! Por eso resultan mezquinas y pequeñitas las críticas de los socialistas sin canas que le acusan de abuelete derechizado (¡qué ocasión para callarte tuviste, Patxi!) o los intentos de los populares de acopiarlo para su confuso y ralo discurso. Que Felipe González declare que niega su voto a todas las opciones existentes debería ser una potente llamada de atención; el desdén de superioridad cariñosa con que se le recibe no es sino una prueba más del degenerado ambiente público que padecemos.

Decía Nadia Urbinati que la corrupción de la democracia antigua de las ‘poleis’ griegas fue la demagogia, lo describieron testigos como Tucídides. Pero que la corrupción de las democracias nacionales representativas modernas es el populismo, precisamente por el tamaño de aquellas y su forma de aglutinar intereses y emociones. El populismo es una forma de hacer política que se basa en la simpleza, el antagonismo y la polarización afectiva de las poblaciones en un moralismo estrecho de lados buenos y lados malos de una eterna historia.

Que estamos en un momento populista de la democracia es una obviedad, lo que no lo es tanto es darse cuenta de que ese momento político está dañando irremisiblemente al Estado. Que las disfunciones que comenzaron en áreas muy abstractas del Estado de Derecho acaban irremisiblemente afectando al funcionamiento cotidiano de la gestión pública. Al principio lo que mal funciona es el parlamento, su relación con el gobierno, la colonización partidista de las instituciones de control, los choques con el judicial, la aceleración y devaluación de las normas, y así.

Pero un día el ciudadano descubre que poco a poco también va malfuncionando la Administración y la dirección pública, que gobernar sin Presupuestos y a base de decretos leyes, créditos y habilitaciones de gastos produce fantasmas. Que resulta que el Estado no es capaz de recibir y aplicar los préstamos que nos hace Europa simplemente por carencia de músculo burocrático, y que los devolvemos sin usar. Que los favores políticos que se pagan con trozos de Estado en forma de conciertos o cupos para algunos empeoran la cohesión de todos. Que es fácil subvencionar a los usuarios del transporte, lo complicado es mantener su calidad técnica. Que no se nos ocurrió que traer a cuatro millones de inmigrantes exigía construir casas. Que una simple riada puede poner a prueba la calidad de la gobernación y devenir en catástrofe. Que no se puede saber por falta de estudios imparciales mínimos qué pasó en la pandemia y cuántos murieron; o por qué hace un año se apagó todo. Y, lo peor de todo, que votar a la oposición promete más de lo mismo. Esto se ha atascado.