Mikel Buesa-La Razón

  • No se trata de buscar paliativos a corto plazo de las presiones inflacionistas, sino de propiciar un cambio estructural que nos devuelva la industrialización, la explotación de los recursos naturales, el progreso tecnológico y la autonomía defensiva

… ha dicho Kaja Kallas, la vicepresidenta responsable de la diplomacia bruselense, para desvincular a la Unión Europea de cualquier participación en la Armada que pretenden congregar los Estados Unidos a fin de desbloquear el estrecho de Ormuz. Sin embargo, queramos o no, estamos involucrados en esa guerra, no sólo por los ataques, de momento fallidos, de Irán sobre Chipre y Turquía, sino porque, de repente, ha hundido los fundamentos sobre los que, después de la formación del mercado único y la entrada en vigor del euro, se fue construyendo la Unión. Ésta, basándose en la idea de que la globalización –garantizada por las reglas del derecho internacional, los acuerdos multilaterales y las instituciones surgidas de ellos– configuraba un estatus inmutable, confió en la externalización de buena parte de sus actividades productivas, tanto en la industria como en la agricultura, a fin de progresar en las agendas del cambio climático, la apertura a la inmigración y la defensa, generalmente sólo verbal, de los derechos humanos. Pero ahora, lo que esta guerra –y la aún inacabada de Ucrania, amén de las que involucran intermitentemente a Israel– ha puesto de relieve es que el mundo regido por el derecho no es más que una ficción, pues al menos tres de los cinco países con capacidad de imponerlo desde el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, no están dispuestos a ello. Y ahora, cuando las rutas marítimas y aéreas se trastocan, los suministros energéticos se bloquean, el comercio internacional se encarece y las amenazas militares potenciales se hacen más visibles, nos encontramos con una Europa incapaz de comprender que la utopía pretérita no va a volver y que se necesita urgentemente formular una política que, basada en las capacidades internas y en la cooperación intracomunitaria, revitalice los sistemas productivos. Porque no se trata de buscar paliativos a corto plazo de las presiones inflacionistas, sino de propiciar un cambio estructural que nos devuelva la industrialización, la explotación de los recursos naturales –alimentarios, mineros y energéticos–, el progreso tecnológico y la autonomía defensiva. Para ello, necesitamos gobiernos que, alejados de la tentación populista, se proyecten sobre el largo plazo, aprendan las lecciones de la historia y lideren a nuestras viejas naciones.