Fernando Navarro-El Español
  • Sánchez ha reemplazado el gobierno por la propaganda, y eso exige sustituir continuamente la realidad por un decorado. Pero sus guiñoles sólo hablan a una parte de la sociedad, mientras el resto le ve manejar las marionetas mediáticas.

Pedro Sánchez odia las redes, y es normal.

Él ha reemplazado la acción de gobierno por la propaganda, y eso exige sustituir continuamente la realidad por un decorado, situado ante un público fiel que aún cree que Silvia Intxaurrondo hace periodismo y Sarah Santaolalla análisis político.

La novedad del sanchismo es esa, que su espectáculo de guiñol sólo está orientado hacia el campo de visión de una parte de la sociedad. El resto lo contempla, podríamos decir, desde detrás, y así ve perfectamente a Sánchez manejando las marionetas políticas y mediáticas.

Esto, como es natural, le provoca a la mayoría una justificada sensación de tomadura de pelo.

En todo caso, para mantener su decorado precariamente sostenido, aunque sea ante un público menguante, Pedro ha diseñado lo que en management se denomina una «cadena de valor», que empieza en los 609 asesores apiñados en Moncloa, junto, suponemos, a David Azagra.

Éstos son los que diseñan el «relato» (es decir, el cuento chino) y lo convierten en argumentarios y píldoras digeribles incluso por Patxi López.

A continuación, trasladan todo a los medios afines (las cloacas de Moncloa presumían de tener 61 periodistas afines, pero obviamente son muchos más). Los presentadores y comentaristas diversos, que son muy profesionales, transmiten los argumentarios con cara de seriedad, y esto permite a Sánchez y sus cuates recogerlos y repetirlos como si no hubieran sido ellos los creadores originales.

La prensa, en una democracia, tiene la función de controlar al poder político, pero Pedro Sánchez ha decidido incorporar a una parte a la cadena de valor gubernamental.

Esto, en gestión empresarial, se llama «integración vertical», y el tuitero Declan, que acostumbra a representar la actualidad mediante los tapices de Bayeux, lo denomina más escuetamente «meretrices sincrónicas».

Por cierto, Pedro también ha integrado verticalmente al fiscal general, y eso explica que llegara a delinquir con tal de mantener el relato gubernamental.

Vean un ejemplo reciente del funcionamiento.

Esta semana, El País La Vanguardia publicaron, en admirable sincronía, una encuesta según la cual dos tercios de los españoles creen que los jueces tienen manía al Gobierno.

Realmente, es difícil de creer: el porcentaje resulta incompatible con el de españoles que completan automáticamente la frase «Pe-dro-Sánchez…» (no digo que esté bien, pero recuerden que ellos son los que asisten al espectáculo sanchista desde detrás del guiñol).

En todo caso, es evidente que de nuevo la realidad (el Gobierno está hasta el cuello de corrupción) está siendo sustituida con éxito por un decorado (los jueces franquistas persiguen al gobierno progresista que lucha contra el fascismo).

Eso le ha servido a Bolaños para anunciar nuevas reformas, y para intentar acabar con la molesta acusación popular.

¿Ven ustedes el problema para Sánchez?

En los viejos tiempos, bastaba con controlar a los medios que se publicaban en papel.

Después, la cosa se complicó y hubo que incluir la radio y la televisión.

Pero ahora las redes han abierto tal cantidad de vías de agua que no dispone de dedos, ni sueldos televisivos, para taparlas todas. Ahora las redes se han convertido en una fuente continua no sólo de denuncia, sino también de burla.

Y por eso cuando el servil Bolaños acaba de anunciar un anteproyecto de Ley Orgánica de protección civil del derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen, que incluye vigilar lo que ocurre en las redes, es saludable una cierta suspicacia.

Dice su exposición de motivos que el proyecto «forma parte de las medidas de promoción de una mayor calidad del debate público que impulsa el Plan de Acción por la Democracia».

¿Plan de Acción por la Democracia? ¿Se refiere a los manejos de Leire?

Pues no, a un documento que produjo el Consejo de Ministros en septiembre de 2024, que comenzaba así: «Cuestiones que sustentan la democracia como la calidad de la información requieren de actuaciones urgentes para preservarlas y fortalecerlas».

Para entender cabalmente qué quería decir el Plan con «calidad de información», recordemos que en ese momento Pedro estaba empeñado en llamar «bulos» y «fake news» a todas las noticias negativas sobre su entorno político y familiar, y a llamar «pseudomedios» y «máquina del fango» a los que se atrevían a publicarlas.

También hablaba de «garantizar el derecho a una información veraz», «desarrollo de estrategias de gobierno abierto» y «rendición de cuentas».

¡Rendición de cuentas! Todo ello suena a música celestial, pero lamentablemente es falso. A Pedro Sánchez le da igual porque cree que es lo mismo ir deprisa que poner cara de velocidad. Su Gobierno funciona como esas parejas que, en las películas antiguas, se sientan en un coche parado mientras proyectan imágenes en movimiento a su espalda.

Y con esto volvemos al decorado: mientras Sánchez activaba a Leire (realidad), producía un documento lleno de bellos conceptos (relato).

Volviendo al anteproyecto, y tras una atenta lectura que el calor convierte en más meritoria, no parece que haya nada especialmente alarmante. Por lo menos hasta que la hermana de Óscar Puente lo desarrolle con las correspondientes instrucciones.

Ni siquiera parece que tengan intención de prohibir las parodias gubernamentales realizadas con inteligencia artificial, siempre que aclaren que esa persona que baila con traje de gitana no es realmente Óscar López.

Ni siquiera parece que vayan a prohibir Barrio Sauna, esa crónica de actualidad con personajes de los Teleñecos.

Mucho más divertida es esa campaña que ha lanzado para celebrar los 50 años de democracia, con una supuesta marca de ropa (Dmocracia), una especie de chándal amplio que lo mismo te permite combatir el lawfare que comprar droga en los projects de Baltimore.

A lo mejor es una alegoría del sanchismo, un retrato de Dorian Gray en el que la marca irá perdiendo letras hasta que «democracia» quede en nada. En fin.