Rebeca Argudo-ABC

  • La gran diferencia entre una sociedad civilizada y la barbarie es la renuncia colectiva a la violencia como recurso individual

Un hombre sospecha que el logopeda de su hijo de dos años ha abusado de él. No se me ocurre mayor pesadilla para un padre. Sostiene que sorprendió al ahora finado junto al niño sin pañales. Este negó los abusos. El padre le apuñaló. ¿Qué sabemos? Sabemos que un tipo ha asesinado a otro. ¿Qué creemos? Creemos que una criatura fue víctima de abusos sexuales. Un horror, sí. Pero también podría no haber sido así. Lo creemos, pero no lo sabemos. Un niño de dos años bien podría haberse sentido incómodo por encontrarse sucio y acalorado. Podría haberse quitado el pañal él mismo o pedir angustiado ayuda. El logopeda podría haber intentado aliviarle y calmarle. Entendemos que sabía tratar con niños, así lo acreditan su formación, falta de antecedentes y la satisfacción de otros padres y pequeños pacientes. Podría ser, incluso, que el niño no estuviera siquiera sin pañales. Solo contamos con la palabra del padre, puesto que no había cámaras, que afirma que así fue. Podemos, en definitiva, creer tanto una cosa como la otra. Saber, lo que se dice saber, solo sabemos que ha sido asesinado un hombre a manos de otro. Sabemos también los motivos esgrimidos por el homicida, pero su formulación en voz alta no los convierte necesariamente en ciertos. Imaginemos que es así. Imaginemos que, efectivamente, al entrar en la consulta sorprendió al despreciable abusador con las manos en su hijo. No resulta difícil entender la rabia y la impotencia, la furia ofuscada, que debió sentir. Pero incluso en ese caso… ¿No parece más civilizado llamar a la Policía, pedir ayuda, que se personen allí y se tomen medidas contra él? Incluso propinarle un buen derechazo, un empujón para apartarle del niño, mientras se busca, atolondradamente, el teléfono con el que llamar a las autoridades. Pero ese hombre prefirió sacar una navaja que, casualmente, llevaba encima y acuchillar al otro hasta la muerte. Imaginemos ahora que el logopeda no estaba abusando del pequeño, que solo estaba tratando de auxiliarle en su incomodo. Que el padre se equivocó en su apresurado juicio y que un inocente fue acuchillado repetidamente por un padre enfurecido mientras trataba de explicar que, eso que estaba imaginando, no había ocurrido. En ninguno de los dos casos encuentro modo de justificar que alguien se tome la justicia por su mano hasta el extremo de arrebatar a otro la vida. La gran diferencia entre una sociedad civilizada y la barbarie es la renuncia colectiva a la violencia como recurso individual, delegando su ejercicio legítimo en instituciones públicas sujetas a la ley. Y, como tal, me alarma, con lo que hasta ahora sabemos (no creemos, sabemos), pues la investigación sigue su curso y apenas han comenzado a indagar, despierte mucha más empatía, solidaridad y comprensión el asesino que la víctima.