Marisol Oviaño-Vozpópuli

  • Nos han metido, mínimo, cinco millones de inmigrantes en cuatro años. Y luego que si no hay vivienda

Mis abuelos paternos eran tan anarquistas que preferían que sus hijos estuvieran jugando en la calle antes que en la escuela franquista, y mi padre sólo iba a clase los días de lluvia, suficiente para aprender las letras y las cuatro reglas. A leer de corrido aprendió con los carteles de los tranvías y con el periódico que mi abuelo le hacía leer a diario. Tenía 8 años cuando acabó la guerra, pero nunca olvidó el contraste entre la alegría con la que los milicianos partían cantando hacia el frente y el llanto con el que regresaban malheridos, “llamaban a sus madres como niños pequeños”. Aquella diferencia entre las arengas de la izquierda y la realidad, junto con el hambre que se pasaba en su casa —mi abuelo prefería predicar el anarquismo por los bares a currar en la obra—, lo convirtieron en un joven pragmático y trabajador. Y a los 23 años fundó su propia empresa subido a un andamio. 

Lo recuerdo hoy leyendo de pe a pa la Constitución para decidir si votaría a favor o en contra. Tras la muerte de Franco, la palabra “democracia” prometía el paraíso; pero muchos temían que la izquierda provocara una guerra civil. Pienso en ello tras terminar Tres periodistas en la revolución de Asturias, de José Díaz Fernández, Josep Pla y Manuel Chaves Nogales (Ed. Libros del Asteroide). El libro recoge las crónicas de los dos últimos y el extraordinario relato de los hechos recogido in situ por José Díaz Fernández, republicano y revolucionario hasta la médula. Aunque cada uno tenía su propia opinión, entre los tres dan testimonio del sindiós que era España entonces. 

¡Como en Rusia!

En 1933 gobernaba la derecha, y cuando en el Consejo de Ministros de Lerroux entraron tres hombres de la CEDA —partido de la derecha más dura que había sido el más votado—, socialistas, comunistas y anarquistas, siempre tan demócratas, convocaron una huelga general revolucionaria —en realidad, una insurrección armada— para impedirlo. El gobierno declaró el estado de guerra y el ejército disuadió o sofocó la revolución en casi toda España; en Cataluña apenas tardó 10 horas, y en Madrid la rebelión violenta se aplastó casi de inmediato, pero la huelga duró unos 10 días. En cambio, en Asturias, donde las minas y las fábricas de armas surtieron a los insurrectos, la sublevación se prolongó unas dos semanas. “En Asturias ha habido, en los últimos meses, un programa político y social único que se resume en esta frase: «¡Como en Rusia! ¡Hay que hacer como en Rusia!»”, nos cuenta Pla. Hubo 1500 muertos y más de 2000 heridos, y Largo Caballero —el ídolo de Sánchez— fue a la cárcel un año hasta que lo absolvieron por falta de pruebas. La democracia estaba rota, y dos años después estalló la guerra civil. 

Hoy también está un poco rota, como demuestra que seguimos con los mismos presupuestos de 2022 y la minoría parlamentaria del gobierno, razones por las que ya debería haber convocado elecciones. Intuimos, además, que el presidente será capaz de cualquier cosa por mantenerse en el poder, y no sólo porque sea adicto a él, sino porque está asediado por la corrupción, que afecta incluso a su mujer y a su hermano. 

Aparte, está el asunto de sus votantes incondicionales, que creen que la democracia consiste en que nunca gobierne la derecha. Por eso les parece bien esa ley de nietos por la que cerca de 2.500.000 de descendientes de exiliados han solicitado la nacionalidad española. Si los votantes socialistas sospecharan que pudieran votar a la derecha, impedirían su nacionalización. Pero como dan por hecho que votarán izquierda, no les supone ningún problema que las elecciones generales puedan depender de lo que se vote en Buenos Aires, por ejemplo. Y, aunque no todos los nuevos españoles de ultramar acudirán a votar, siempre nos quedará Salazar —el tío feo que ponía la bragueta en la cara de sus empleadas— para manipular el voto CERA y repartirlo por las circunscripciones más convenientes. ¿A qué, si no, lo ha enviado Sánchez a Argentina?

Cinco millones de inmigrantes

Tampoco debemos olvidar la invasión que sufrimos desde todas partes del mundo. Según el INE, entre 2022 y 2024 la población inmigrante en España aumentó en 3,2 millones; eso sin contar a ilegales. Como cada año batimos récord y, según la Policía, en 2025 han venido más de un millón y medio, estaríamos hablando de que nos han metido, mínimo, 5 millones de inmigrantes en 4 años. No digas que esto agrava el problema de la vivienda, satura los servicios públicos y acapara arrasa con las ayudas sociales, no seas racista, hombre. A saber, cuál será la cifra cuando acabe la regularización demencial y sus consiguientes reagrupaciones familiares.

En el caso de que fallaran los nietos y las demás trampas que se le ocurran al gobierno de los mil y un asesores, el Puto Amo podrá echar mano del ejército de desarrapados a los que ha abierto las fronteras y organizar una huelga revolucionaria como la de 1934. Bien para declarar un estado de excepción que impida convocar elecciones, bien para prender fuego a las calles en caso de que gane la derecha.  Hagan sus apuestas.