Alejo Vidal-Quadras-Vozpópuli
- ‘Julito’ Martínez ha comprendido que desvelar la verdad del caso Plus Ultra tendrá muy probablemente sustanciosas ventajas para él
Desde que Víctor de Aldama descubrió que la colaboración con la justicia podía librarle de la cárcel mientras Koldo García y José Luis Ábalos comprobaban lo contrario, el ejemplo ha cundido y el pánico se ha desatado entre los políticos corruptos que se han valido de testaferros para sus trapisondas confiando en que su lealtad les protegería si las cosas se torcían. La falta de fundamento de esta optimista presunción ha quedado patente cuando Julito Martínez Martínez ha comprendido también que desvelar la verdad ante el fiscal y el magistrado instructor del caso Plus Ultra tendrá muy probablemente notorias ventajas para él, como las ha tenido para el compinche del ex ministro de Transportes.
El rescate de la línea aérea participada por capital venezolano por el Gobierno español con cargo al Fondo de Apoyo a la Solvencia de Empresas Estratégicas gestionado por la SEPI ofreció desde el principio de la operación todo el aspecto de un fraude monumental. La compañía ya estaba en serias dificultades financieras antes del Covid, su relevancia dentro del volumen de tráfico aéreo en España era insignificante y su flota contaba con un único avión operativo. Para cualquier analista con un mínimo de rigor, la empresa carecía de viabilidad y contribuir a su vuelta a la rentabilidad inyectándole decenas de millones de euros en forma de crédito reembolsable era una forma clarísima de tirar el dinero. Pese a estas evidencias clamorosas, Plus Ultra fue declarada ¡estratégica! y recibió de la SEPI la sustanciosa cantidad de 53 millones de euros. Semejante barbaridad fue debidamente celebrada por sus directivos con un opíparo banquete de ostras y champán, en el que estuvo presente, cómo no, el muñidor Julito Martínez al cuadrado. Hay un detalle del festejo que lo dice todo: el pantagruélico almuerzo tuvo lugar antes del anuncio oficial de la decisión favorable a los intereses de los comensales. No hay más preguntas, señoría. En cualquier caso, el añadir a la estafa un toque de vulgar obscenidad -“estos gastos no los aprobaría la SEPI, van a cargo del 1%”- indica la ralea de los personajes involucrados.
El Estado está contaminado
Este tipo de fechorías, llevadas a cabo con increíble desfachatez, no sólo revela que un ex presidente del Gobierno practica alegremente el tráfico de influencias, sino que pone el foco en algo mucho más inquietante: la concesión del crédito pasó todos los controles técnicos, administrativos y jurídicos por parte de la SEPI, del Tribunal de Cuentas, de Hacienda, de la Intervención General del Estado, de un juzgado de Madrid, de la Fiscalía y de la Comisión Europea. Sólo faltaba el visto bueno del Dicasterio sobre la Doctrina de la Fe del Vaticano. La conclusión no puede ser otra que la podredumbre sanchista ha alcanzado ya al conjunto de niveles de la Administración, que el Estado está contaminado en sus entrañas y que es urgente su saneamiento con un buen equipo plaguicida.
Existe otro aspecto que conviene destacar por sus implicaciones respecto al concepto que los actuales rectores del país, y, en particular, el inquilino de La Moncloa profundamente enamorado, tienen de los ciudadanos españoles y de su capacidad de discernimiento. El fenómeno de que un abuso del calibre del descrito no tenga como efecto inmediato una bajada vertiginosa en la intención de voto socialista y que los perpetradores de tal cacicada cuenten con ello, apunta a que Sánchez y sus secuaces consideran que los españoles son un rebaño de borregos atontados a los que se puede someter a las mayores ofensas sin que reaccionen. Con independencia de las razones políticas, sociológicas y psicológicas de tan servil comportamiento, que han sido abundantemente analizadas, lo indignante es que los que presumen de defender a los más vulnerables exhiben así su inmenso desprecio por ellos. Si los millones de votantes que todavía manifiestan en las encuestas su propósito de apoyar al PSOE fuesen conscientes de la falta de respeto que sienten por sus personas aquellos a los que consideran sus representantes, el partido, como sucedió con el PSI de Bettino Craxi, entraría en extinción.
Por último, queda constatar el derrumbe de José Luis Rodríguez Zapatero como referente del socialismo patrio y como figura con ínfulas de faro ético de la progresía mundial, convertido en un despojo humano que trata patéticamente de que la gente crea en su virtud mientras los indicios de que es un simple delincuente codicioso se van acumulando en su contra. Un alto cargo socialista en un momento de lucidez ha enunciado que “lo de Zapatero es peor que lo de Leire” y ha acertado en su juicio porque la fontanera era una mera zascandil de poca monta, pero ZP se permitía exponerse como santón laico que nos hacía saber evangélicamente que ser socialista es tener poco y dar mucho. Debe ser duro pasar de inspirar reverencia a dar asco.