JORGE SANZ CASILLAS-EL DEBATE
  • Mentira. No les valía Aznar, al que le sacaron el dóberman. No les servía Rajoy. Tampoco Casado o Alberto Núñez Feijóo. Ni siquiera la gente de Ciudadanos
Este martes cumplí 33 años. Y este miércoles compartí mesa y conversación con casi todos los columnistas de este periódico. Imagínate: Gabriel Albiac, Juan Carlos Girauta, Carmen Martínez Castro, Florentino Portero… Un cartel para confirmar lo evidente: y es que ni he vivido ni he leído tanto como aquellos con los que Ramón Pérez-Maura (director de Opinión de El Debate) me pone a torear aquí todos los viernes.
En contra de lo que algún malpensante creerá, en la mesa hubo pareceres distintos sobre asuntos de actualidad y de la historia reciente de España. No hay pensamiento único en el periódico. Y se agradece. Aunque sí que había un recuerdo común –algo que también le he escuchado a mi padre–, y es que hubo un PSOE que por momentos operaba con ímpetu reformista e incluso con sentido de Estado. Yo eso, salvo contadísimas excepciones, ya no lo he vivido.
Llevo escuchando desde mucho antes de acabar la ESO que España se merece «una derecha mejor». Lo decía la izquierda para justificar su plan de arrinconamiento ideológico tras el pacto del Tinell. «Es que si enfrente hubiera una derecha razonable…». Mentira. No les valía Aznar, al que sacaron el dóberman. No les servía Rajoy. Tampoco Casado o Alberto Núñez Feijóo. Ni siquiera la gente de Ciudadanos («Con Rivera no», cantaban en Ferraz tras las elecciones de 2019). Es todo es una excusa de mal pagador para justificar sus alianzas con el separatismo supremacista, la izquierda radical y el partido que da de comer a decenas de terroristas de la ETA. Todo cuanto estamos viendo obedece al plan que Zapatero no pudo culminar por la crisis económica de 2008: amasar la mentalidad de la gente hasta el punto de que un ministro de España diga en sede parlamentaria que, entre Vox y Bildu, siempre Bildu. Es decir, que entre los amigos de Otegi y los Ortega Lara, mucho mejor los de Otegi.
Y el plan es ir hacia una especie de estado confederal. Cataluña ya tiene idioma propio, policía propia, arrincona al español en las aulas desoyendo numerosas sentencias y va camino de gestionar lo que recaude vía impuestos. También aspira a una Justicia propia o, en su defecto, a no responder ante la misma que nos aplicamos los demás del Ebro para abajo. Si no son independientes ya, poquito les falta.
Ante este panorama la derecha tiene dos opciones. O intentar epatar con los cabecillas de este plan (y esperar a que la gente les vote por aburrimiento o hecatombe económica) o construir un marco mental propio para confrontar con todo este tinglado. En resumen: ser actor pasivo o activo del futuro de España.