- Esta misma semana lo hemos comprobado: pudiendo aprobar la subida de las pensiones con un acuerdo mayoritario, prefirió buscar la derrota para culpar de ello a la oposición
En 2017 los españoles no consideraban la inmigración como uno de sus problemas cotidianos; ocupaba el puesto 17 en el ranking de asuntos que preocupaban a los encuestados por el CIS. Tampoco era un problema social en 2022, cuando arrancó la iniciativa legislativa popular que abogaba por la regularización que ahora se nos anuncia; por aquel entonces la inmigración estaba en el puesto 19 de los problemas señalados por los españoles. Por el contrario, hoy la inmigración es el cuarto problema de España y algo tendrá que ver en ello la ineptitud de este Gobierno, que se refleja en los datos facilitados hace días por Funcas: hemos pasado de tener 100.000 inmigrantes ilegales en 2017 a 850.000 en 2025. Si a ello se le añade la masiva campaña de criminalización del fenómeno en redes sociales y la saturación de los servicios públicos, el cuadro es socialmente explosivo. Solo un «insensato sin escrúpulos» como Pedro Sánchez podría acercarse este grave problema con una lata de gasolina y un mechero. Eso es lo que pretende la regularización que esta semana nos ha anunciado el Gobierno.
Que la inmigración ilegal se haya multiplicado por ocho durante estos años de gobierno social-comunista confirma su acreditada incapacidad para hacer frente a cualquier aspecto de la gobernación, comenzando por el control de las fronteras. La lista de problemas que este Gobierno ha creado o agravado es inabarcable, pero un Gobierno torpe es una cosa y un Gobierno dinamitero es otra muy distinta y mucho más peligrosa. Los pocos responsables socialistas que quedan en Europa están aplicando políticas muy restrictivas en materia de inmigración, incluso más duras que las de gobiernos de centro derecha. Lo hacen porque son sensibles a la inquietud de sus ciudadanos. Son gobiernos y actúan con responsabilidad, reconocen un problema y lo intentan solucionar.
En España no tenemos esa suerte. Padecemos a un presidente que no ganó las elecciones, que accedió al poder gracias a delincuentes a quienes prometió la impunidad y que fía su continuidad a la discordia civil; en consecuencia, solo trabaja para ello. Los problemas de la gente solo le sirven como instrumentos en su política de confrontación. Esta misma semana lo hemos comprobado: pudiendo aprobar la subida de las pensiones con un acuerdo mayoritario, prefirió buscar la derrota para culpar de ello a la oposición. Apostaría a que la nueva portavoz del Gobierno ganó su ascenso por haberle presentado la ocurrencia más divisiva y crispadora de todas las que llegaron a su mesa para encarar este nuevo año. Si esta regularización, que dormía el sueño de los justos, podía coincidir con las imágenes de las tropelías perpetradas en Minneapolis por la policía de fronteras de Trump, la ocasión para Pedro Sánchez resultaba óptima.
Al presidente le da lo mismo anunciar devoluciones masivas que regularizaciones masivas; ha demostrado sobradamente su incapacidad para gestionar ambas. Juega con las expectativas de los inmigrantes como con los pensionistas, lo que quiere es incendiar la conversación pública, fracturar la convivencia, cebar el malestar que engorda a Vox y presentarse como la némesis de Trump. Su mayor éxito es que Elon Musk se haya fijado en esta última ocurrencia, por eso, en vez de acompañar el duelo de las víctimas del accidente ferroviario, prefirió enzarzarse con él en las redes sociales.
Esta es la catadura moral del personaje. Cuando llegue por fin un nuevo presidente a la Moncloa no solo tendrá que cambiar el colchón, tendrá que encargar un exorcismo.