Antonio R. Naranjo-El Debate
  • No son unas elecciones para cambiar gobierno, sino para evitar que destruya el Estado de derecho y a la propia España

O Sánchez o la democracia. Ese es el dilema del 29N, y no un simple cambio de gobierno o la confirmación del actual. El carácter plebiscitario imprimido por el chavista con corbata que lleva ocho años destrozando las costuras constitucionales y los valores de la Transición transforman la visita a las urnas en algo muy distinto a lo habitual.

Sánchez busca gobernar de nuevo, si acaso merece ese nombre lo que ha perpetrado en este tiempo, pero no de cualquier manera: su discurso para anunciar la convocatoria electoral, un burdo mitin ajeno al procedimiento constitucional previsto en estas situaciones que se ha saltado al Consejo de Ministros y al propio Rey para poner en marcha un «Aló presidente» con TVE de altavoz teledirigido, desvela el verdadero objetivo del sátrapa.

Al presentar a sus rivales como parte de una siniestra coalición internacional ultraderechista y al convertir en parte de esa conspiración al resto de poderes del Estado está diciendo que, si sobrevive a esa pinza, revocará el sistema vigente en nombre de una «verdadera» democracia, por supuesto la que él necesita para librarse de sus límites y sortear especialmente a la Justicia.

Nada extraña en un presidente guerracivilista y perdedor que logró su investidura con un chanchullo con todos los enemigos de España y lo intentó blanquear implantando el relato de que o se levantaba un muro y se aceptaban alianzas inmundas, o el fascismo acabaría en el poder.

Esa bisutería retórica, propia de una persona sin escrúpulos y por ello sin límites, se convertirá en «ley» si a Sánchez le sonríen los astros o las trampas y, con una carambola improbable pero nunca descartable, vuelve a sumar al precio que sea con los mismos socios de chanchullo que ahora. En ese caso, a ellos tendrá que darles su última petición (un Estado republicano a unos; uno independiente a otros) y a todos un nuevo régimen en el que no cabrán los «enemigos de España» por él señalados, que son en realidad los contrapesos necesarios en una democracia decente.

Que un sinvergüenza incapaz de ganar en las urnas, cercado por la corrupción más repugnante de la historia, entregado a todos los partidos antisistema y además incompetente, despilfarrador e inhumano se permita presentarse como una víctima lo dice todo de sus perversas intenciones y de los chantajes que asumirá con tal de sobrevivir al calvario político, institucional, social y tal vez penal que se ha ganado a pulso.

La democracia española está amenazada por un peligro público ilimitado y dispuesto a anularla con tal de salvarse personalmente, y eso le obliga a PP y a Vox a entender que, antes de las elecciones no pueden dar por descontado el juego limpio y, después de ellas, deben ajustarle las cuentas en todos los escenarios posibles, al objeto de enterrar su legado y hacerle pagar la factura pendiente por todos estos años lamentables.

Sánchez es un tramposo por naturaleza y, ahora más que nunca, hará lo que sea menester para compensar el desprecio evidente que despierta en la calle, sus fracasos endémicos y sus temores judiciales. Y como tal hay que tratarle: la oposición, que ha respondido a la convocatoria electoral con cabeza fría y sin aspavientos, parece preparada para enviar al demonio al infierno, que es su lugar natural. Pero ojo, que por eso mismo no hay que pasarle una de aquí al día exacto en que sabremos si Pedro puede con la democracia o la democracia, al fin, puede con él.