Luis Ventoso-El Debate
  • Bolaños, dos veces mal: se equivocó haciendo de menos a los católicos frente a los musulmanes y después al insultar a quienes criticaron su doble rasero

España tiene muchos problemas, como cualquier país. Pero hay cuatro específicos, espoleados por un Gobierno disruptivo y doctrinario:

1.-Una honda crisis de degradación de las instituciones. El Gobierno pisotea las reglas no escritas de la democracia y una montaña de corrupción orbita alrededor del mismísimo presidente, que gobierna sin ganar las elecciones y sostenido por partidos que odian a España.

2.-Un intento de cambiar el marco constitucional saltándose el cauce legal previsto. El objetivo es intentar bloquear el acceso al poder del centro-derecha y la derecha, levantando para ello el muro de una coalición del PSOE con los separatistas y la extrema izquierda. El peaje es aflojar los hilvanes de la nación española, permitiendo que Cataluña y País Vasco se conviertan casi a todos los efectos en una suerte de países independientes.

3.-España está rezagada en la carrera de la inteligencia artificial y la innovación digital, cuando los países que se posicionen ahí conquistarán el futuro. Es un reto crucial, del que nuestros políticos ni hablan.

4.-El proyecto de Sánchez incluye un implacable programa de ingeniería social. Comenzó en la etapa de Zapatero y en resumen aspira a sustituir los valores cristianos enraizados en la sociedad española por aquello que para resumir denominamos wokismo.

Este cuarto punto es importantísimo, pues la izquierda presiona de manera constante para ahormar a su gusto la forma de pensar de la gente y cambiar los códigos morales. Todo aquel que no se ajuste al marco mental izquierdista, rebautizado como «progresismo», pasa a ser señalado como un disidente retrógrado, un ultra, un paria.

Una pena que el líder de la oposición pase de puntillas sobre esta cuestión capital y se resista a dar la imprescindible batalla de las ideas, porque la coalición gobernante no para de presionar con las suyas. Lo hace además de una manera intrusiva en las libertades particulares y faltona.

El Miércoles de Ceniza, jornada en que los católicos celebramos el inicio de la Cuaresma, el ministro de Presidencia y Justicia, Bolaños, se aprestó a felicitar a los musulmanes el Ramadán, que había comenzado el martes. Su doble rasero, al acordarse de los mahometanos pero no de los católicos, que somos inmensa mayoría en España, fue objeto de críticas en las redes y de una información en este periódico.

¿Y cuál ha sido la reacción del ministro, un madrileño de 50 años que estudió Derecho y fue en su día letrado en el Banco de España? Pues insultar a todos lo que no pensamos como él, tachándonos de «racistas» y de «señoros ultraderechistas».

Al quitarse la careta de esta manera, Bolaños hace un servicio, pues ayuda a mostrar a las claras la degradación que estamos soportando: el ministro más importante del Gobierno, el vicepresidente de facto de Sánchez, ofende de la manera más cutre a aquellos que se atreven a disentir del rodillo izquierdista de un régimen orwelliano y hostil con los católicos.

El sanchismo ha desquiciado el debate público de tal manera que una persona que se declare católica, que apoye la familia como pilar de la sociedad, que está a favor de la libre empresa, de una fiscalidad moderada, de la cultura del esfuerzo, la unidad de España y el derecho a la vida pasa a ser… ¡un ultra! Pero la corte de los terroristas del tiro en la nuca y la bomba lapa son encantadora gente de paz. Los separatistas que dieron un golpe contra España en 2017 son los aliados de cabecera. Y la extrema izquierda radical, que apoya a execrables dictaduras, tiene ideas psicodélicas y resulta una calamidad en la gestión, es el socio del PSOE en el Gobierno.

Bolaños piensa que con sus insultos encarna la vanguardia de la modernidad y el sentir del pueblo («la gente», en su jerga). Pero en realidad está en minoría. Se ha comportado como un felón, al aceptar su venta a plazos de su país en el mostrador del separatismo, y como un amoral, al tolerar todas las correrías de su jefe y su ola de mugre.

Los tiempos están cambiando. El viento político ha girado. El PSOE está de salida. Solo podría continuar con un impensable pucherazo (o no tan impensable si analizamos la calidad moral de cierto personaje…). Les queda el insulto, el coche oficial, sus televisiones, el trile de Sánchez y el CIS de Tezanos. Pero asistimos a la degeneración final. Félix lo sabe, está nervioso y amargado y se le nota.