Íñigo Castellano y Barón-El Debate

  • La democracia madura exige que, en cuestiones esenciales –defensa, seguridad nacional, alianzas estratégicas–, las discrepancias partidistas cedan ante la responsabilidad compartida. El mensaje debería ser claro y conciso: España no se desmarca de Occidente; España forma parte activa de él

En momentos de incertidumbre estratégica, las naciones revelan su verdadera estatura. No por los discursos retóricos ni por los gestos simbólicos, sino por la claridad de sus compromisos. Cuando una parte del Gobierno español parece desmarcarse de sus aliados tradicionales y sembrar dudas sobre la solidez de nuestra posición internacional, se impone una respuesta firme desde la oposición constitucional. No por cálculo partidista, sino por responsabilidad histórica.

España no es un país neutral en el mundo. Nunca lo ha sido. Nuestra inserción en Occidente no es una casualidad geográfica, sino una decisión civilizatoria que hunde sus raíces en siglos de historia compartida con Europa y América. Desde nuestra pertenencia a la OTAN hasta nuestra integración en la arquitectura política y económica europea, la trayectoria de España ha sido inequívoca: formar parte del bloque democrático occidental.

Por ello, cualquier gesto de aislamiento, ambigüedad o distanciamiento respecto a nuestros aliados naturales genera inquietud. En un contexto internacional marcado por la inestabilidad en Oriente Medio, por la presión energética, por la amenaza del terrorismo islamista y por la pugna geopolítica entre potencias, la indefinición no es una opción prudente. La historia enseña que los vacíos estratégicos se pagan caros. Ante esta coyuntura, corresponde a las fuerzas políticas que representan a millones de españoles afirmar con nitidez cuál es la posición real del país. Tanto el Partido Popular como Vox comparten –con matices ideológicos propios– una convicción fundamental: España pertenece al espacio político y cultural de Occidente. Esa afirmación, que debería resultar obvia, adquiere hoy un valor político esencial.

No se trata de promover una retórica belicista ni de alimentar confrontaciones innecesarias. Se trata de recordar que el mundo occidental se fundamenta en principios no negociables: separación entre religión y poder civil, derechos individuales, pluralismo político, igualdad jurídica entre hombre y mujer y libertad de conciencia. Frente a ello, existen regímenes y movimientos de carácter teocrático que niegan esos principios y aspiran a extender modelos incompatibles con el Estado de derecho. El desafío no es religioso; es político y civilizatorio. La inmensa mayoría de los musulmanes que viven en Europa lo hacen respetando las leyes y participando de nuestras sociedades abiertas. El problema surge cuando determinadas corrientes islamistas –no el islam como fe– buscan imponer estructuras de poder teocráticas, restringiendo libertades y erosionando la convivencia. Confundir ambas realidades es tan injusto como imprudente.

Precisamente por esa complejidad, España no puede permitirse enviar señales ambiguas. La política exterior de un Estado no es patrimonio exclusivo de un Gobierno coyuntural; es una política de Estado que debe sustentarse en consensos amplios. Cuando ese consenso se resquebraja, la credibilidad internacional se debilita. Y sin credibilidad no hay influencia, ni capacidad de mediación, ni peso estratégico.

Una declaración conjunta del Partido Popular y de Vox, afirmando con claridad el compromiso inequívoco con los aliados occidentales, con la defensa común y con los valores democráticos frente a cualquier forma de teocracia política, tendría un efecto inmediato: restablecer ante nuestros socios la imagen de una España coherente, más allá de los vaivenes internos. No sería la primera vez que la oposición ejerce una función estabilizadora. La democracia madura exige que, en cuestiones esenciales –defensa, seguridad nacional, alianzas estratégicas–, las discrepancias partidistas cedan ante la responsabilidad compartida. El mensaje debería ser claro y conciso: España no se desmarca de Occidente; España forma parte activa de él.

Además, esa declaración no sólo tendría proyección exterior. En el ámbito interno serviría para recordar que la defensa de nuestras libertades no es un eslogan, sino una tarea permanente. Las sociedades libres tienden a dar por descontadas sus conquistas. Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que los derechos pueden erosionarse gradualmente si no existe una voluntad política firme de preservarlos.

España conoce bien las consecuencias del aislamiento. En distintos momentos de nuestra historia, el distanciamiento de Europa tuvo costes económicos, culturales y políticos. Por el contrario, cuando hemos actuado con visión estratégica y sentido de pertenencia occidental, hemos fortalecido nuestra prosperidad y nuestra influencia.

La cuestión, en definitiva, no es ideológica en el sentido partidista del término. Es una cuestión de orientación histórica. ¿Quiere España seguir siendo un actor fiable dentro del entramado occidental o desea transitar una senda de ambigüedad que nos sitúe en tierra de nadie? Las naciones que dudan demasiado tiempo suelen terminar irrelevantes.

Una declaración conjunta de las principales fuerzas de la derecha no resolvería por sí sola los dilemas geopolíticos actuales. Pero enviaría una señal nítida: más allá de las alternancias gubernamentales, existe una España consciente de su identidad política y cultural, comprometida con la defensa de la libertad frente a cualquier proyecto teocrático o autoritario.

La política exige prudencia; la historia exige claridad. Cuando ambas convergen, los países se fortalecen. Hoy España necesita claridad. Necesita que quienes aspiran a gobernarla en el futuro manifiesten sin equívocos dónde se sitúa la nación en el tablero global.

Occidente no es una etiqueta geográfica. Es una tradición de libertad que ha costado siglos consolidar. Y esa tradición no se abandona sin consecuencias.

  • Íñigo Castellano y Barón es conde de Fuenclara