Bieito Rubido-El Debate
  • A lo largo de los últimos años hemos logrado proyectar una imagen de un país que persigue al que disiente, en el que no funciona casi nada, donde se insulta al que crea riqueza, que no respeta la propiedad privada ni algo tan elemental como la victoria del más votado

El acontecer diario está tan lleno de acontecimientos de toda índole que algunos se escapan al escrutinio sosegado de la actualidad. Por ejemplo, el jueves la dirigente independentista de Alianza Catalana, Silvia Orriols, dejó escrito en X, la antigua red Twitter, que «si me preguntan si odio a España, digo que sí, sin dudar». En realidad, ya lo sabíamos, pero merece que nos hagamos al menos dos preguntas: ¿acaso ese sentimiento de animadversión y tirria hacia los españoles no lo comparten también Junqueras, Rufián, Puigdemont, Míriam Nogueras, toda la saga Pujol, patriarca incluido, y hasta es posible que un buen número de líderes del PSC? ¿De dónde ha podido brotar un sentimiento tan tóxico que evidencia la fragilidad de quien odia y la mirada estrecha con que miran a los demás?

Esa mirada estrecha tiene su antídoto en la frase de Baroja que aseguraba que «el nacionalismo se cura viajando». Y es que sigue siendo un misterio la extraña razón por la que un muchacho nacido en una aldea de Lugo o un padre de Almería pueden inocular en sus hijos un desamor a sus propios orígenes. Es increíble escuchar las simplezas que sobre estas cuestiones pueden decir un exfutbolista como Xavi o un graduado social como Gabriel Rufián. El nacionalismo se cura viajando, conociendo el resto de España, por ejemplo, y la ignorancia, leyendo.

El drama de España es que una clase política ingenua en un principio, y acomodaticia posteriormente, ha ido dejando crecer un sentimiento absolutamente artificial, carente de justificación moral, producto de una invención histórica llamada nacionalismo. Ese sentimiento ha sido regado con mensajes de inquina y hostilidad hacia lo común, hacia el resto de España, y hoy vivimos una anomalía que no se da en ningún otro país de nuestro entorno. Esa malquerencia creó una banda terrorista que produjo medio siglo de dolor, muerte y terror, y ahora un movimiento xenófobo, más medieval que moderno, que contamina y desprecia todo cuanto ignora y todo cuanto toca. Silvia Orriols lo expresa con claridad. Nosotros ya lo sabíamos.

Lo que no esperábamos los españoles, los que creemos y queremos el proyecto democrático y constitucional que nació en 1978, es que íbamos a padecer a un presidente del Gobierno que prefiere estar con los que desprecian a España que con los que estamos felices en ella, al margen del lugar donde hayamos nacido dentro de esta tierra que hunde sus raíces en el más que demostrado discurrir de los tiempos, miles de años atrás.

Sánchez también odia España. Ayer se lo dijo Elon Musk. El más brillante de los actuales líderes tecnológicos dejó por escrito que España padece un gobierno que odia a su pueblo. Si analizamos una docena de las últimas medidas, podemos concluir que a Musk le asiste la razón. En ese mismo sentido se pronunciaban el jueves pasado en el diario londinense The Daily Telegraph, en una columna de opinión en la que se afirmó que «España padece hoy el peor gobierno de toda Europa y se ha convertido en un Estado paria de extrema izquierda».

No me extraña que piensen eso los observadores extranjeros que miran el actual momento de España con verdadero horror. A lo largo de los últimos años hemos logrado proyectar una imagen de un país que persigue al que disiente, en el que no funciona casi nada, donde se insulta al que crea riqueza, que no respeta la propiedad privada ni algo tan elemental como la victoria del más votado. La nómina de ataques al consenso democrático del sanchismo rebasaría los límites de cualquier comentario periodístico.

Es descorazonador pensar que el Gobierno de España odia a la propia España.