MIGUEL ESCUDERO-El CORREO

Hace poco, Gaizka Fernández Soldevilla rememoraba una frase de alcance devastador: «Es necesario crear una atmósfera de terror, hay que dejar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todo el que no piense como nosotros». ¿A quién pertenecen estas palabras? ¿Era de derechas, de izquierdas o ni una cosa ni otra? Tanto da: quien acepta que el fin justifica los medios acaba resultando un canalla, un miserable. Entonces no importa la ideología que sustente, el método es común a unos y otros: se trata de abusar de la fuerza para ‘eliminar sin escrúpulos ni vacilación’ a quienes se nos pongan por medio o pasen por allá, se trata de intimidar con voluntad de machacar, insensibles a la cadena de sufrimientos que produzcan, o acaso satisfechos por ello.

Su autor fue el general Mola, hispano cubano y muerto en 1937. ¿Se arrepintió del daño brutal y programado que auspició? ¿Pidió perdón pública y privadamente a sus víctimas? ¿Pueden hablar quienes se pongan al lado de éstas de conceder olvido o perdón al gran victimario? Por supuesto, los asesinados no pudieron perdonarle en este mundo, puesto que se quedaron sin vida.

Algunos tienen, por cierto, una extraña amnesia acerca de la amnistía que se dio en 1977. Ahora sabemos que el 95% de los asesinatos de la banda etarra se produjeron ya muerto el dictador.

En la doctrina cristiana, un confesor concede el perdón -en nombre de Dios y mediante penitencia- a quien declare sus pecados y manifieste contrición y propósito de enmienda. Se produce entonces una amnistía que limpia. Pero lo sucedido siempre es irrevocable, aunque se pueda transformar de forma mística.