Ignacio Camacho-ABC
- La ordinalidad es un feo palabro que trata en vano de dulcificar un reparto financiero darwinista e insolidario
A María Jesús Montero no se le entiende con dificultad por su acento andaluz, como le reprochan algunas arrogantes minervas mesetarias, sino por su confusa gramática. Su problema no es de prosodia sino de sintaxis, que según Paul Valèry es una cualidad del alma. Y ese caos suyo de anacolutos, pleonasmos y discordancias se vuelve más inextricable cuando se ve obligada, como ministra de Hacienda, a tratar de explicar asuntos de natural farragosos por su complejidad matemática. Si además tiene que justificar medidas como la singularidad fiscal catalana, el ciudadano medio se enmaraña –como ella misma– en un argumentario imposible de comprender porque sencillamente no cuadra en la razón igualitaria que se supone debe defender la socialdemocracia.
Sería más fácil si dijera la verdad; esas bárbaras, sencillas, amorosas crueldades que Gabriel Celaya envolvía en aliento poético. O sea, que se trata de que los territorios más ricos reciban más dinero y aporten menos. Claro que semejante sinceridad resulta incompatible con el concepto de solidaridad propio de un sedicente Gobierno ‘de progreso’, y por ende muy desaconsejable en la candidata a presidir una autonomía con notable déficit financiero. Así que no le queda más remedio que recurrir a retruécanos dialécticos destinados a esconder o dulcificar el carácter fraudulento del nuevo modelo. Que en castellano vulgar y aquilatado –otra vez Celaya– consiste en que Cataluña salga ganando y el resto de las comunidades perdiendo.
Cuando se dice, por ejemplo, que Cataluña «va a recibir» casi cinco mil millones más significa que son todos los españoles –a través del Estado– quienes van a dárselos. Y lo harán a costa de detraerlos de la ya insuficiente financiación de sus servicios básicos. Da igual que Hacienda improvise algunas compensaciones para amortiguar el impacto de la ‘ordinalidad’, feo palabro que designa un desequilibrio ciertamente zafio donde una región se ve beneficiada con privilegios que a otras les son negados. Lo importante es la esencia insolidaria del reparto. El bíblico ‘efecto Mateo’ adobado con brutales fundamentos darwinianos: los que ya están arriba siguen ascendiendo y los que están abajo se quedan aún más abajo.
Lo más escandaloso del caso es que este bodrio lo cocina un Ejecutivo teóricamente de izquierdas a medida de sus aliados separatistas, que encima blasonan de las ventajas conseguidas (a falta de que el proyecto consiga aglutinar, que está por ver, la necesaria mayoría). La contradicción entorpece aún más la tarea explicativa de la ministra, apresada en un laberinto de cábalas algorítmicas del que le costará salir a la hora de hablar para los votantes de Andalucía. Porque el ya famoso principio de ordinalidad dirá lo que diga pero los números cardinales (de cantidad) están a la vista de cualquiera que sepa cotejar las cifras. Y son muy expresivas por sí mismas.