- Los que le tratan reconocen en él una doble condición de hombre educado y místico, pero de convicciones intolerantes, ideas xenófobas y de un sectarismo indeclinable. Este es el Dalai Lama de Sánchez. El otro es Otegi. Está dicho todo
Podía haber llegado a La Moncloa la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, para hablar del futuro de Groenlandia. O Donald Tusk, asustado por la inoperancia de la OTAN frente a la amenaza rusa. O Emmanuel Macron, indignado con Donald porque se ha reído de él. O Alberto Núñez-Feijóo, ganador de las últimas elecciones generales y jefe de la oposición, al que el Gobierno no cita desde diciembre de 2023. Pero no, la alfombra roja de la sede de la Presidencia del Gobierno de España se ha desplegado para un estadista que no tiene parangón en la Europa del siglo XXI. Es Oriol Junqueras, el mayor enemigo de España. Tan mal quería al país, que se conjuró para violar la Constitución española, sus instituciones democráticas y la integridad de la nación, convocando un referéndum ilegal, en 2017, para lo cual este sujeto usó los medios que como vicepresidente y consejero de Economía tenía a su alcance. Tanto, que el Tribunal Supremo le impuso 13 años de cárcel por sedición y malversación y otros 13 de inhabilitación. Ingresó este lince de la política en la cárcel del Lledoners hasta que llegó su interlocutor de hoy, y previamente su enviado, Pablo Iglesias, con el que pactó los presupuestos del Estado, y le indultó. Cuatro años después de la condena, Pedro le abrió las puertas del chabolo.
Los pasteleos de Oriol y el presidente no han conseguido salvar el cuello político del primero, al que los catalanes le han tomado la medida de pagafantas y han entendido muy bien que todo lo que ha buscado encamándose con el PSOE es salvar su pellejo carcelario. Y lo ha conseguido. En las elecciones de 2023, la golpista ERC se quedó en la mitad del chasis político: de 13 diputados nacionales pasó a siete que, sumado a la debacle de la CUP como fuerza extraparlamentaria, demostró que los catalanes se sintieron estafados por la extrema izquierda separatista, que se gastó el dinero de todos en embajadas y en la parafernalia demencial soberanista. Pero es que Oriol, que va hoy de angelito, era el responsable de Economía de la Generalitat, a cuyo despacho quiso acceder una comisión judicial aquellos días de octubre de 2017 y una turba, alentada por este delincuente, lo impidió obligando a los agentes a tener que trepar por los tejados. Sánchez le ha premiado por aquella hazaña para conseguir, a cambio de rendirle pleitesía, un día más en Moncloa. Porque de eso se trata: ganar unas horas que le permitan seguir subiendo al Falcon, llevando al ridículo internacional a nuestro país y protegiéndose de procedimientos judiciales que puedan exigírsele algún día.
Así que, como gratificación por atentar contra la integridad de España, Oriol, vestido de limpio y la misma cara de desahogado de siempre, le ha arrancado al Gobierno al que intentó deponer de sus competencias en Cataluña hace nueve años, 4.700 millones más para sus intereses sobre la base de un principio llamado de «ordinalidad». Según el cual, el que más aporta tiene que recibir más dinero. Es decir, llevado a la Agencia Tributaria sería tanto como dotar a Amancio Ortega de un ala médica en La Paz para que le curen a él solito a cambio de los impuestos que paga. Tanto das –dice esta estafadora izquierda de hoy– tanto debes recibir. Dónde ha quedado ese lema que llevaba el progresismo tatuado en su lengua de que el que más tenga más pague. Y si de paso pierden extremeños, andaluces, aragoneses o castellano-leoneses, pues mejor. Para Oriol son de una casta más baja que los catalanes.
Pero la responsabilidad de esta indignante foto no es del acabado líder republicano. Lo es de Pedro Sánchez, que no convoca ni llama a Santiago Abascal, líder del tercer partido con más votos de España, y sí a condenados por delitos gravísimos. El siguiente en pasar por la silla caliente de Moncloa será Puigdemont, este además cobarde y huido de la justicia. Antes, Junts se cargará el acuerdo anunciado hace unas horas por Junqueras, su enemigo número uno. Así que el blanqueamiento sanchista solo ha servido para humillar más al Estado y meterle votos en el bolsillo a Salvador Illa.
Cómo olvidar cuando este doctor en Historia del Pensamiento Moderno dijo en el alegato final ante el juez Marchena antes de que se dictara sentencia, que desde su condición de cristiano pedía diálogo –presume de ir semanalmente a Misa. Los que le tratan reconocen en él una doble condición de hombre educado y místico, pero de convicciones intolerantes, ideas xenófobas y de un sectarismo indeclinable. Este es el Dalai Lama de Sánchez. El otro es Otegi. Está dicho todo.