- La corbata concreta ha aparecido como gesto de respeto o admiración al representante del sistema responsable del mayor genocidio de la historia, esa China a la que también se está acercando Sánchez
La corbata real se la ha puesto ahora porque el embajador chino debe infundir un respeto considerable a los terroristas. Con lo de terrorista señalo una actividad que, una vez practicada, no es susceptible de borrado u olvido; del mismo modo que no existen exasesinos, no concibo la condición de exterrorista. Sí la de exladrón, no la de exviolador; sí la de exmalversador, no la de exgenocida. Espero que se entienda, la clave reside en la reversibilidad o irreversibilidad de lo hecho. Por eso, admitiendo que Dios puede perdonar a un asesino, a un terrorista, a un violador, incluso a un genocida, pues Él todo lo puede de formas inconcebibles, sería un error atroz que nosotros, como sociedad, confundiéramos cumplimiento de pena (que tampoco) con perdón moral. Una víctima no mortal puede perdonar; al asesinado le ha arrebatado todo su asesino, incluyendo la posibilidad de perdonarle.
Perdonaron, sin excepción conocida, los miles de religiosos torturados, escarnecidos y muertos a manos de los frentepopulistas cuando la guerra civil, y antes (Asturias, 1934). Todos perdonaron a quienes estaban a punto de quitarles la vida. Seguían el ejemplo de Jesús. Aquella aceptación del sacrificio, quizá por una voluntad de abandonar este mundo sin la mínima huella de rencor, nos habla de una fe inquebrantable que se viene repitiendo en las persecuciones anticristianas, como las que ahora tienen lugar en varios puntos del mapa, en Siria, el Congo, sin que los medios convencionales les presten apenas atención informativa, y mucho menos reflexión.
La víctima del terrorismo etarra que recibía un tiro en la nuca no tenía ocasión de perdonar a sus victimarios, no le daba tiempo a nada. Al arrebatar las vidas, ya fuera como ejecutores, ya fuera como jefes planificadores o conocedores aquiescentes del atentado, los etarras también acababan con la posibilidad de ser perdonados. No parece que la pervivencia del brazo político de aquella banda criminal, ni que la rentabilización del terrorismo hasta el punto de convertirse en agentes de la gobernación de España, ni que el aprovechamiento en general de la sangre ajena denoten arrepentimiento. Por cierto, dejar de matar a cambio de alguna ventaja queda incluido en el aprovechamiento. Quien no ha matado no puede negociar con dejar de matar. Hay un abismo insondable entre esos agentes políticos y el resto, como lo hay entre la Iglesia de los mártires y la de los curas trabucaires, o la de los que rechazaban oficiar funerales por las víctimas de ETA, o la de los que mostraban comprensión hacían «esos muchachos».
La corbata simbólica ya se la había puesto el PSOE a Otegi, y hasta le había hecho un lazo Windsor con primor, en una operación de perdón moral (Sánchez lamentó «profundamente» la muerte de un etarra) que resulta particularmente nauseabunda en una formación con doce víctimas mortales. La corbata concreta ha aparecido como gesto de respeto o admiración al representante del sistema responsable del mayor genocidio de la historia, esa China a la que también se está acercando Sánchez.