Víctor Núñez-El Español
  • Si Sánchez doblegó a la peste, debería poder atajar un percance tan nimio como una invasión.

Es cuando menos llamativo que un gobierno que sólo sabe desenvolverse a base de instigar y magnificar crisis se demuestre tan manifiestamente insolvente cuando tiene que hacer frente a una de verdad.

Y es que la «doctrina del shock», de la cual Pedro Sánchez es un alumno aventajado, sólo resulta rentable cuando la emergencia con la que hay que lidiar no pasa de un contratiempo insignificante.

Cómo olvidar la fanfarria en el desembarco del crucero portador del hantavirus, que Sánchez se empeñó en remolcar hasta las costas de Tenerife sólo para poder escenificar y retransmitir en directo una iconografía apocalíptica de contención epidémica.

Y otro tanto cabe decir del reciente avistamiento del eclipse solar total, para el que el Gobierno desplegó un rocambolesco dispositivo de protección civil con casi 25.000 agentes, con el único fin de felicitarse al término de la «histórica» jornada de que el episodio se había saldado sin ningún incidente.

Cosa distinta sucede cuando se plantea una verdadera emergencia, de esas que hacen sentir la necesidad de un Estado que en España se vuelve más disfuncional día a día.

Entonces el Gobierno echa mano de su consabido manual de gestión comunicativa, que se reduce a lo que en román paladino puede calificarse de liar la marrana.

O sea, embarullar la reconstrucción de los hechos con pseudoinformaciones tendenciosas, orientar la conversación pública hacia un relato exculpatorio para descargar su negligencia en la perversidad de un agente externo, y dejar que la espuma de los días diluya el escándalo.

Pedro Sánchez durante su visita al Puesto de Mando Avanzado en La Palma, después de la erupción del volcán canario, el 27 de diciembre de 2021.

Pedro Sánchez durante su visita al Puesto de Mando Avanzado en La Palma, después de la erupción del volcán canario, el 27 de diciembre de 2021. Europa Press

El asalto vicario de Ceuta por el Reino de Marruecos pertenece a esa segunda categoría de crisis. Aquellas en las que, ante la flagrante imprevisión y dejación de funciones de la autoridad competente, lo conveniente es restar importancia al acontecimiento y esmerarse por transmitir una imagen de normalidad.

No se explica de otro modo que el Gobierno haya tardado casi un mes en activar la herramienta jurídica que le permite asumir el mando y centralizar la coordinación de la respuesta institucional a la incursión marroquí en la ciudad autónoma.

En otros casos Sánchez no ha vacilado a la hora de excitar y explotar la histeria colectiva a propósito de polémicas artificiales. Pero en una ocasión como esta, que justifica como pocas el marco de la excepción nacional, el presidente se ha mostrado renuente a transmitir una idea de gravedad.

El Gobierno únicamente ha recurrido en Ceuta al sucedáneo de estado de alarma cuando se ha cronificado la crisis humanitaria, sanitaria y securitaria desencadenada por la invasión. Lo que viene a certificar que ha intentado representar el episodio como un percance migratorio ordinario hasta que no le ha quedado más remedio que elevarlo al rango de problema de seguridad nacional.

La propaganda prematura de Óscar Puente, que el día después del asedio se jactó de que la de Ceuta es «otra crisis más que resuelve Pedro Sánchez», delata la metodología adoptada por la gobernanza sanchista desde el inicio de la nueva normalidad pospandémica.

Al Ejecutivo sólo le interesan las crisis que puede liquidar con mera política-espectáculo. Y no aquellas en las que, como en la mortal riada en Valencia o en el trágico accidente ferroviario de Adamuz, tiene que acometer acciones reales y rendir cuentas ante una situación que desborda sus facultades.

Lo cual viene a desnudar la naturaleza de ese estado de excepción permanente instigado por el Gobierno de Sánchez. Una forma de gobierno biopolítica mediante el miedo que se legitima sobre la alimentación de una alarma cívica constante.

El Estado aprovecha así las emergencias para aparecer como el paternal protector y restaurador de la salud de los ciudadanos, expandir su poder arrogándose atribuciones extraordinarias y recabar en la sociedad civil una unanimidad marcial que acalle toda crítica a su gestión.

Sánchez nos tiene acostumbrados a invocar sus dotes taumatúrgicas, enumerando la retahíla de fenómenos sobrevenidos con los que ha tenido que lidiar: la pandemia del Covid-19, el volcán de La Palma, la ventisca Filomena, la DANA de Valencia, el gran apagón o la guerra en Ucrania e Irán.

Es obligado pedirle entonces coherencia al presidente.

Porque si debemos nuestra seguridad a la previsión sobrenatural de Sánchez ante catástrofes telúricas y atmosféricas, con más motivo habremos de exigirle respuestas ante un caso de atentado contra la soberanía, donde la autoría humana es perfectamente localizable.

Cierto es que Fernando Grande-Marlaska pretendió equiparar el asalto a un percance fatídico ocasionado por un desastre natural: «Hay muchas cosas que ocurren y no necesariamente tiene que haber una responsabilidad».

Pero ¿acaso va el genio histórico de Pedro Sánchez a la zaga de los faraones del antiguo Egipto, cuyo imperio se extendía también a la garantía del orden cósmico, estando dotados del poder de controlar las crecidas del Nilo?

Las aguas retrocedían ante Alejandro Magno. Felipe II dominó al río Tajo al hacer emerger la isla del Edén en Aranjuez. Pedro Sánchez, el hombre que se enfrentó y doblegó al sol, al fuego, a los vientos y al mar, no debería encontrar por tanto dificultades para atajar una contingencia tan nimia como unas invasiones bárbaras.