Olatz Barriuso-El Correo
- Las urnas dan una inesperada inyección de moral a Feijóo, reafirman al PSOE en el ‘No a la guerra’ y perfilan el techo de Vox
Quién iba a pensar que el ganador de las elecciones en Castilla y León iba a ser el bipartidismo. El ‘establishment’. Azules y rojos, rojos y azules, –avisan desde la España interior– se mantienen en excelente estado de forma. Fue como volver a hacer dictados en la era de TikTok. Podrá alegarse a esta interpretación que Vox sigue en la pomada y que no se resiente de las purgas internas, ni de la paradoja de ser patriotas de pulsera y trumpistas al mismo tiempo ni del bloqueo ordenado por Bambú 12 a la formación de gobierno en Extremadura y Aragón. Hasta ganan un escaño los de Santiago Abascal, pero, con las maneras de estrella del rock que gastaba su líder en campaña, con la de suelas que ha desgastado, con esas hordas de adolescentes que le seguían a todas partes, daba la sensación de que la extrema derecha, inmune a todo, se iba a salir de la tabla y a pulverizar la barrera psicológica del 20%.
Pero no. Seguramente, la lectura política más relevante de anoche –si se hace en términos de política nacional– es que Vox tiene techo y que, en la comunidad autónoma donde primero rompió el tabú de entrar a los gobiernos y donde más había avanzado ya desde los primeros años de la década, el cañonazo esperado se queda en petardo de verbena. Puede que ese escaso 19%, un porcentaje similar al que las encuestas pronostican a la extrema derecha en unas próximas elecciones generales, se acerque al tope de rendimiento que puede ofrecer una formación que se nutre única y exclusivamente del cabreo antisistema. Y puede que les obligue a replantearse la estrategia, denunciable en términos de país, de boicotear desde la minoría el derecho de las mayorías a formar gobierno.
Porque es inevitable concluir que los partidos del sistema por antonomasia, esos a los que algunos se refieren como el caduco régimen del 78, siguen gozando de buena salud. El PP ha acertado planteando la campaña en clave autonómica, sin demasiados aspavientos y en colocar el listón, como hizo Mañueco, en «un voto más, un escaño más». Al final han sido dos, pero con una ventaja de casi cinco puntos sobre el PSOE, lo que supone una auténtica inyección de moral, por inesperada, para un Feijóo necesitado de oxígeno político para poder seguir proyectándose como agente de cambio en España.
Otros dos gana el PSOE con el candidato menos sanchista de los últimos presentados –uno, imputado por enchufar al hermano del presidente; exministra, la otra–, lo que dará también que pensar a más de uno en Moncloa. Un alcalde respetado que ha logrado laminar también a los localistas sorianos. Ojo. Con todo, podrá Pedro Sánchez darse por satisfecho del rendimiento del ‘No a la guerra’, por más que sea lícito sospechar que los castellanoleoneses han votado más bien ajenos al rugir de los drones, quizás no tanto a la afección que el bloqueo de Ormuz tiene en sus bolsillos. El eslogan le renta para seguir plantando cara al PP aunque sea a costa de la desaparición de la izquierda a su izquierda, a quien le va a hacer falta algo más que el fallido ‘rufianazo’ para luchar contra lo inevitable. Llegados a este punto, que Yolanda Díaz cambiase los resultados en Castilla y León por los Oscar tiene el glamour decadente y cinematográfico de los profecías autocumplidas.
El impulso que toma el PSOE difícilmente animará a Sánchez a adelantar las generales porque la otra pata de su estrategia cojea: el PP logra contener a la extrema derecha a cuyo avance había fiado el presidente del Gobierno el desgaste de Feijóo. Si el próximo en saltar al ruedo, el andaluz Moreno, logra mantener su mayoría absoluta, la estrategia de pancarta se recrudecerá. No parece probable que el bipartidismo, pese a su lozanía, interprete que las urnas le están llamando a dialogar consigo mismo.