Carlos Martínez Gorriaran-Vozpópuli

  • La eficacia de la trampa del falso pacifismo radica en su atractivo emocional: ¿quién desea ser acusado de querer la guerra?

No hay duda de que la guerra acompaña a la humanidad desde sus orígenes, ni de que ha jugado un papel importante en nuestra evolución. La mezcla de horror y fascinación que ejerce derramar sangre inspira la épica más remota, de la Ilíada y el Bhagavad Gita al Cantar del Mío Cid, hasta la narrativa y cine bélico de nuestra era. Nadie es sus cabales quiere guerra, pero tampoco nadie educado puede creer que la guerra se evita con deseos unilaterales de paz. El pacifismo utópico sostiene que nada hay peor que la guerra, pero sí lo hay: es peor que te hagan la guerra para liquidarte o esclavizarte.

Ese pacifismo utópico conecta muy bien con la sensibilidad actual que, según Steve Pinker y otros, cada vez es más pacífico. Más bien creo que no aguantamos el espectáculo de la violencia, prefiriendo ignorar sus causas. No queremos explosiones sobre Teherán, pero al precio de olvidar a los iraníes masacrados por el régimen, como Mashi Alimedhiad ha denunciado en el Congreso. Ese rechazo defensivo, combinado con intereses políticos, da lugar al falso pacifismo. Sí, lo han adivinado, el del “no a la guerra” venga de donde venga, excepto si la guerra conviene a nuestros amigos y socios.

El pacifismo utópico

El pacifismo religioso es antiguo (como el belicismo religioso), pero el que defiende la utopía de un mundo sin guerra alguna -el simplón Imagine de John Lennon-, es bastante más moderno. Kant teorizó La paz perpetua, desmentida inmediatamente por Napoléon. Y la Segunda Internacional de socialdemócratas y comunistas quiso impedir la Gran Guerra del 14 con huelgas generales que la realidad desmintió: los obreros no eran menos patriotas que los militares cuando creían que su país corría peligro. El fracaso del pacifismo internacionalista deshizo la Internacional y, de carambola, provocó la revolución rusa. Pero muchos intelectuales nunca lograron entender ni las razones emocionales del patriotismo, ni la imposibilidad del pacifismo utópico que, en el fondo, creía que la guerra desaparecía leyendo a Kant o, como el pionero americano H. D. Thoreau, con la desobediencia civil.

El caso más ilustrativo es el del filósofo, matemático y pacifista inglés Bertrand Russell. En 1914 fue sorprendido por el patriotismo de los británicos contra Alemania, a su juicio incomprensible, aunque, cabal y coherente, hizo campaña contra la guerra, lo que le costó la cátedra de Oxford y una condena de cárcel. En vísperas de la Segunda Guerra Mundial, Russell seguía creyendo mejor dejar a Hitler invadir Gran Bretaña y practicar la desobediencia civil con la que Gandhi, siguiendo a Thoreau y sus propias creencias religiosas ecuménicas, estaba a punto de expulsar a los británicos de la India.

Lo que ni el mahatma Gandhi ni el filósofo Russell lograban entender es que la desobediencia civil funcionaba con el Estado de derecho británico, pero era inservible contra los genocidas nazis. Al revés, les habría regalado todo el poder sin oposición real. No fueron tan lúcidos como Simone Weil, que evolucionó de defender la guerra revolucionaria al rechazo de cualquier guerra supeditado, eso sí, al sagrado deber de defender la libertad contra el totalitarismo. Semanas antes de su muerte, la fragilísima Weil pedía ser lanzada en paracaídas en la Francia ocupada para unirse a la resistencia.

El falso pacifismo

Naturalmente, el pacifismo era tan atractivo que resultó muy fácil invertirlo como un calcetín ideológico, y ahí seguimos. Lenin se hizo con el poder con la promesa de sacar a Rusia de la guerra, y lo hizo, pero no dijo nada de la feroz guerra civil subsiguiente ni de las docenas de agresiones bélicas de sus sucesores, la última la de Putin contra Ucrania. Durante la Segunda Guerra Mundial, los comunistas dirigidos por Moscú se oponían a la guerra contra Alemania, hasta que Hitler atacó la URSS y, solo entonces, la exigencia de una guerra total contra los germanos se convirtió en la causa más justa, urgente y necesaria del mundo. La actitud comunista hacia la guerra era simple: justa cuando les convenía, un crimen en caso contrario.

Tuve la ocasión de asistir en persona a un larguísimo discurso -como todos- de Fidel Castro en La Habana declarando la “guerra a la guerra”, aunque su ejército y guerrillas eran la punta de lanza de los soviéticos en África, y naturalmente en América hispana. No importaba: el progreso del bloque comunista no era verdadera guerra, sino “guerra a la guerra”, porque, como escribe Orwell en la distopía 1984, para el Estado total la paz es la guerra, y viceversa. Sólo es “doble pensar”.

Los pacifistas utópicos auténticos tienen una fatal tendencia a dejarse enredar por los falsos con el señuelo de que trabajar por cualquier paz será mejor que cualquier violencia, sin reparar en la paz de los cementerios y convirtiéndose en utilísimos compañeros de viaje del movimiento comunista, porque en la acera de enfrente, la fascista genuina, el pacifismo no ha tenido predicamento. Ya decía Marinetti, poeta inspirador de Mussolini, que la violencia y la guerra son las actividades más elevadas y varoniles. Así pues, el falso pacifismo es más bien una exclusiva de la izquierda para enganchar, con mucho éxito, al pacifismo ingenuo laico o religioso, tentado por el peligroso pedestal de la falsa superioridad ética.

«Sí a la guerra que me convenga”

Y en eso estamos de nuevo. El “no a la guerra” activado por Sánchez como remake del de Zapatero es utilísimo para enganchar a los pacifistas ingenuos y utópicos, pero completamente inútil para nada más. Al revés, como pasaba con el pacifismo utópico de Russell, beneficia a los que hacen la guerra a la democracia liberal y a su propia sociedad, como los ayatolás de Irán y los rusos de Putin.

La eficacia de la trampa del falso pacifismo radica en su atractivo emocional: ¿quién desea ser acusado de querer la guerra? ¿y quién está dispuesto a asumir el riesgo que comporta? Pero también en la insoportable asimetría que instaura: debilita al que se defiende y refuerza al agresor que aplasta la resistencia justa, externa e interna. Creo que la única manera de desactivarlo es no tanto un pacifismo matizado como una buena ducha de realismo, afirmando que hay algo mucho peor que la guerra, y es perder la libertad que se tiene por no querer defenderla. El pacifismo necesario es el de Simone Weil y Mashi Alimedhiad: la paz exige defender, cuando sea necesario, la libertad con las armas. Porque la libertad no es un regalo.