Ignacio Camacho-ABC
- La campaña ha sido tranquila, como deberían ser todas y dejaron de ser desde que el espectáculo irrumpió en la política
Anda, pero si el domingo hay elecciones en Castilla (y León, provincia añadida a la comunidad contra el criterio de los ‘leonesistas’ cuando hubo que trazar a brocha gorda el mapa de las autonomías). La guerra en Irán ha copado la atención pública y permitido a castellanos y leoneses una campaña tranquila, como deberían ser todas y como dejaron de ser desde que el espectáculo se impuso en la política. Las encuestas no prevén grandes sobresaltos aunque el sanchismo, que presenta un candidato sin apenas aristas –salvo el pequeño detalle de haber adjudicado contratos de la Alcaldía de Soria a varios miembros de su familia–, espera medir en las urnas el impacto de su propaganda pacifista. Con aguantar el resultado de 2022, hipótesis probable, se conformarían, y si suben algún punto lo presentarán como un éxito resonante de la estrategia monclovita. Pero gobernar va a seguir gobernando Mañueco, que no es precisamente un prodigio de carisma y dependerá de Vox para completar la mayoría.
El partido de Abascal confía en subir, no mucho según la mayoría de los cálculos porque CyL fue la región donde comenzó su escalada y logró entrar en el Ejecutivo sin que Feijóo, que acababa de asumir el liderazgo del PP, se quisiera entrometer en el pacto. El punto de partida, en torno al 18 por ciento, es alto, de modo que las elecciones pueden servir para calibrar su techo aproximado. A su favor tiene el fuerte peso territorial del sector agrario, uno de sus repositorios más contrastados, y en contra la presencia de varias agrupaciones provincialistas que canalizan parte del voto de rechazo y en la anterior convocatoria se hicieron con media docena de diputados. Aquella primera alianza se rompió en tono agrio, como todas las posteriores, sin que la decisión unilateral de Vox le haya pasado factura en las sucesivas convocatorias celebradas desde 2024. Está en ese estado de gracia política en que nada le hace daño; su creciente arraigo en un sector de la derecha sigue intacto.
Así las cosas, los populares saben que de todas maneras van a necesitar a la formación radical para seguir en el Gobierno. Con ligeras variaciones hacia arriba o abajo, sus expectativas –también a escala nacional– se han estabilizado y parecen resignados al estancamiento. En ese sentido les da prácticamente igual un escaño más que menos; si es más se pondrán estupendos y si es menos no torcerán demasiado el gesto porque ya tienen descontado que su único socio posible les hará roer el acuerdo. Por su parte los socialistas aspiran a un empate técnico, que no les serviría de mucho por el previsible desplome de su flanco izquierdo pero les dará margen para proclamar el comienzo de una remontada contra los pronósticos adversos. Ruido habrá poco, en cualquier caso, y el que haya quedará sepultado bajo el estruendo del conflicto bélico que tiene preocupado al país entero por el riesgo de ruptura del equilibrio mundial y por la subida de precios. En esta atmósfera crispada no vendrá mal un poco de sosiego.