Francisco Rosell-El Debate
  • Una agitadora socialista dizque analista, enchufada por su pareja, a la sazón director del magacín, se ha asegurado el establo vilipendiando de «idiotas», con la anuencia de quien se lo agradeció en antena sin esperar a volver al hogar, a los votantes del PP y de Vox, así como tildando de «inútiles mentales» a sus dirigentes

Hace años, el gran sociólogo italiano Giovanni Sartori, en su ensayo sobre la sociedad teledirigida, advertía sobre la preponderancia de lo visible sobre lo inteligible, del ver sin entender, y avizoraba que «políticos videns» captarían el voto del animal ocular que sólo sabe lo que ve y que ve sin saber. A diferencia del «homo sapiens», este «videns» personificaría el triunfo de la estupidez con una televisión que prima la insensatez. Al reducir su pensamiento a una inconexa amalgama de flashes y eslóganes, éste no reflexiona guiado por la razón, sino por estímulos audiovisuales.

Para este estudioso de la ciencia política, quien avisó del riesgo del «directismo» para la democracia representativa, no cabía ejercicio maduro del poder sin el conocimiento que deberían proveer los medios audiovisuales. Empero, al anteponer imágenes y sentimentalismo, las televisiones estaban siendo un obstáculo que luego las redes sociales y sus «legiones de idiotas», según Umberto Eco, han hecho cuasi infranqueable. No obstante, Sartori rogaba que no se consumara su predicción. «Tal vez exagero –argüía–, pero lo hago para que mi profecía se autodestruya si es lo suficientemente pesimista como para que asustar e inducir a la cautela».

Ni que decir tiene que su temor se ha cumplido de largo y se ha revelado un optimista como su compatriota Claudio Magris que luego comprueba que las cosas son más lóbregas de lo que vaticinó. Y tanto más cuando los platós los ocupan activistas travestidos de periodistas en programas de info-entretenimiento que malbaratan la información y la suplen por relatos dramatizados por chiquilicuatres que repican los argumentarios del partido con graznidos de papagayos y alardes de pavo real. Pero, como todo lo que puede empeorar, lo hace, un canal público trasfigurado en albañal de la cloaca máxima de La Moncloa como RTVE, cuyo hedor no huele su escatológico presidente, José Pablo López, tan largo de nómina como corto de vergüenza, tras ser aupado a la poltrona luego de ser destituido como director de Contenidos por un consejo de mayoría socialista con algo más de decoro de aquel que lo repuso aprovechando la dana de Valencia.

Así, una agitadora socialista dizque analista, enchufada por su pareja, a la sazón director del magacín, se ha asegurado el establo vilipendiando de «idiotas», con la anuencia de quien se lo agradeció en antena sin esperar a volver al hogar, a los votantes del PP y de Vox, así como tildando de «inútiles mentales» a sus dirigentes. Todo ello sin mandarla a su casa para que pose de nuevo si quiere como en el Playboy con una camiseta vindicativa del supuesto número de fallecidos en las residencias madrileñas en el COVID, o con su apología del menoreo su «niños, niñas y niñes: follad con quien queráis» (le faltó añadir que el mundo se acaba por el cambio climático). Aunque RTVE sea el patio trasero de TV3, una vez el «procés» ha derivado en «el proceso español» tras investir el separatismo a Sánchez, el PSC logró fulminar hace dos años a un espécimen de aquella cadena al ubicarlo en un gráfico con una esvástica.

Ante tal desafuero, hay quienes se ponen maravillosos y aseveran que lo que importa es defender el derecho de la idiota que depurar su idiotez. No, desde luego, con el dinero de todos. Que tire de su cartera –y si acaso de la del solícito plumilla al ir tan de sobrado– para su mentecatez. Leyéndolo hay que convenir con Bioy Casares que este mundo subestima la estupidez cuando, al ser contagiosa, hay que combatirla del alba al anochecer.

Si la «televisión espantosa», según el lapsus de la primera administradora de Sánchez, Rosa María Mateo, infama por sistema a las organizaciones a la derecha del PSOE y a sus líderes, era cuestión de tiempo que lo hicieran a sus votantes sin excluir al socialismo crítico, como en las exequias del expresidente aragonés Lambán. Sin atisbo de mérito, capacidad e independencia como Sánchez apremiaba a Rajoy cuando acudía a Torrespaña con un lazo naranja escoltado por los plañideros de los «viernes negros» que hoy se enseñorean de los telediarios del «Gran Hermano Pedro», mientras el resto de la parrilla se lo reparten las productoras «pata negra» herederas de los «brujos visitadores» de Zapatero que debeló Juan Luis Cebrián al perder el favor de la era González. Al vítor de «coronavirus, oe» promovió al golden boy Broncano para su resistencia contra los desafectos y lo secundan los Évoles que se lucran con sus prédicas de que cuanto más pobres dejen a los españoles más felices serán estos en su casita de papel, de papel.

Tras espetarle a Rajoy en su moción de censura que la manipulación es corrupción, «Noverdad» Sánchez, como todos los impostores que instrumentalizan los desmanes ajenos para agigantarlos y perpetuarlos, convierte la televisión pública en desolladero de quienes no le votan, pero la sufragan. Pero que una frustrada candidata del PSOE les llame «idiotas» no obedece a un calentón, sino a una estrategia de polarizar y joder al votante medio, como verbalizó en su día Iván Redondo, exjefe de Gabinete de Sánchez, parafraseando al creador de la serie The Wire (Bajo escucha). ¿Qué sentido tiene el chiringuito de TVE para que corran con la juerga sanchista aquellos a los que escarnece como si debieran redimirse de no votar a quien compró la magistratura tras perder en las urnas y hoy veranea como un sultán con el bolsillo de los demás?

Llegado a este punto, el electorado de PP y Vox, así como sus dirigentes, será, en efecto, idiota, no porque se lo estampe en la cara una sicaria, si consiente que le enfangue la marea de lodo de una Caja Tonta que se pasa de Lista y donde Sánchez fijó pista obligada para los debates electorales. De no plantarse, cobrará vigor lo que Humphrey Bogart en El cuarto poder les larga a las hijas del fundador que quieren vender The New York Today a la competencia abocándolo a su fin: «Os agradará saber que la estupidez no es hereditaria, sino que la adquiristeis por vuestra cuenta».