Luis Ventoso-El Debate
  • El Gobierno español está siendo derrotado por el narcotráfico en la frontera Sur, cabe batallar muchísimo más en lugar de hacer el avestruz

Ramón Pérez-Maura, que gasta mucha agenda social, me ha contado alguna vez que en una comida privada con un expresidente español se sorprendió cuando el estadista le expuso cuál era a su juicio uno de los mayores problemas de España. No se trataba de lo que todos suponemos, sino de otro al que prestamos menos atención: el narcotráfico y su infiltración en las instituciones del Estado (léase las fuerzas de seguridad y la judicatura).

No es solo un reto español. Estados Unidos, la primera potencia, ha visto como las drogas averiaban su fábrica social. La princesa Amalia de Holanda tuvo que huir de su país amenazada por la sádica mocro maffia de origen marroquí. En naciones como México y Colombia ya se vuelve difuso a veces distinguir donde acaba el Estado populista y donde empieza el narco. Las dos vías de solución que se plantean en los debates sobre las drogas son antagónicas: legalizarlas, o aplicar la máxima mano dura, a lo Trump.

La opción de legalizar los opiáceos crearían sociedades adocenadas, con amplias franjas de la población anestesiadas, como ocurrió en el XIX en la alicaída China de las Guerras del Opio, o en Londres en el XVIII, cuando los vecinos se volvieron tarumbas con la llamada Locura de la Ginebra. Por su parte, la vía de la mano dura presenta el hándicap de que el enemigo parece casi invencible, por su poderío económico y por la sostenida demanda de su producto en las sociedades opulentas (no habría negocio sin consumo). Hay tanto dinero en acción que el soborno se va extendiendo como una mancha de aceite. Además, la industria del narcotráfico resulta tan boyante que ahora encala su fachada infiltrándose en la economía legal (alguien se cree que el 100 % de los superricos mexicanos y venezolanos que caldean el mercado inmobiliario de Madrid han hecho sus fortunas limpiamente). Un kilo de cocaína supone para los narcos entre 15.000 y 20.000 euros, a pesar de que el precio ha bajado por la sobreoferta. Un negocio fabuloso.

Pero aún asumiendo que el desafío es complejísimo, no se puede aceptar la actitud de nuestro Gobierno, que ha optado por hacer el avestruz como si nada alarmante estuviese pasando. Y sí que pasa. Varios mandos de la lucha contra la droga han sido detenidos porque habían sido comprados por los narcos. Los jueces y fiscales también son humanos, ¿quién nos dice que alguno no va a sucumbir, o no ha sucumbido ya? Es decir, estamos iniciando la situación que denunciaba el expresidente: el dinero del narcotráfico comienza a corromper las instituciones.

El segundo problema es que el frente Sur se ha desmadrado… y se tolera. Seiscientas narcolanchas en el Estrecho el año pasado, según el último informe, y el Guadalquivir convertido en una autopista de la coca. El dinero de la droga se convierte en medio de vida de muchos chavales, incapaces de resistirse a la oferta de que solo por dar aviso de si sale o no el helicóptero de la Guardia Civil te pueden caer 1.300 euros en una noche. Los narcotraficantes –bandas balcánicas, colombianas, marroquíes…– han comenzado a utilizar armas de guerra, lo cual supone una escalada gravísima. Por supuesto sus embarcaciones son más rápidas y robustas que las de nuestras mal dotadas fuerzas de seguridad. Ver a las narcolanchas a la capa, esperando que pase un temporal frente a pueblos costeros del Sur, se acepta ya como algo normal. El petaqueo para llevarles combustible tampoco se ataja en serio.

El narcotráfico va ganando ante un Gobierno inepto, sin dinero para fortalecer a las fuerzas de seguridad, porque carece presupuestos, y que vive solo para la propaganda y para tratar de evitar que la familia del jefe acabe condenada.

Un país no puede resignarse a este dantesco espectáculo en la frontera Sur, que cuenta por supuesto con la complicidad de Marruecos (al igual que el tráfico de seres humanos). Un país no puede resignarse a que mueran sus agentes chuleados por las narcolanchas, ni a que la droga se convierta en una industria que corrompe a la juventud. Un Gobierno de verdad estaría lanzando una batería legislativa urgente para hacerle la vida muy difícil al narco, reforzaría al máximo a las fuerzas antidroga y, por supuesto, dada la situación de descontrol actual implicaría a la Armada en la defensa de nuestro litoral. ¿O es que tenemos una Armada solo para hacer maniobras?

Pero esa respuesta contundente es ciencia-ficción teniendo al frente a pomposos figurones de la izquierda caviar. Así que seguiremos dando algún pellizco policial al narco, pero sin querer afrontar que está gangrenando nuestro tejido social, económico y policial. Una mortífera resignación.