Miquel Escudero-El Correo

Imaginemos al primer arzobispo de Granada: Hernando de Talavera. Procedía de una familia judeoconversa. Con 12 años fue llevado a Barcelona, donde aprendió catalán. Llegó a catedrático de Filosofía Moral. Isabel la Católica le pidió que fuera su confesor y lo incorporó al Consejo Real. Aprendió árabe; quería evangelizar a los musulmanes con pausa y sin prisa, de modo que «ellos tomen nuestra religión y nosotros su lengua». Conquistó el respeto de los moros y cristianos más destacados. Hernando medió para la integración de judeoconversos y musulmanes, consciente de que no eran problemas estrictamente religiosos. Sigue siendo un referente. Hoy no parece creíble que existiera alguien así en la España de su tiempo. El cardenal Cisneros desplazó su política sabia y paciente por un modo de hacer agresivo, urgido por la inmediatez y la obsesión uniformadora.

Vayamos al siglo XX. Se estima que las tropas franquistas tuvieron unos 80.000 soldados marroquíes, el doble de los brigadistas internacionales que hubo en las tropas republicanas. Apenas se habla de ellos, pero tuvieron muchas más bajas: superaron los once mil muertos y los cincuenta mil heridos. Se les asignaron hospitales específicos y sus ritos funerarios y sacrificios de animales fueron respetados.

En 1937, se pudo leer en la prensa rebelde este párrafo: «Sevilla, consciente de sus deberes para con la Raza gemela, que se aprestan sin titubeos a formar la vanguardia del movimiento salvador, ha ofrecido un lugar para la erección de una mezquita». Los airados xenófobos antimusulmanes que reivindican la España franquista viven, en su odio e ignorancia, una inmensa contradicción.