Manuel Marín-Vozpópuli

  • No es cosa de cuatro críticos, cuatro corruptos o cuatro acosadores en el PSOE… la novedad de 2026 es que el propio sanchismo está dejando de creer

Entre Nicolás Maduro, ya caído para la causa de la izquierda, y Pedro Sánchez hay parecidos razonables. El principal es el de no saber cuándo llega el momento de frenar, el de intuir que tu ciclo se acaba. Coinciden en algo sustancial. Ese empecinamiento obsesivo, esa pulsión enfermiza por el poder, el exceso sobreactuado de confianza en uno mismo, el de creer que solo por existir, por ser quien es con esa aura divina de cesarismo ilimitado, la historia les conduce a prolongar su permanencia en el poder. Tan diferentes se creen al resto de los mortales porque ellos tienen un don, que no se dan cuenta de cuándo han perdido el control. De cuándo están superados por un sentido erróneo de la realidad, y de cuándo carecen ya del dominio del hecho sobre su propia autoridad.

En 2017, cuando Pedro Sánchez regresó a la Secretaría General del PSOE con el rencor fijo en la mirada frente a quienes lo habían defenestrado en aquel extravagante Comité Federal de octubre de 2016, sólo se fijó una meta: guillotinar a los críticos para ejercer un intervencionismo inédito en un partido que siempre se caracterizó por alentar la discusión interna sin autocomplacencia y sumisión. Sánchez convirtió el PSOE en un sórdido gulag en el que nadie ni nada se movía sin su expresa autorización previa. Nunca ningún secretario general ejerció tanto control sobre cada una de las esferas del partido, y nunca nadie acumuló tanto poder orgánico de una manera tan visible, drástica y excluyente.

Si de algo ha presumido Sánchez desde que en 2018 accedió a la presidencia del Gobierno es de haber instaurado un sistema interno de “perros” de presa e incondicionales que no tuvieran escrúpulos en convertir el Partido Socialista, con sus más de 140 años de historia a rastras, en el partido sanchista. No en vano, la expresión ‘perros’ ya la utilizó Teresa Ribera cuando en 2024 Sánchez se recluyó consigo mismo para simular aquella farsa de que no le merecía la pena continuar. Sánchez preparó todo minuciosamente para que la sumisión total fuese la única bandera. Hoy, todos aquellos que consintieron esa deriva totalitaria llevan en su cruz la penitencia del engendro que avalaron.

Si algo va a caracterizar al sanchismo en 2026 es la pérdida de ese control, y no sólo a nivel orgánico o de partido. Hoy en el sanchismo todo aparece deslavazado, desorganizado, endeble. Todo carece de relato y de mensaje. Todo es improvisación y todo es supervivencia al límite. De hecho, son cinco las variables que hasta ahora estaban sometidas al dominio unipersonal de Sánchez y que van dejando de estarlo de modo vertiginoso. Cuando todo empieza a desmoronarse, cuando se hace tan visible la pantomima del feminismo, del escudo social, de la igualdad o de la convivencia, la recomposición de los añicos se complica.

Primero, Sánchez ha perdido lo más relevante para su estrategia, el control de los tiempos. Segundo, carece de política legislativa y apoyos suficientes para mantenerla. Tercero, no controla la evolución de los procesos judiciales que le afectan familiar y políticamente. Cuarto, no tiene el dominio del hecho en los procesos electorales autonómicos en marcha porque su marca se está autodestruyendo. Y quinto, por primera vez en ocho años empieza a caer el tabú de su sucesión. Cada vez son más constantes las luces de alarma emitidas desde los cimientos con el argumento de que ha llegado el momento de que la degradación de la imagen y la gestión de Sánchez no arrastre a las siglas más tiempo. Su obsesión por no convocar elecciones en una partida política bloqueada ha empezado a alertar al partido tanto como la percepción de que el desgaste del presidente es irreversible.

Sánchez depende de sí mismo para disolver las Cortes y convocar elecciones, pero difícilmente lo hará por acorralado que se sienta por el PSOE. También depende de sí mismo para someterse a una cuestión de confianza. Quizás sea este el golpe de efecto que la izquierda mediática está pregonando como fórmula para un viraje extremo, romper la baraja de modo audaz, relanzar el miedo a la derecha, reactivar la legislatura y victimizarse. En cambio, no depende de sí mismo para someterse a una moción de censura que a día de hoy sólo depende de Carles Puigdemont, y que por eso mismo carece de una expectativa realista. En cambio, lo que ya hoy es ajeno a su control es el éxito que ha tenido durante siete años el relato de La Moncloa. Esa capacidad de convertir en consumible y digerible cualquier mentira, por estrambótica que fuese, ha empezado a desaparecer. La pérdida de credibilidad hace que todo tipo de palancas para el manejo de los tiempos decaigan sin remisión.

Lo mismo ocurre con la capacidad para legislar. Hemos leído que Sánchez ha aleccionado a sus ministros para que sean imaginativos y ofrezcan reformas legislativas creativas… eso sí, que no tengan que pasar por el Parlamento para evitar una imagen desoladora de frustración con derrotas sistemáticas. En realidad, no es solo una burda campaña de marketing político abocada al fracaso. Es también un síntoma de agotamiento y desesperación. Sánchez pasará a la historia de nuestra democracia por ser el único presidente incapaz de aprobar ni uno solo de los Presupuestos Generales de cuatro ejercicios. Desde el principio se supo rehén de legislatura delirante que jamás debió comenzar si hubiese sido coherente consigo mismo. Pero eso de los principios le resultó siempre indiferente. Su prioridad era ganar el poder aunque perdiese las elecciones.

De igual modo, Sánchez desconoce cómo se desarrollarán los múltiples procesos judiciales abiertos y que ‘de facto’ lo sitúan como vértice de todo un entramado de corrupción del que, por acción o por omisión, es el único culpable. Hay quien sostiene que la corrupción no penaliza en las urnas, que la fidelidad ideológica del electorado es inalterable y que el peligro de que gobierne la derecha siempre será un factor aglutinante de la movilización de la izquierda en el momento de votar. No es cierto. No es sólo la corrupción. Es la mentira (“traeremos a Puigdemont detenido”, “no será excarcelado ningún violador”, “lo de Cataluña fue una rebelión de libro”, “la amnistía es ilegal”…). Es la incoherencia. Es el enchufismo de mujeres, hermanos y prostitutas. Es el acoso sexual, la prepotencia, la manipulación de las instituciones. Es el negocio de convertir al PSOE en un ‘lobby’ para lucrarse. Es la progresiva pérdida de autoridad. Es su rostro demacrado.

A ello se une que en Extremadura el candidato Gallardo no se jugaba nada. Sólo quería ser un aforado legal, y no fraudulento, y ya lo es. Es Sánchez, en su enésimo plebiscito personal de asunción de riesgos, quien ha sido vapuleado por su propio simpatizante, militante y votante. Ocurrirá algo idéntico, o más desolador aún, en Aragón en febrero. Y en marzo, en Castilla y León el PSOE va camino de ser tercera fuerza política, algo que por cierto ya ha ocurrido en Galicia o en Madrid. Sánchez ya no controla las estrategias y se le agotan los trucos. Sólo algo muy audaz (y debe estar pensando en ello porque ahora sí percibe incipientes indicios de rebelión dentro de su propio partido) podría propiciarle un vuelco y rescatarlo de su marasmo mientras sacrifica a candidatos-ministros como peones de la nada.

Son las cinco variables sobre las que Sánchez no ejerce dominio alguno y eso representa una novedad para alguien acostumbrado al control férreo de todo, absolutamente todo. La verdadera novedad de 2026 será que hasta el sanchismo ha empezado a ser descreído, a sentirse agotado de Sánchez y a sospechar, en su propio marasmo de frustraciones, que el ciclo se ha agotado. No es cosa de cuatro críticos, cuatro corruptos, dos robaperas y unos acosadores… Es el propio sanchismo el que resopla cada vez que Sánchez abre la boca.