Berta González de Vega-ABC
- Los políticos duermen tranquilos a pesar de las malas rachas en el firme y en las vías ferroviarias
No me da la cabeza. Nuclear o no. Superada por la geoestrategia, la geopolitica, la geología de las tierras raras, la geografía de la demografía, la geolocalización de la cúpula del ayatolá gracias a los espías del Mossad, me refugio en el bar Franky, que no va a Hollywood, si no a Pamplona. Cerró hace años, antes incluso de la pandemia que hizo ricos a los de las mascarillas y las vacunas. No podré disfrutar allí de una caña en la barra de ‘pintxos’, de unos menús del día que ponían bien en las reseñas, de ese ambiente de bar de barrio, con ese nombre tan años 70. De esos menús que nunca llegaron a servirse para Koldo pero fueron a su nombre, a su cuenta, de parte –presuntamente, siempre presuntamente– de Acciona. De un hombre de Acciona. Dimitido, echado, despedido, desaparecido. Del que dirán ahora que quién era. Pero el caso es que el asesor fiscal de dueño del bar Franky –que seguro que es muy bueno y el pobre, por no tener, ni tiene casa, después de haber empezado a trabajar a los 13 años– ha contado que Acciona pagaba esas comidas que no se servían pero servían y que luego ese dinero iba para Koldo, que atravesaba una mala racha. Normal. Si estás en un bache personal es habitual tener a una constructora pendiente por si no llegas a fin de mes, con tanto gasto. Está Cáritas y Acciona. Responsabilidad social caritativa. Seguro que hay una pestaña en la web. También habrá una referencia a cómo de bien se pasan las auditorías. Qué son unas facturas de un bar como el Franky en la contabilidad de un gigante. Y el gigante de Koldo pasaba un bache, años antes de entrar en el gran socavón de prestigio, de crisis reputacional, que le llevó a la cárcel. Allí está, de presunto.
Paso a diario por baches que van adquiriendo el tamaño de agujeros negros. Nos han convertido en conductores involuntarios del Dakar, a los que siguen multando si el coche no ha pasado la ITV mientras los políticos duermen tranquilos a pesar de las malas rachas en el firme, en las vías ferroviarias y hasta en las pasarelas cerca del mar de Santander, donde mueren unos jóvenes de paseo, que era una manera de celebrar las buenas notas.
Son minucias que nos importan a los frívolos. Cómo quejarnos si ahora mismo tenemos la suerte de estar gobernados por el faro moral de Occidente, ese al que mira embobada Susan Sarandon y no tanto las chicas iraníes que se jugaron la vida contra los ayatolás machirulos. Lástima que el Franky esté cerrado. Me pega que pudiera tener hasta televisión en lo alto de la pared. El Franky, como el Savoy de Alvite, con Koldo estrujando la colilla en la acera, antes de entrar, con el móvil lleno de churris mezcladas con licitaciones. La lealtad. Saber que siempre se pueden generar unas cuantas facturas de menús del día para salvar las noches. Y, Pedro, arriba, en la tele, sin preguntas, en el lado bueno de la historia.