Kepa Bilbao Ariztimuño-El Correo

  • En Ucrania, merecería la pena considerar un alto el fuego inmediato y después un acuerdo que atienda las respectivas pretensiones

La tradición teórica sobre la paz ha legado una distinción importante entre dos enfoques fundamentales, uno descriptivo y otro valorativo. El descriptivo suele ser puramente negativo, definiendo la paz como ausencia de guerra. Una definición que deja sin prejuzgar el valor moral que deba atribuirse a la paz.

Sin embargo, la concepción valorativa, esto es, la valoración positiva de la paz, es un concepto más complejo, su definición es mucho más amplia y variable, ya que no solo se refiere a la ausencia de guerra, sino también a un estado de bienestar, de justicia social, de estabilidad política y de resolución pacífica de las causas subyacentes de la violencia.

Y, ¡claro! ¿cómo se puede medir esto? ¿Cómo se mide el bienestar, la justicia social…? La guerra tiene indicadores claros, como el número de muertos o la destrucción, pero el concepto de paz es muy difícil de medir, es más subjetivo y depende de factores cualitativos como la equidad, la seguridad y el bienestar.

Además, toda definición positiva que hagamos de la paz está expuesta al peligro de servir de justificación para iniciar una guerra o, en el mejor de los casos, a la confusión de considerar no pacífica una situación no bélica. No está lejos la época, ya muerto el dictador, aprobada la Constitución y conquistadas las libertades básicas, en la que algunos seguíamos considerando que sin derecho a la autodeterminación no se podía hablar de paz en Euskadi y otros muchos, que su negación justificaba matar a quien se opusiera.

Cuando hoy pensamos, por ejemplo, en la paz en Ucrania, ¿en qué tipo de paz estamos pensando? ¿Qué paz es posible en Ucrania, o entre palestinos e israelíes? ¿Es posible conseguir la paz solo militarmente? ¿Es posible esperar una paz que no implique una renuncia territorial, que reconozca formalmente a los ucranianos su derecho a decidir plenamente su política exterior?

Para unos, una Ucrania mutilada territorialmente, pero independiente, sería una paz aceptable. Para otros, la única paz justa sería la vuelta a su estado anterior a la invasión rusa y, para los que abogan por una paz absoluta o integral, no habrá paz hasta que se eliminen todas las estructuras de opresión, discriminación y explotación.

Hablar de paz inestable, precaria o injusta no tiene nada de contradictorio, de hecho, son descripciones que pueden reflejar diferentes realidades sociales y políticas en las que las condiciones de paz no son absolutas ni definitivas. En la práctica, este tipo de paces son comunes en contextos donde los acuerdos de paz se imponen sobre realidades profundamente conflictivas, con numerosas cicatrices y heridas abiertas. En esos casos, la paz puede ser más un ‘pacto de no agresión’ que una reconciliación genuina y duradera.

La paz perpetua y perfecta podrá ser un tipo ideal de paz y un deseo muy loable, difícilmente alcanzable en su totalidad, pero no es la única posible. Muchas veces esta paz verdadera, utilizada de forma retórica, no deja de ser una huida demasiado fácil del planteamiento de los problemas y conflictos prácticos que suelen presentarse entre los distintos valores. La paz no tiene que ser ideal o perfecta para ser valiosa. En realidad, quien desea la paz suele verse obligado a elegir entre desearla más o menos que otros valores. Si, por ejemplo, en el caso de Ucrania, la integridad territorial perdida en 2014 se considera como el valor máximo, la paz por territorio no sería una paz asumible.

Mientras que unos abogan por una solución diplomática negociada, otros piensan que cualquier tipo de acuerdo que implique concesiones por parte de Ucrania podría ser visto como una derrota, no solo para este país sino también para la comunidad internacional, que ha apoyado a Ucrania en su derecho a la soberanía y a la integridad territorial. Además, existe el temor de que cualquier concesión a Rusia podría sentar un precedente peligroso para otros conflictos geopolíticos.

Hoy ninguno de los dos bandos enfrentados está en condiciones de lograr sus objetivos maximalistas imponiendo su dictado por la fuerza a su enemigo. En esta situación, para poner fin a la terrible tragedia humana que está suponiendo esta guerra, y siendo consciente de que es una solución discutible, tal vez merecería la pena considerar una paz negativa, un alto el fuego inmediato, para evitar más muertes, destrucción y sufrimiento, dejando para más adelante la paz positiva, algún tipo de acuerdo de paz que permita acomodar las pretensiones de cada uno de ellos.

La paz raramente es satisfactoria para las partes, pero a veces una paz imperfecta puede ser un paso hacia una mayor estabilidad y justicia. La paz positiva hay que concebirla como un proceso continuo, dinámico y evolutivo. La paz siempre estará en un proceso de construcción y no como un estado estático o cerrado.

Kepa Bilbao es autor, entre otros libros, de ‘Repensar la guerra’ (Catarata, 2024)