RAÚL CONDE-EL MUNDO

JORGE Semprún, en Federico Sánchez se despide de ustedes, escribió: «Para el partido comunista, la cita con la historia ya está perdida para siempre, cualquiera que sea la fluctuación coyuntural de sus votos testimoniales. Solo le queda integrarse en la izquierda de una socialdemocracia renovada y por ello mismo menos monolítica». Pedro Sánchez es heredero de esta tradición política, en la que ancla el PSOE, y quizá esto explica la mezcla de altivez y frialdad con la que despacha los empellones de Podemos.

El presidente es un dirigente con tanta capacidad de resistencia como veleidades. Ayer moderado, hoy agitador, mañana ya se verá. Sus críticos hiperventilados, muchos de los cuales despreciaron su entereza tras el golpe palaciego que le apartó de Ferraz, dicen de él que supedita todos sus pasos a la consecución del poder. Oh, noticia bomba. «¿No cree usted –se preguntaba Cánovas del Castillo– que la causa más poderosa de nuestras desdichas ha sido el furor de nuestros hombres de alcanzar el poder y conservarlo a cualquier precio?» En el caso de Sánchez, nadie, salvo Rivera y sus adláteres, discute su audacia. Primero, apartó a la gerontocracia socialista para moldear un PSOE antídoto del populismo. Después, echó al PP del poder mediante la única moción de censura que ha prosperado. Y, finalmente, escondió un doble fracaso –Presupuestos y diálogo en Cataluña– agitando la foto de Colón en una campaña diseñada para frenar a la ultraderecha.

Desde el 28 de abril, pese a imponerse con claridad, no quiere hacer los deberes. Como explicó Madina en la Ser, un candidato se reúne con agentes sociales antes de elaborar el programa con el que concurre a las urnas. Posteriormente, si gana las elecciones y recibe el encargo del Jefe del Estado para formar Gobierno, lo suyo es que negocie los apoyos parlamentarios necesarios. Sánchez invierte el proceso y, además, lo hace incurriendo en incoherencias. Rechaza la coalición con Podemos, pero declara a este partido socio preferente. Veta a Iglesias, pero le pide apoyo para un Ejecutivo «progresista». Anticipa una oferta a los nacionalistas, pero implora la abstención de Casado y Rivera. Ambos, por cierto, de vacaciones en pleno bloqueo.

Puede que este truco le permita alardear de centralidad, pero no parece gasolina suficiente para tirar hasta el 10-N. Le Monde defendía en su editorial del jueves que otros comicios serían «terribles». Sánchez se arriesga a que la nueva CEDA sume o que el avance de los socialistas sea insuficiente para compensar un eventual desplome de Iglesias. Ni Vox da ya miedo ni las izquierdas andan entusiasmadas tras el fiasco de la investidura. Pavese sentenció: «Todos los pecados tienen su origen en el complejo de inferioridad, que otras veces se llama ambición».