Carlos Souto-Vozpópuli

  • Las democracias nunca mueren de golpe. Se acostumbran a la muerte poco a poco

Mientras Yolanda Díaz anuncia que no será candidata, antes incluso de que nadie termine de pedírselo, Gabriel Rufián ensaya discursos de heredero con entusiasmo renovado. Una retrocede. El otro avanza. Ambos revelan lo mismo: el espacio a la izquierda del PSOE es hoy un territorio en busca de sentido. No tanto de líder como de orientación. Yolanda Díaz nunca fue una gran esperanza intelectual. Fue, en el mejor de los casos, una solución provisional: una izquierda alternativa que pudiera reemplazar a Podemos sin exigir demasiado esfuerzo cognitivo al votante. Un relevo funcional, no una revolución conceptual. Sus discursos no son complejos; son confusos. No son profundos; son difusos. Habla mucho, dice poco y concluye menos. Cuando la política se convierte en una sucesión de frases que nadie logra resumir en una idea, el liderazgo se evapora. Su renuncia preventiva no es estrategia brillante ni gesto épico: es la consecuencia lógica de años hablando sin decir nada.

Rufián, en cambio, ha olido la oportunidad. Se mueve en la ambigüedad estratégica: un día azote del sistema, al siguiente socio indispensable. No aspira solo a representar a quienes se sienten a la izquierda del PSOE; aspira a ocupar el espacio emocional del votante desencantado, incluso dentro del electorado socialista obrero y español. Si Yolanda simboliza el agotamiento, Rufián encarna el oportunismo lúcido. Pero ninguno es el núcleo del asunto. Son síntomas de algo más profundo: el PSOE ha dejado de ocupar con claridad su propio centro narrativo. Y cuando un partido histórico se vacía de contenido reconocible, cualquiera intenta rellenarlo.

Mensjae filtrado y dramatizado

Pedro Sánchez ha construido algo más sofisticado que una coalición parlamentaria: ha construido un ecosistema comunicacional. Un entramado de voces, platós, entrevistas amables, análisis alineados, producciones culturales subvencionadas y comentaristas que repiten el marco interpretativo con disciplina. Un sistema completo de altavoces. El nombre es lo de menos. El efecto es el mismo: el mensaje llega filtrado y dramatizado antes de aterrizar en el ciudadano. Escuchamos a Pedro Sánchez, sí, pero casi siempre mediado: el humorista que contextualiza, el periodista que interpreta, el analista que matiza, el CIS que nos miente sin pudor. Lo escuchamos en formato espectáculo, entrevista o especial televisivo. Lo que aún nos falta es escucharlo más tiempo en vivo y en directo, sin envoltorio.

Y entonces surge la pregunta —coherente con la lógica del sistema—: si el relato ya es permanente, ¿por qué no institucionalizarlo del todo? ¿Por qué no adoptar el modelo que tan eficaz se mostró en México bajo el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador? Sus “mañaneras” no fueron un capricho retórico. Fueron un método: un dispositivo diario de encuadre e interpretación. Tan eficaz resultaron que su sucesora, Claudia Sheinbaum, ha mantenido la fórmula. No episódica. Sistemática. Omnipresente. No basta con comparecer. Hay que hacerlo todos los días. Las comparecencias esporádicas son un gesto; la rutina diaria es un sistema. Si el modelo es comunicación continua, que lo sea de verdad. Cambiar de canal y siempre ver y escuchar al presidente. Interpretación unificada, sin margen de error. Una voz central que marque el tono del día. Naturalmente, no como ocurrencia táctica de la Moncloa, sino como adopción responsable de una práctica ya probada en gobiernos progresistas del siglo XXI. Nada inventado. Modelo consolidado.

El ahorro sería notable. Menos intermediarios, menos necesidad de que terceros expliquen lo que el líder quiso decir. Si todo termina siendo relato, mejor que tenga origen único y formato estable. Directo. Sin subtítulos. Y además está el ahorro que entiende cualquier contribuyente. Si el presidente asumiera la pedagogía diaria, ¿para qué sostener el ecosistema satélite? ¿Para qué tantos broncanos, tantas intxaurrondos, tantos évoles convertidos en intérpretes oficiosos del relato? ¿Para qué pagar a una orquesta entera si el solista puede interpretar toda la realidad cada mañana? El ahorro sería, al menos en teoría, considerable. Menos distracción amable, menos entrevistas de guion blando, menos análisis que siempre concluyen en el mismo punto. Directo. Sin traductores. Sin mediadores. Claro que cabe una duda: quizá el sistema actual no sea más caro, sino más funcional. Tal vez el monólogo directo tendría un coste político superior al de la coral afinada. Nunca se sabe. En cualquier caso, la ventaja sería clara: el ciudadano sabría exactamente qué debe interpretar y qué descartar como ruido o como mala fe. Lo dicho por Pedro sería el catecismo; lo demás, desviación interesada.

Protagonizar sin pausa

Por supuesto, la idea de esta columna es sátira estructural, no recomendación política. Pero ilumina una tendencia real. Cuando la comunicación se convierte en eje del poder y cada crítica en sabotaje, el siguiente paso deja de parecer exageración y empieza a parecer coherencia interna. Porque si una sola voz explica todo, las demás dejan de ser necesarias. La izquierda puede debatirse entre el repliegue retórico de Yolanda Díaz y la ambición expansiva de Gabriel Rufián. El centro de gravedad, sin embargo, sigue en la Moncloa. Seamos claros: una cosa es gobernar sin brillo personal. Otra muy distinta es protagonizar sin pausa. Porque si el poder se acostumbra a narrarse cada mañana, el silencio de los demás deja de ser circunstancial y empieza a ser estructural. Las democracias nunca mueren de golpe. Se acostumbran a la muerte poco a poco. Y esa costumbre siempre empieza con alguien siempre hablando…y todos los demás aprendiendo a escuchar.