Manuel Valls-El Español
  • Para Manuel Valls, Ceuta no es un simple episodio migratorio: es un acontecimiento geopolítico.

Los días 30 y 31 de julio, cerca de 80.000 personas cruzaron, principalmente a nado o por los espigones del Tarajal, la frontera que separa Marruecos de Ceuta. Durante diez horas y bajo la mirada de los gendarmes marroquíes.

Ciento cuarenta y un muertos ahogados, entre ellos numerosos niños. Una ciudad de 83.000 habitantes desbordada. Una población abandonada.

Al día siguiente, la mayoría de los migrantes volvieron a Marruecos, esta vez con la ayuda de sus fuerzas del orden.

Pero hoy, la ciudad autónoma de Ceuta está al borde del abismo: espacio público saturado, servicios públicos desbordados, enfrentamientos violentos, agresiones sexuales.

Al menos 10.000 migrantes, 1.500 de ellos menores, permanecen en una situación muy precaria en el plano humanitario y sanitario.

Ceuta, enclave de veinte km², portuguesa desde 1415, es española desde 1580. Sus habitantes, de todos los orígenes y confesiones, son ciudadanos españoles y, por tanto, europeos.

España está además en primera línea de las rutas migratorias.

La atlántica, muy mortífera, hacia Canarias.

La argelina, la más transitada, hacia Baleares y la península.

Y los enclaves de Ceuta y Melilla, las dos únicas fronteras terrestres de la Unión Europea en el continente africano.

Las mafias actúan a ambos lados del Mediterráneo, traficando con seres humanos y con droga.

Pero la crisis de Ceuta no es un simple episodio migratorio: es un acontecimiento geopolítico. Una agresión contra la soberanía española y su integridad territorial, y una advertencia dirigida a toda Europa.

Desde hace años, Rabat ha convertido la presión migratoria en un instrumento más de su diplomacia, especialmente en la cuestión del Sáhara Occidental. Mayo de 2021 ya lo había demostrado: 10.000 personas fueron empujadas hacia Ceuta en cuarenta y ocho horas para castigar a Madrid por haber acogido al jefe del Frente Polisario.

Esta vez, los rumores de una «frontera abierta», difundidos en las redes sociales a raíz de una decisión del Tribunal Supremo español (que prohíbe las devoluciones inmediatas en frontera de los migrantes interceptados en el mar), han prosperado.

La operación fue planificada para saturar el control fronterizo y neutralizar la capacidad de reacción de España.

Sea porque los instigadores perdieron el control (la hipótesis más probable) o por simple pasividad, la lección es la misma: esta frontera sur de Europa depende de la buena voluntad de un Estado que reivindica Ceuta y Melilla y que sabe cobrar su cooperación.

Europa no puede aceptar de forma duradera tal vulnerabilidad.

Hay que hablar a continuación del fracaso del Gobierno español. Nada se anticipó, cuando todo estaba anunciado: 1.500 personas habían llegado a la ciudad a nado en los días anteriores a la oleada y los vídeos virales se multiplicaban.

Ante esas señales, analizadas por los servicios de inteligencia, no hubo ninguna decisión, ningún refuerzo, ningún trabajo diplomático serio.

Pedro Sánchez ha dejado que Ceuta afrontara sola una crisis sin precedentes. En cambio, ha acusado a Rusia, a Israel y a la extrema derecha.

Gobernar es prever. No prever nada es abandonar.

La decisión de Pedro Sánchez de regularizar masivamente a los extranjeros en situación irregular ha hecho el resto. Más de un millón de expedientes se han abierto desde abril hasta junio de 2026.

Cuando la primera ministra danesa Mette Frederiksen (socialdemócrata) y Giorgia Meloni firman un mensaje común, apoyado por otros veintidós Estados, rechazando «la inmigración incontrolada» y señalando la regularización española como factor de atracción, ya no es una división derecha-izquierda: es Madrid contra el resto de Europa.

Pero España no debe quedarse sola. En Ceuta, es la frontera exterior de la Unión la que ha cedido, en la vía marítima estratégica del estrecho de Gibraltar.

La respuesta debe ser, por tanto, también europea: aplicación resuelta del pacto de asilo e inmigración (control de las fronteras exteriores y presencia reforzada de Frontex, solidaridad presupuestaria y humana con España, procedimientos rápidos, retornos efectivos, protección real de quienes tienen derecho al asilo); aseguramiento de la «frontera digital» frente a la amenaza algorítmica informativa; y adopción de una política común y exigente respecto a Marruecos, socio fundamental que también necesita a Europa.

Ceuta es clave. O bien Europa asume ser una potencia, protege sus fronteras y retoma el control de su política migratoria; o bien sufrirá, crisis tras crisis, las estrategias de los demás.

*** Manuel Valls es ex primer ministro de Francia.