- Como Perón, Sánchez ha polarizado la sociedad, captado a los trabajadores, anulado a los poderes, y ahora intenta cautivar con liderazgo carismático.
«¿Eran demócratas liberales? Ni por asomo. Seguían siendo lo que eran, personajes autoritarios que manifestaban un desprecio apenas disimulado por los opositores políticos y por los tibios y parsimoniosos procesos democráticos».
Pero «ya no se trataba de destruir la democracia desde fuera, como hacían los golpistas con sus tanques, sino desde dentro corroyendo las instituciones y vaciando la democracia de contenido».
Esta descripción, que se adapta como un guante a Pedro Sánchez, es la que hace Carlos Granés de los líderes sudamericanos que, tras la guerra mundial, estaban inventando el populismo, Juan Domingo Perón en Argentina, y Getúlio Vargas en Brasil.
A Perón lo que realmente le había atraído era el fascismo de Mussolini y su control totalitario de la sociedad. Pero el resultado de la guerra no dejaba otra alternativa: había que adoptar la liturgia de la democracia para gobernar no democráticamente.
Con ese fin, Perón edificó su populismo sobre cuatro pilares: polarizar la sociedad entre buenos argentinos y «vendepatrias»; captar a los trabajadores con prebendas y pastorearlos con los sindicatos; anular el Legislativo y el Judicial; y, con la democracia reducida a votar cada cuatro años, cautivar a la sociedad con un liderazgo carismático.
Las semejanzas con el sanchismo son evidentes:
-Ha polarizado la sociedad y ha pretendido que su facción representa «el lado correcto de la historia», dedicada a combatir contra el fascismo, los «rentistas», e incluso los «tecnoligarcas».
-Ha convertido a los sindicatos en proxy del partido socialista, y ahora se comportan con tal docilidad que organizan huelgas contra la oposición.
-Ha negado al Parlamento la aprobación de los Presupuestos Generales, y finalmente lo ha sustituido por la Diputación Permanente. E, incapaz de purgar al Supremo como hizo Perón en 1947, ha activado al ninja Conde-Pumpido para sabotearlo.
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Es decir, Pedro Sánchez ha construido ya los tres primeros pilares del populismo, y se le resiste el cuarto.
Pero este es muy importante, porque es el que establece vínculos directos con el pueblo, convierte al líder en su intérprete, y hace innecesarios los molestos requerimientos de la democracia.
A juzgar por el estribillo con el que el pueblo español recibe habitualmente a su aspirante a conducator, el empeño está lejos de triunfar.
En 1944, Juan Domingo Perón había visitado a las víctimas del terremoto de San Juan acompañado de las actrices Silvana Roth y Libertad Lamarque, que además era tanguista. Quedó asombrado con el hechizo que la popularidad ejercía sobre las masas.
Comprobó que, sin el menor esfuerzo por su parte, recibían el afecto y la devoción de la gente, y no es de extrañar que más tarde dijera «yo no quiero mandar sobre los hombres, sino sobre sus corazones«.
Sobre las cualidades que tiene que reunir un líder para ser aceptado se ha discutido mucho.
Se distingue, para empezar, entre el liderazgo autoritario (el que realmente les habría gustado a Pedro y a Perón) y el liderazgo carismático, que es el que consigue activar mecanismos de admiración, seguimiento, pertenencia grupal y apego.
Algunos dicen que el perfil más adecuado es similar al que buscan los niños en los padres: competencia, confianza, y cercanía afectiva. Por eso, muchos políticos (Stalin entre ellos) recurrió a esa imagen de la figura paterna. Y, por eso, en tiempos de elecciones los políticos se dedican a besar niños.
Perón, con la ayuda de Eva Duarte, triunfó: consiguió sustituir la política por un culebrón seguido ávidamente por un número suficiente de argentinos, que lo votaban para acceder a nuevas temporadas.
Pero Pedro Sánchez, que lleva toda su legislatura intentando sustituir la realidad por un relato, se ha atascado en este punto.
El pasado fin de semana, en mitad de un mitin, aferró a su mujer y le propinó un beso.
🇪🇸 | Óscar Puente critica a los que se burlan de Sánchez y Begoña por besuquearse como los Kirchner: «¡Viva el partido del amor!». https://t.co/AHAxhHZRSG
— Tribuna Digital7 (@TribunaLibreES) October 20, 2026
No quedó bien: sus dedos engarfiados, más que acariciarla, parecían agarrar la chuleta de brontosaurio de los Picapiedra. Y al separarse, me temo, se le escapó cierta cara de asco, como diciendo «mirad las cosas que me veo obligado a hacer».
Desde luego, Pedro es un mal actor (no hay más que ver la expresión de pena fingida que puso al decapitar a Montse Mínguez). Pero es que este papel lo sobrepasa por completo: es como pretender que Boris Karloff protagonice El paciente inglés.
Pero en política nadie se atreve a llevar la contraria al jefe, especialmente si está tan zumbado como Sánchez. Y todos los asistentes aplaudieron y bailaron, e incluso el soso de Carlos Cuerpo se movió un poquito.
«La fuerza del amor», tituló la sonrojante escena el community manager del PSOE, un título copiado literalmente del peronismo kirchnerista.
E incluso Óscar Puente hizo una pausa en sus insultos (acababa de llamar «rata» a un periodista) para explicar que la verdadera virtud del PSOE, lo que lo sitúa en el lado correcto de la historia, es su capacidad para amar.
Pero el culebrón no arranca, y quizás la democracia española sea salvada por un pelotón de espectadores exigentes.