- ¿Por qué no dan ejemplo el presidente, sus ministros y sus socios y dejan de ser rentistas y ceden sus múltiples viviendas al Sindicato de Inquilinos?
La farsa del socialismo, que es comunismo con menos prisas, se resume en la máxima de Zapatero: «Ser socialista es necesitar poco y estar dispuesto a dar mucho», vino a decir levitando, como si hubiera traducido los pergaminos del Mar Muerto y, a la vez, le hubiese poseído Gandhi.
Luego le pillaron con un joyero del tamaño de su hocico, guardado en una caja fuerte custodiada por su primo enchufado en una oficina pagada por el contribuyente en la que está la sede de una presunta organización criminal. Para no necesitar mucho, arramblaba con todo y repartía menos que Papá Noel en agosto.
Algo similar ocurre con la vivienda, que es de avariciosos rentistas, dignos de expropiación, en todos los casos menos en los propios: el mismo Zapatero acumula casas, segundas residencias y pisos para las niñas y su esposa, la ahora muda Sonsoles, pagó a tocateja un caro solar para edificar algo que no parece ser un comedor social.
Irene Montero, Félix Bolaños, María Jesús Montero, Miquel Iceta, Óscar Puente y una larga nómina de socialistas acumulan igualmente un notable patrimonio, muy por encima de lo habitual, según consta en sus declaraciones de bienes en el Congreso de los Diputados, con la mismísima ministra de Vivienda que no ha construido ni una muy arriba, sin embargo, a título personal: no ha logrado nada para los demás, pero la caridad siempre empieza por uno mismo.
Y así llegamos a Pedro Sánchez, del que constan más inmuebles en propiedad que trabajos conocidos fuera de la política, que ha sido su única ocupación estable, más allá del doctorado plagiado en una universidad privada donde mandaba el PSOE y en lo que no ha necesitado ejercer demasiado. Dos pisos y dos garajes tiene el presidente, a los que hay que sumar otros cuantos de la gran Begoña Gómez, heredera de la riqueza del padre proxeneta, para tener todos los datos y llegar a una conclusión.
Que es abrumadora: el mismo presidente que no ha construido ni una vivienda en ocho años, ha estrangulado el mercado de alquiler, ha defendido más a los okupas que a los propietarios y no ha sido capaz de frenar una apabullante subida de los precios vive y vivirá muy bien gracias a la especulación inmobiliaria deudora de su suegro, con la que ya ingresa notabilísimos pellizcos mensuales en concepto de alquiler: solo por uno de ellos, certificado por la UCO en su informe relativo a Begoña Gómez, la familia se embolsa 1.750 euros mensuales. ¿Lo multiplicamos por cuatro, seis o quizá ocho, presidente?
Lo malo de esta semblanza ladrillera del gobierno más inútil y sectario de la historia no es que sus miembros se refugien en la construcción como forma de ahorro, según la costumbre habitual de la clase media española, sino que hayan criminalizado a quienes hacen lo mismo que ellos, comprando el argumentario comunistoide de los más berzas de la clase.
En España ni los pisos turísticos ni los fondos buitre son relevantes, y nunca deberían serlo, y apenas suponen el 5 % del parque inmobiliario: el resto son pequeños propietarios, españoles currantes, gente que ha invertido ahí para dejárselo a los hijos y que ahora aparecen señalados como responsables de las evidentes carencias de millones de personas, como si sus propiedades fueran la razón de su infortunio y la expropiación el remedio.
Llamar «rentistas» a sus padres y a sus abuelos es una infamia, pero también una trampa: trasladar las obligaciones inherentes al Estado a quienes precisamente ya lo financian con sus impuestos es una bellaquería que ellos mismos suscriben. Porque si no lo hacen, ¿a qué esperan Pedro, Begoña, Bardem, Puente, Ana Belén, Montero y compañía para dar ejemplo cediendo alguna de sus posesiones o poniéndole un precio simbólico?