Espido Freire-El Español
  • Una de las mujeres más poderosas del país aparece tapada por una ciudadana, un pequeño eclipse provisional y cotidiano.

Al igual que la imagen de una pipa de Magritte no es una pipa, esta fotografía de Margarita Robles no muestra a la ministra Robles.

En realidad, se centra en una espalda. Una espalda ancha, cercana, que ocupa un buen porcentaje del primer plano. Un vestido estampado con líneas, colores y geometrías, una prenda sin rostro que muestra un cuello, el pelo negro recogido, unas gafas oscuras de perfil y una ligera inclinación del cuerpo hacia delante.

Frente a ella, Margarita Robles parece más pequeña de lo habitual, mucho menos imponente de como las imágenes muestran, por lo habitual, a una ministra.

Claro que en esta ocasión la ministra no mira desde un atril, no está detrás de una mesa, ni entra en un coche oficial, ni la rodean uno de los mil trucos que, imitados de los retratos palaciegos, exaltan a los gobernantes.

Una de las mujeres más poderosas del país aparece parcialmente tapada por una ciudadana, un pequeño eclipse provisional y cotidiano, rodeada por cámaras, teléfonos y brazos levantados. Apenas queda espacio para ella, arrinconada por el encuadre.

La mujer de espaldas que ha invadido tanto espacio no ha venido hasta aquí para nada. Luego nos dirán que se llama Pepi, veremos que estaba visiblemente conmovida, que suplicó, entre lágrimas, que el Estado no abandone su ciudad.

Pero ahora aún no sabemos nada de eso. A su alrededor la escena se ha paralizado de manera casi teatral. A la izquierda, un militar mira fuera de campo con expresión seria.

Detrás, varias personas alzan sus móviles.

Otro hombre sostiene una cámara. Un micrófono rojo entra por abajo.

Y el sol, que lo devora todo, se nota en las gafas, en las sombras, en las expresiones entrecerradas.

Todo parece demasiado iluminado, con esa luz dura de agosto que elimina matices y obliga a protegerse los ojos. Quizá por eso todos se parapetan detrás de algo, gafas, cámaras, teléfonos, objetivos, quizá por eso cada cual observa al otro a través de una superficie, como nos han dicho que debemos hacer cuando miremos directamente un eclipse.

La excepción es la mujer de espaldas, a la que ni siquiera podemos verle los ojos llorosos tras las lentes.

Esas lunas negras. Las utilizan los policías, las estrellas de la política, los guardaespaldas y, cuando el sol aprieta, el resto de la humanidad. Esa pequeña frontera portátil. Uno puede estar frente a otro ser humano y, si usa gafas de sol, conserva todavía una habitación cerrada en la que puede parapetarse, en la que refugiarse.

Aquí las dos mujeres poseen aún, para sí mismas, la capacidad de negarse la mirada.

Qué curioso: podemos distinguir perfectamente a la ministra y, sin embargo, ignoramos el rostro de la persona que ocupa media fotografía. Sabemos más del poder que de quien ha venido a pedir, quizás a implorarle algo. Una imagen política se construye exactamente al revés, con un personaje importante que ocupa el centro mientras los demás sirven de decorado.

Aquí los secundarios se han rebelado y opacan a la protagonista. Robles queda detrás, las cámaras quedan detrás, el Ejército queda detrás, hasta Ceuta, apenas presente en una mención en la pantalla, pero omnipresente en todo el plano, queda detrás.

Durante el instante en el que dura esta fotografía todo el aparato institucional debe conformarse con el hueco que deja una mujer que se inclina hacia otra.

El rótulo al pie insiste en que estamos viendo un enfrentamiento, pero los cuerpos femeninos cuentan otra cosa. La mujer se acerca. La ministra no retrocede. Entre ambas apenas queda aire, y no hay ninguna distancia.