Manuel Montero-El Correo

  • El optimismo se basa en la idea de que, pese a las diferencias, todos compartimos deseos de un futuro mejor. Una eventualidad negada para la política española

Estamos en un estado deplorable, pero eso no es novedad. Siempre hemos vivido en un estado deplorable, es decir, con la conciencia de sufrir una crisis grave profunda, irreversible y sin salida. Es nuestro estado de conciencia natural. En la memoria personal y colectiva aparecen momentos más o menos esplendorosos, pero es una visión a posteriori, un recuerdo que será objetivo pero que no se corresponde con la forma en que lo conocimos.

Por ejemplo, el crecimiento anterior a la crisis de 2008 se evocó luego como paradisíaco. Sin embargo, no lo vivimos así, no éramos entonces tan felices como se dijo después. Desde comienzos de siglo vivíamos en un cabreo permanente, bien porque había que defender la Constitución en peligro, bien porque la memoria histórica nos salvaría o condenaría. La crispación era ya el pan nuestro de cada día, a lo que habría que añadir el terrorismo, las angustias que generaba ya el cambio climático, el primer bum de la inmigración y la idea de que la autonomía tendría que cambiar sus bases o nos íbamos al garete.

Hemos vivido siempre con la conciencia de estar al borde del precipicio, en equilibrio inestable, en vísperas del colapso. Muchos aseguran hoy que la Transición fue un desastre, lleno de vicios y de trampas, pero incluso quienes lo consideramos un periodo notable de nuestras vidas y de la historia de España la recordamos así por sus resultados. En los que fueron momentos más brillantes de nuestra vida política abundó la angustia, se hablaba del desencanto, que sugería fracaso de la democracia, siempre con temores al golpismo.

Luego llegaron más angustias: por la desindustrialización, por el convencimiento de que la entrada en la OTAN nos metía en un mundo militarizado, porque se abría la capa de ozono, por los temores a la energía nuclear tras Chernóbil, por las guerras de los Balcanes… Y el terrorismo, siempre el terrorismo, que nos confirmaba la miseria de nuestro periodo histórico, con el convencimiento subliminal de que nunca acabaríamos con él, como ha confirmado su supervivencia en la etapa del posterrorismo.

Siempre hemos estado con la sensación de vivir en medio de una crisis que nos atenazaba. Incluso durante los años de prosperidad podían las imágenes de desastres y convulsiones inminentes (planes independentistas, amenazas yihadistas, migraciones descontroladas, contaminación galopante, agotamiento del petróleo…).

La diferencia actual es la mayor difusión pública de que esto se hunde por todos los lados, de que estamos en una quiebra terminal y la tenemos bien merecida, pues viene a ser culpa nuestra. Ojalá nos extingamos, esa es la idea de muchos documentales, tertulianos y discursos victimistas.

Nuestra opinión pública es pesimista incorregible: las noticias llegan cargadas de lecturas negativas y las redes sociales las hacen aún más escabrosas. La versión negra de las cosas tiene más audiencia, por lo que los tertulianos de las televisiones acostumbran a ponerse en lo peor.

De ahí se deriva una contradicción. Por lo común, la barra gubernamental alimenta los cuadros dramáticos, para sugerir que los males vienen de muy lejos y atacar así a las derechas, fachas y demás ralea. La polarización -deseada- exige difundir escenas tenebrosas. Pero, al mismo tiempo, el Gobierno quiere realzar su posición vertiendo baldes de optimismo. Nuestros gobernantes se presentan como los grandes adalides, como una poción mágica. Todo saldrá bien, gracias a ellos. Queda raro, pues tales sujetos dan una imagen pacata, de gente poco versada, solo duchos en despotricar. Cuesta imaginar que consigan sacarnos de esta.

El optimismo oportunista apenas hace mella en el pesimismo a raudales que coagula nuestra vida pública. En medio del discurso fatal predominante, suena a impostura y propaganda, igual que cuando el Gobierno promete aluviones de dinero tras un terremoto, volcán, incendios, inundaciones, descarrilamientos y demás desastres. El escepticismo es general.

Cuesta creer que el futuro será mejor que el presente, si lo tiene que traer esta pandilla para la que la política consiste en arremeter contra el contrario.

La política se concibe como un campo de batalla. Esto impide definitivamente ser optimistas, lo que requeriría colaboración y no enfrentamiento. Aquí la colaboración no existe o está mal vista. Solo se la nombra para reprochar al contrario que no la practique.

El optimismo suele basarse en la idea de que, pese a las diferencias, todos compartimos similares deseos de un futuro mejor. Pues bien: esa eventualidad está negada para la política española, pues su piedra cenital es negar la legitimidad del contrario y el objetivo es no compartir nada con él.

El futuro se concibe sectariamente, por lo que el optimismo está condenado al fracaso: el pesimismo triunfará siempre.