Rebeca Argudo-ABC
- Se habla más de si a Montero se le fluidificaba el portal del deleite en cuanto hablaba con Ábalos que de la posibilidad de que Sánchez fuera el número uno de una organización criminal
Para ver el Tribunal Constitucional convertido en un corral de comedias no nos había preparado nadie. A Koldo le recordaba su abogada que se jugaba años de prisión, Koldo pedía al fiscal que le dejase acabar de hablar, el fiscal se lo pedía a la abogada de la defensa, la abogada de la defensa hablaba de ornitorrincos procesales. Mientras Aldama declaraba, Koldo y Ábalos se reían como si en lugar de a su propio juicio por corrupción asistiesen a la representación de una jácara. En cualquier país donde no nos hubiesen anestesiado ya a fuerza de escándalos sería uno mayúscula la celebración de este juicio. Uno por el cual se habría visto forzado a dimitir el gobierno al completo, habría despertado una reacción implacable en la oposición, llenaría las portadas de todos los medios y la ciudadanía se mostraría indignada, rechazando tal atropello y exigiendo responsabilidades. Sin embargo, aquí nos lo tomamos a chufla. Estamos más pendientes del sainete de Vito Quiles, saliendo a gatas de un local mientras una amiga de la señora del presidente trata de impedirlo. Se habla más de si a María Jesús Montero se le fluidificaba el portal del deleite en cuanto hablaba con Ábalos que de la posibilidad de que Pedro Sánchez fuera el número uno de una organización criminal. El que más y el que menos es capaz de recitar los nombres de las prostitutas del exministro como si cantara la alineación de la selección nacional (yo puedo hacer lo primero, pero no lo segundo). Y el Gobierno bajo cuyo mandato se han producido estos hechos no dimite, la oposición continúa en alarmante estado de dejación de funciones, ciertos medios andan más preocupados por exculpar que por escrutar y la ciudadanía ni se inmuta. Así, convertido el proceso jurisdiccional en entremés, devenido el litigio en mojiganga para solaz y entretenimiento (con sus rufianes, sus busconas, sus pícaros y sus enredos), el juicio se desplaza: ya no es por corrupción a unos tunantes sino moral a una sociedad entera. Una que asiste impasible al descrédito de nuestras instituciones y el desmantelamiento del Estado de derecho, que se muestra tolerante ante el corrupto y el indigno, que exculpa al deshonesto y el maleante. Que pierde la fe en la Justicia. Y, quitada la justicia, nos decía san Agustín de Hipona, «¿Qué son los reinos sino grandes latrocinios?». Y pareciere que esta tropa, además de a la relación sexoafectiva estipendiada y las mordidas, fuese aficionada a sus textos. Que hubiesen entendido aquello de que la única diferencia entre un pirata y un emperador estriba en que el mar sea asaltado con pequeñas barcas en lugar de una gran flota, que los latrocinios no son otra cosa que pequeños reinos. Y si un latrocinio es un pequeño reino, debieron pensar, un reino puede ser un gran latrocinio. Y, un pirata, emperador.