FERNANDO VALLESPÍN-EL PAÍS

  • Como decía Chejov, “el amor, la amistad y el respeto no une tanto a la gente como el odio común”. Y este último ingrediente, el odio, no las discrepancias, se ha convertido en el impulso principal que guía casi todos los movimientos políticos de nuestro país

Tarde o temprano tenía que pasar, que nos enfrentáramos a una sesión parlamentaria en la que todas las contradicciones de nuestra política aparecieran en clave de farsa o esperpento; a ese momento en el que en pocas horas se concentran todas las ignominias de la política de vuelo raso y perfil chato e innoble. No le faltó ninguno de los ingredientes del envilecimiento en el que hemos caído, desde diputados traidores a su partido ―y cobardes, ni se atrevieron siquiera a desvelar sus intenciones―, hasta el sectarismo de determinados grupos, los supuestos aliados parlamentarios del Gobierno, que lo dejaron tirado en el momento decisivo de la legislatura. Aunque luego condescendieran afirmando que quieren seguir siendo sus amigos ―todavía es mucho lo que pueden sacar de su situación de debilidad―. Y si así se portan los amigos, ¿qué no harán sus enemigos? Por lo pronto, meter la pata. Casado ha desaprovechado la segunda gran oportunidad ―la primera fue la pandemia― para dar la imagen de que le importa el destino de España, no sus aspiraciones de poder. Y la chapuza del error en el voto, el momento grouchiano, fue ya el broche de oro de una tarde/noche que no merecían los votantes de ninguno de los partidos. Porque aquí, con independencia del resultado, hemos perdido todos.

Había algo muy potente simbólicamente en la forma en la que se negoció la reforma laboral, la aspiración a que fuera por consenso de las partes. Y se consiguió. Eso debió de ser lo que alarmó a quienes han hecho del disenso metodológico su única brújula de acción política. Por la manera en la que desde uno y otro lado del bibloquismo se reaccionó a este acontecimiento casi inédito en los últimos lustros ―la posibilidad de acuerdos transversales― quedó claro que al final los contenidos del pacto eran secundarios. Lo que importaba es no aparecer votando lo mismo que el enemigo, el otro demonizado. Como si ERC, por ejemplo, perdiera su identidad al coincidir en algo con Ciudadanos. Y estos últimos dejaron bien claro que daban su apoyo por el rechazo previo de “los independentistas” al proyecto. Como decía Chejov, “el amor, la amistad y el respeto no une tanto a la gente como el odio común”. Y este último ingrediente, el odio, no las discrepancias, se ha convertido en el impulso principal que guía casi todos los movimientos políticos de nuestro país. Nuestro Parlamento ha devenido en un híbrido entre Weimar y el Congreso estadounidense.

El error de Yolanda Díaz quizá fuera presentar la reforma como “proyecto de país”, algo que aquí no se tolera. Cada cual tiene el suyo en oposición al del otro, y vale en la medida en que presupone la derrota del de enfrente. Por eso mismo había que cortarle las alas. Es un personaje que sobra para quienes solo admiten una política agonística. Otros en el Gobierno verán en ella el fusible que había que quemar para conseguir su medida estrella. Tengo para mí, sin embargo, que es la mejor garantía para que un sector a la izquierda del PSOE permanezca inmune al síndrome de Portugal. Y además ha resultado ser una gran parlamentaria. Por todo ello, ahora se compite desde uno y otro lado por señalar la frustración de su proyecto personal, como si estuviéramos sobrados de “pactistas”, de políticos que no temen la transversalidad. Lo que sí es cierto es que la legislatura ha entrado ya en otra dinámica: en una acentuación de la esquizofrenia en el interior del Gobierno de coalición y de mayor tensión con sus aliados. Su ruptura formal no se escenificará empero hasta que estemos en la antesala de las próximas elecciones.