FERNANDO VALLESPÍN-EL PAÍS

  • Si todo el orden geopolítico se está reorganizando en torno a la querella entre democracias y autocracias, cualquier debilitamiento de aquellas suma a favor de estas

Siempre es difícil dar cuenta del momento presente. Más aún cuando nos embarga la incertidumbre y problemas de diferente naturaleza parecen sincronizarse para estallarnos de repente en la cara. Para describir este tipo de situaciones, solíamos recurrir a la manida expresión de “tormenta perfecta”; ahora ha empezado a cotizar al alza la aplicación del término policrisis. Aunque ya existía, lo comenzó a utilizar Adam Tooze para referirse a ese fatal encadenamiento de fenómenos derivados de la acumulación de situaciones críticas: los múltiples efectos de la covid, la guerra de Ucrania, inflación, crisis energética, climática, demográfica, migratoria… Todo al mismo tiempo y casi de golpe. Se le olvidó añadir el momento iliberal que viven las democracias, que, entre otras cosas, está afectando de forma directa a nuestra capacidad para responder con eficacia a estos nuevos desafíos simultáneos. Quédense con esta idea: una policrisis existe cuando el impacto conjunto de diferentes crisis supera a la suma de sus partes, cuando de ellas deriva algo cualitativamente distinto, cuando afecta a la capacidad global para reorganizar el mundo.

En esas estábamos cuando estalló con total virulencia el conflicto palestino-israelí. Por el momento, y mientras dure, me temo que acaparará toda la atención mundial. Si ya veníamos arrastrando un estado de ánimo apocalíptico, este nuevo recordatorio de la fragilidad de los supuestos progresos humanos no puede sino sumirnos en la desesperación. Entre otras razones, porque todos intuimos que no tendrá una solución “limpia”. Los bárbaros atentados de Hamas fueron diseñados de tal manera que la reacción israelí no podrá realizarse sin producir importantísimos daños colaterales. Hamas sabía, y esto es lo espeluznante, que su victoria a largo plazo depende del sacrificio de un importante sector de la población a la que supuestamente dice defender y a la que ha tomado como rehén. Con esto, ya lo estamos viendo, nos ha embarrado en la disputa moral, ha tocado la fibra más sensible de nuestra identidad democrática, la defensa de los derechos humanos. Su objetivo directo es aislar a Israel movilizando en su contra al mundo árabe y frustrando los Acuerdos de Abraham. De forma implícita, se traslada también al propio mundo democrático occidental al tratar de poner en cuestión su presunta superioridad moral y propagar la simiente de sus divisiones internas.

Y esto nos retrotrae a la policrisis. Si todo el orden geopolítico se está reorganizando en torno a la querella entre democracias y autocracias, cualquier debilitamiento de aquellas suma a favor de estas. De ahí la preocupación de los líderes occidentales por priorizar la cuestión humanitaria sin renunciar a reconocer a la vez el derecho de Israel a la autodefensa. No solo para mantener su ya debilitada cohesión interna, sino para evitar también la merma internacional de su legitimidad. Lo que se juega en Gaza es algo más que un conflicto regional; puede tener repercusiones aún inaprensibles. Mientras tanto, y esto ya pertenece al anecdotario basura de nuestros días, Orbán se hace fotografiar junto a Putin en Moscú. En efecto, todavía estamos a tiempo de que todo vaya a peor. Vayan pensando en un nuevo palabro para describirlo.