Ignacio Camacho-ABC

  • La actividad gubernamental es un simulacro, mera apariencia. La agenda del sanchismo se reduce a un concurso de ideas

Ante la evidencia patente de que no puede legislar, Sánchez ha decidido simular que gobierna. La orden enviada a los ministros desde el Gabinete de Moncloa reclama planes que no tengan que pasar por el Parlamento para ofrecer la apariencia de actividad, eficacia y viveza. Política de papel, o de pantalla, una ficción de energía institucional a falta de mayoría aritmética: debates sobre la situación internacional, un modelo de fiscalidad autonómica, quiméricas escenificaciones de construcción de viviendas. Y lo que queda; sin posibilidad real de tomar decisiones de efecto práctico, la agenda oficial se reduce a una especie de concurso de ideas que ocupen tiempo y espacio en los telediarios, en Twitter o en la prensa.

Pedro ha vuelto al origen, a la etapa posterior a la moción de censura, cuando su único respaldo estable eran unos escuálidos 85 diputados. La época de gestos como el del barco Aquarius, que no mucho después acabaría en expulsiones en caliente de inmigrantes que llegaban a Ceuta a nado. Aquel «Gobierno bonito», con un astronauta incorporado e Iván Redondo al mando del aparato de propaganda, era por entero un ‘spot’ publicitario. Sólo que entonces la estrategia podía funcionar como novedad, como metáfora viviente de un cambio. Ahora es más bien el síntoma de una agonía, el retrato de una resistencia artificial, la respiración asistida que mantiene con pulso latente un ciclo agotado.

Lo llamativo del caso es que la oposición acostumbra a morder el cebo. Corre tras las liebres falsas que suelta el Ejecutivo como en las carreras de perros y discute con pasión de asuntos que sus promotores son incapaces de tomar en serio. Es sorprendente la facilidad con que la derecha, en lugar de definir su propio proyecto, pica una y otra vez en todos los señuelos que le muestra un Ejecutivo incapaz de aprobar un Presupuesto, vapuleado en las elecciones parciales y descalabrado en los sondeos. La conversación pública nacional gira así en torno a esfuerzos superfluos o polémicas sin sentido abiertas con el único objetivo de provocar desencuentros y sumir a los votantes en una atmósfera pesimista de hartazgo y tedio.

Este marasmo tiene, sin embargo, una faceta positiva: un poder bloqueado apenas puede agredir a la ciudadanía. Como en los períodos en funciones de transición entre legislaturas, la sociedad se mueve a su aire, libre en buena medida de la coerción política. Y respira. Sin ayuda pero sin zancadillas a su iniciativa. La buena noticia es que un país sobrelegislado y sobrerregulado no necesita más interferencias ideológicas ni más disputas banderizas; le basta con que lo dejen en paz y respeten su autonomía para buscarse la vida. Esto es lo que no ha comprendido aún la España antisanchista: que la espera del relevo se hace más llevadera con una gobernanza vegetativa dedicada a representar una responsabilidad ficticia.