Iñaki Ezkerra-El Correo

  • No se entendía que simularan ser ciudadanos del mundo los fanáticos del terruño

Durante toda la etapa democrática, aunque el mal venía de antes, la política española ha jugado a la más desconcertante ilegibilidad. La izquierda ha hecho como que era nacionalista y el nacionalismo ha hecho como que era de izquierdas para que no entendiéramos nada. El desmontaje de ese simulacro es la gran novedad de nuestros días. De pronto, el secesionismo catalán se ha mostrado tal cual es: derechista, racista y más reaccionario que Vox. Se ha quitado la careta de la corrección política que le permitía meterse, junto a ERC, en el filibustero saco progresista y solidario. El fenómeno se lo debemos a la irrupción de Aliança Catalana, una formación que muestra sin disimulo su programa ultranacionalista y de extrema derecha, etnicista, xenófobo, islamófobo, antiokupa y forofo del orden capitalista, pero también de un autoproteccionismo económico que hoy encuentra su inevitable referencia en Donald Trump.

Sin duda, ha sido la Aliança Catalana la que ha empujado a Junts al paripé antisanchista de cara a la galería así como al discurso contra el llamado escudo social y la inmigración. No es que uno celebre ese viraje del catalanismo hacia la derecha pura y dura. Lo que celebra es que, gracias a esa sinceridad tardía, una parte de nuestro guiñol político comienza a hacerse inteligible. Lo que uno no entendía es que el nacionalismo más recalcitrante jugara al buenismo interracial y a la carta antisistema. Como si no soñara con un Estado propio o como si su independentismo no proviniera del supremacismo más insolidario y del visceralismo más ultraconservador. Como si no tuviera muebles que salvar. Lo que uno no entendía, en definitiva, es que se las dieran de ciudadanos del mundo los fanáticos del terruño, de la linde y el mojón carpetovetónicos.

Sí. Se acabaron los ‘nacionalistas internacionalistas’ y los ‘racistas sin fronteras’. El secesionismo catalán ha mutado de pronto, e inesperadamente, hacia la coherencia ideológica y la sinceridad verbal abriendo una interesante brecha doctrinal en el bloque prosanchista y rompiendo la baraja de sus contradicciones. Una brecha que lo distancia de un Podemos que no tiene más remedio que acusarlo de racista con la boca pequeña de Belarra y de un PNV que aún anda anclado en esas imposturas populistas. Y es que la guerra electoral del PNV no es contra una ‘Aliança Catalana a la vasca’, que todavía no ha surgido, sino contra un Bildu que está mutando en la dirección contraria, que es la de la podemización: la del ecologismo, el animalismo y demás causas angélicas, incluido el abrazo al ‘migrante’. En esa pugna, el partido de Arana sigue apostando por la ilegibilidad: borra las pistas sabinianas con un presidente de raíces sorianas y un lehendakari de origen burgalés.