JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA-EL MUNDO

ESTE PAÍS celebró elecciones generales el 28 de abril. Y desde entonces hablamos obsesivamente de política pero apenas de políticas. Lo primero, la política, es un arte: consiste en sumar personas, generar lealtades, buscar los apoyos y construir coaliciones. En eso, el político se parece al empresario que cree tener una fórmula de éxito y busca capital y socios para convertir su visión en una realidad. Este tipo de hacer política requiere más habilidad que cualificaciones formales; de lo contrario un obrero metalúrgico como Lech Walesa no hubiera podido convertir el sindicato de un astillero naval polaco en un ariete con el que derribar una dictadura comunista sostenida por los tanques de la URSS.

Las políticas, por el contrario, son técnica, esto es, experimentación, ensayo y error basado en la evidencia empírica. Los políticos y los ciudadanos desean muchas cosas: pero muchas de ellas no son técnicamente posibles, no se pueden financiar o arriesgan lograr consecuencias inversas a las buscadas. Podemos desgañitarnos gritando contra el cambio climático, lamentando las carencias del sistema educativo, maldiciendo la desigualdad o quejándonos del retraso de España en innovación, por citar cuatro problemas centrales, pero ninguno de ellos se va a resolver aplicando recetas simples y menos operando sobre esquemas ideológicos preconcebidos. La experiencia demuestra que los que así lo hacen no solo no logran resolver esos problemas, sino que a menudo los empeoran.

La mayoría de los problemas que tenemos requieren estrategias a largo plazo que van más allá de una legislatura de cuatro años. Los países que triunfan lo hacen porque miran a diez, veinte o incluso treinta años. Esa fue también nuestra experiencia con el Plan de Estabilización de 1959 o los Pactos de la Moncloa de 1977. En estos últimos, la política y los políticos se pusieron al servicio de las políticas, cosa que echamos enormemente de menos ahora, cuando el atasco político opaca la discusión, inaplazable, sobre las políticas con las que debemos cambiar este país. Formar gobierno es esencial, pero las fuerzas políticas tienden a convertirlo en un fin en sí mismo, olvidando que es solo un medio para desarrollar políticas que resuelvan problemas. Es muy probable que Sánchez gane la investidura y que el PSOE pueda gobernar solo. Pero sus 123 diputados no sirven para reformar este país. Como tampoco lo podrá hacer la coalición que seguramente le llevará a La Moncloa. Después de la investidura, tocará ensanchar, profundizar y mirar hacia delante.