Mayte Alcaraz-El Debate
  • Salvador Illa le habría advertido de lo necesario que es tener un simón para acarrear todas las fullerías necesarias para engañar al personal. Donde pongan a Simón que quiten a diez ingenieros Barrón. Hemos llegado a tal grado de sectarismo, que una persona con criterio propio es en España un auténtico héroe

Ha tenido la osadía Ignacio Barrón de Angoiti, presidente de la Comisión que investiga el accidente ferroviario de Adamuz, de decir la mismísima verdad. De no mentir. De verbalizar sus dudas ante las trolas oficiales sobre la tragedia de Córdoba. De preguntarse públicamente por qué el ministro Óscar Puente dijo que se había hecho una renovación integral de la red Madrid-Andalucía y no era cierto. Mala suerte para Moncloa. Podía haberse encontrado otro títere para manejarlo a su antojo, pero no ha tenido esa fortuna. La fortuna ha caído esta vez del lado de los españoles; Barrón no es el doctor Simón, el cortafuegos definitivamente ineficaz que nombró Salvador Illa cuando era ministro de Sanidad para disimular su incompetencia en la primera fase de la pandemia. Fue un leal servidor de Pedro y los suyos: hizo justo lo que esperaban de él aquellos que le designaron. Lo primero que nos dijo, cuando el virus ya avanzaba, es que «el riesgo en España es relativamente bajo, no hay ninguna razón para alarmarse». Y de ahí fue cuesta abajo y sin frenos. Un auténtico visionario, que perdió su reputación en manos de unos políticos inmorales y que se convirtió en cómplice de la peor gestión contra la Covid-19 de toda Europa.

Hoy, la cosa es bien distinta. A quién se le ocurre –dicen ahora en el Ministerio de Transportes– tener la osadía de llevar la contraria a los jefes. Solo se le ocurre a un señor independiente, como Barrón, que no le debe nada al Gobierno, que no llena la nevera a cambio de hacerle la pelota a Sánchez y que no quiere entrar por méritos propios en el equipo de opinión sincronizada sanchista, donde ya están a codazos. Qué atrevimiento el suyo. Por eso está muy enfadado Puente con él. No está acostumbrado nuestro nuevo ministro de las sonrisas a la honestidad intelectual y moral. Resulta que este ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, que ha dedicado toda su vida laboral al ferrocarril, sector al que sigue ligado después de jubilarse hace cinco años, quiere saber qué pasó para que 45 personas murieran en las vías y un centenar quedaran heridas, en un accidente al que faltan explicaciones técnicas y políticas. Y lo quiere conocer sin importarle a quién perjudiquen sus pesquisas. Toda una revolución para este Gobierno.

Barrón dijo en una entrevista que le hicieron sus compañeros ingenieros algo que cualquier ciudadano con sentido común puede pensar: si el ministro había asegurado que la línea había sido objeto de una remodelación integral en el último año –ayer lo corroboró en su intervención en el Senado–, por qué ahora se ha conocido en el análisis preliminar que no lo había sido en todos sus elementos. Por eso, la comisión ha solicitado a Adif información detallada sobre qué se renovó exactamente, en qué tramos y por qué se optó por intervenir en unos puntos y no en otros. Lógico.

A Puente le molesta que el presidente de la comisión haga manifestaciones públicas, todas ellas de carácter técnico, por cierto. No políticas. Si, como desveló Barrón, desde Transportes le habían dado garantías explícitas de plena independencia –la comisión que dirige la nombra el Ministerio–, parece que ese rapto de transparencia le ha durado poco tiempo a este ministro, cada vez más cuestionado por la negligente falta de mantenimiento de la red de trenes en España. Ya se ha hecho añicos la careta del responsable de Fomento, devenido en un institucional ministro tras el siniestro. Vuelve la burra al trigo. Eran muchos los que esperaban que no tardara en sacar su auténtico talante, del que ha dado buenas muestras desde que fue nombrado por Sánchez hace dos años.

Ya lo tenemos aquí. Ha empezado por los ataques a un profesional independiente y terminará insultando al más pintado. Es solo cuestión de tiempo y de que los datos vayan acorralándole y señalando su clamorosa incompetencia en las infraestructuras españolas, con resultado de 45 muertos. Debió haberle pedido consejo a Salvador Illa. Él le habría advertido de lo necesario que es tener un simón para acarrear todas las fullerías necesarias para engañar al personal. Donde pongan a Simón que quiten a diez ingenieros Barrón. Hemos llegado a tal grado de sectarismo, que una persona con criterio propio es en España un auténtico héroe.