ARCADI ESPADA-EL MUNDO

Mi liberada:

Nunca, nada, nadie deben olvidar dentro del artículo 68 apartado 1 del Estatuto de Andalucía esta frase final: «Corresponde asimismo a la Comunidad Autónoma de Andalucía la competencia exclusiva en materia de conocimiento, conservación, investigación, formación, promoción y difusión del flamenco como elemento singular del patrimonio cultural andaluz». Fue aprobado, como el resto del texto, por una mayoría ridícula: en aquel referéndum se abstuvo un ruborizado 63,7% de ciudadanos. Todo el artículo es símbolo perfecto de la destrucción del sentido que implantó el zapaterismo. Aunque el periodista Javier Caraballo se preguntaba hace tiempo en El Confidencial por su burrada más específica: qué querría decir con que Andalucía se reservara la competencia exclusiva en materia de conocimiento flamenco. A mi entender solo una cosa: que Andalucía, o mejor la Andazulía ferlosiana, se reserva en exclusiva el ejercicio del cabalismo. Es decir, enfrentados en la peña dos cabales por dónde empieza La Roezna y dónde acaba La Gilica, en la grabación que don Antonio Mairena hizo de una soleá con esa genealogía («Los pajaritos y yo/nos levantamos a un tiempo…»), y amenazando la cosa con llegar a mayores por la incertidumbre y el vino, se persona la Junta al alba y sentencia que los pajaritos son de La Gilica y el tiempo de La Roezna; y el yo es el de don Antonio, neoclásico restaurador. En materia de conocimiento, y especialmente a partir de la llegada de Susana Díaz (mis niños, mis niños, tú no me los abandones), la Junta tiene la exclusiva.

Sin embargo, y como en tantas otras cosas, el zapaterismo fue eximia vanguardia de lo peor. ¿Quién no podría otorgar a este artículo del Estatuto andaluz su carácter pionero contra la llamada apropiación cultural? Este concepto, de poca solidez, tiene según el Diccionario Oxford connotaciones de «explotación y dominio» y supone «la apropiación por parte de un grupo cultural de formas, temas o prácticas culturales propias de otro grupo». Últimamente ha tenido eco en España a propósito de los éxitos de la cantante Rosalía, una paya catalana pop y flamenquísima, a la que parte de la gitanería acusa graciosamente –y cito ahora a Lorena G. Maldonado en El Español– «de usar nuestros símbolos como pestañas postizas». Los antecedentes de la apropiación cultural están vinculados a lo que en el teatro da en llamarse el característico: un personaje marginal en las tramas, fuera un andaluz seseante o un pastoso avaro catalán, cuya presencia solo cobra sentido por sus características idiosincrásicas. Lo que no se acaba de entender es que en vez de atacar a la linda niña Rosalía, la gitanería no se meta con las pestañas de Susana Díaz. Con buenos argumentos podrían sostener que el flamenco no es andaluz sino gitano. Y si no eso, que es discutible, lo indiscutible: que el mejor flamenco lo han hecho los gitanos. ¿Competencia exclusiva? Hombre, hombre. ¡Si los gitanos, como escribió Prosper Mérimée en su Viajes a España, cantaban flamenco hasta en catalán! El flamenco es un ejemplo portentoso de los beneficios de la apropiación. Hay que apropiarse. A fondo. El rajo de la gitanería y los melismas del folklore andaluz, bien apropiados, han dado lugar a una música incurable.

Ahora hay que extender la apropiación –la fusión, dicho noblemente– de la cultura a la política. Las elecciones andaluzas habrían sido una ocasión excelente. La dirección de Ciudadanos examinó solo en broma la posibilidad de que Inés Arrimadas fuese cabeza de lista andaluza del partido. Una timidez comprensible, pero una verdadera lástima. Saltan a la vista los espectaculares inconvenientes derivados. Pero no por ocultas, es decir por profundas, las ventajas dejan de ser apreciables. Ciudadanos está a punto de formalizar en Barcelona una apropiación insólita, ejemplar. El político catalán más importante de la Historia, Manuel Valls, que llegó a primer ministro de Francia, se presentará con Cs –sí, ya sabemos que según Valls es al revés y que Cs se presenta en su lista: el imprescindible punto de arrogancia parisién– para tratar de ser el próximo alcalde de Barcelona. La iniciativa es de una potencia política sin precedentes. Pero no debería ser una iniciativa aislada. Hoy la política española tiene dos polos principales de degeneración: Andalucía y Cataluña. Solo por su experiencia en degeneraciones, Arrimadas habría sido una excelente candidata andaluza. En Andalucía la política autoriza que Susana Díaz pueda decir en su discurso de inicio de campaña: «Tenemos que ganar por Andalucía, por nuestros niños, que es lo que más queremos en el mundo y no queremos que nadie se meta con ellos». El gran asunto político de nuestro tiempo es cómo no tratar de subnormal a la gente. [Estoy encantado de que esta palabra esté al fin liberada. Como una inagotable cadena de eufemismos ha logrado erradicar, ¡qué eficaz medicamento!, la subnormalidad, uno puede entregarse a la metáfora sin riesgo de cárcel].

Las palabras de la candidata Díaz, que son respuesta diferida a los datos que dio la ex ministra Tejerina sobre el fracaso escolar en Andalucía, y que van a ser el eje retórico de su grave campaña nacionalista, son un insulto real. Las razones de que tan alta proporción de andaluces acepten que Susana Díaz los insulte son misteriosas. Como las de los americanos que votan a Trump. O las de los catalanes que votan al independentismo. La política subnormal tiene éxito. Y debe tratarse como lo que es: una enfermedad social peligrosa, cruel y difícil, que requiere terapias sofisticadas y adaptadas a las circunstancias moleculares de cada caso. España, por ejemplo, tiene un problema nuclear con la política de proximidad. Los productos de proximidad son buenos para las merluzas. Es lógico que algunos restaurantes practiquen esa política porque, si no el talento, la frescura de la materia prima está garantizada en los platos. Pero la proximidad no garantiza la calidad. Todo lo contrario: lo mejor casi siempre cae lejos. No hay ciencia ni arte ni deporte de proximidad. Alguien en España debería aplicar esa obviedad a la política. Cuarenta años de nacionalismos hacen urgente acabar con la política terruña. Hay que practicar el cunerismo. El paracaidismo. Cualquier forma de invasión. Y hay que presumir de ello ostentosamente. Allá se macere ese equipo llamado Athletic Club, que debió de ganar su última liga cuando jugaba Sabino Arana. Y que aun en sus entrañables racismos toma precauciones: no en vano deja al entrenador al margen de su política de proximidad, seguramente por necesidades intelectuales. La política de proximidad forma un todo coherente con los planes de la ministra Celaá para fomentar la autoestima, pero sobre todo la justicia social: qué razón habría para que, llegada ella a ministra, fuera el Bachillerato una aduana. O con la desaparición de los goles en el fútbol, esa demostración de que, al fin y al cabo, ese Athletic llevaba razón. Hay política de proximidad, en fin, porque el tanteador ha dejado de importar en la vida y no cuenta lo mejor sino lo nuestro. Lo nuestro no ofende: es incomprensible que Susana Díaz haya renunciado a un eslogan electoral tan contundente.

La respuesta es la apropiación. Incluyendo la apropiación política. ¡Viva la niña Rosalía! El rechazo combinado de los catalanufos y la gitanería es el camino más corto para llegar a Tim Cook y los Grammy: Rosalía demuestra que es de todos solo por ser de nadie. Apropiémonos todos, es la lucha final. Al fin y al cabo, como dice mi lector David Cervera, que voten los obreros fue un flagrante caso de apropiación cultural.

Y sigue ciega, tu camino

A.