FERNANDO VALLESPÍN-EL PAÍS

  • El poder es incompatible con cualquier muestra de debilidad o decaimiento. En cuanto les tiemblan las piernas se convierten en presa fácil de sus competidores e incluso de sus compañeros

Es extraño, sí, porque los políticos tienen muchas cosas en común con los deportistas de élite. Como ellos, llevan casi toda su vida preparándose para la competición —electoral, en este caso—, y deben estar siempre atentos a sus marcas —aquí los datos de encuestas—. Y aunque sus olimpiadas suelen ser las elecciones generales, donde se juegan todo, no tienen un momento de respiro, el enfrentamiento con otros es constante. Para aquellos en el poder, la cosa es todavía peor, no paran de tomar decisiones difíciles. ¿Por qué, que sepamos, nunca les entra una pájara, jamás aparentan sentir el vértigo de la responsabilidad? Podrán rendir más o menos, de eso somos bien conscientes, pero derrumbarse, decir “hasta aquí he llegado”, no lo hemos oído nunca.

Todos sabemos que es una de las más duras actividades humanas, casi insoportable: siempre ante la mirada pública, no cabe esconderse, escaquearse, refugiarse detrás de algún hombre de paja. Siempre dando la cara y, lo que es peor, teniendo que ocultar que están enfermos, que también son débiles y vulnerables. Aunque aquí es donde seguramente se encuentra la explicación del misterio: el poder es incompatible con cualquier muestra de debilidad o decaimiento. En eso también se parecen a los deportistas. En cuanto les tiemblan las piernas se convierten en presa fácil de sus competidores e incluso de los compañeros de su mismo equipo. Insisto, creo que solo el ciclismo de las grandes rondas tiene una dureza similar. Quizá por eso mismo disfrutaba tanto Rajoy contemplando las etapas del Tour, porque se proyectaba sobre sus esforzados protagonistas.

Y hay otra razón que no es menor: tienen su propia cultura terapéutica, sus propias estrategias de coaching psicológico. A diferencia de los deportistas, sus marcas no son objetivables, ni siquiera en estos momentos en los que todo, también la política, tiende a contemplarse a partir de datos estadísticos cuantificables. Siempre, hagan lo que hagan, les rodea un grupo de hooligans que les ríe todas las gracias, que casi bajo cualquier circunstancia está dispuesto a apoyar al líder, a afirmarles en la idea de que las críticas son injustas, que son los más grandes. Adaptan la realidad a la medida de su gloria. Todas sus acciones se racionalizan en positivo, por eso se quedan tan perplejos cuando pierden el puesto, ya sea por decisión ciudadana en las elecciones o por designio del jefe. Aquí es cuando se derrumban, cuando se gripan, cuando caen en la depresión.

Como pueden ver, la clave está en el poder, en poseerlo o aspirar a él. Este es el manto protector, su bálsamo de Fierabrás. Mientras lo tengan no hay derrumbe posible. Pero, ojo, podrán no caer en el síndrome de Biles, pero sí pueden hacerlo en otro aún más patológico, el síndrome de hybris, de desmesura o soberbia. Fue teorizado por un psiquiatra británico que también ejerció de político, David Owen. Lo asociaba a la tendencia de algunos políticos a intoxicarse con el poder, a autoglorificarse, a caer en el trastorno de personalidad narcisista, que en muchos casos les conduce a una euforia descontrolada y a confiar en exceso en sus propios atributos. Entre los nuestros, pueden pensar en muchos que lo padecen. Owen mismo señalaba a Aznar; o sea, que no tiene cura. Aunque se pierda el poder.