Lawrence Freedman-ABC
- Ucrania no es la única razón por la que es importante mantener la OTAN, incluso con una contribución estadounidense reducida
Durante la ofensiva del presidente Trump para adquirir Groenlandia, este habló de su disposición a tomar el territorio por la fuerza o utilizar aranceles para presionar a los países europeos a que se lo entregaran. Los líderes europeos se opusieron. Tras un año de recurrir a halagos y soluciones alternativas para lidiar con un presidente cuya personalidad les resulta tan disruptiva y desconcertante como sus políticas, se volvieron más directos y explícitos. Las cuestiones de seguridad alegadas por Trump sobre la importancia de Groenlandia podían abordarse por las vías normales, pero no así la apropiación de tierras. Tras la oportuna intervención del secretario general aliado, Mark Rutte, y con un ojo puesto en los mercados, Trump dio marcha atrás. Sin embargo, el episodio dejó a los aliados conmocionados.
Muchos sostienen que, en estas circunstancias, no queda más remedio que aceptar que la Alianza ha llegado a su fin. Ha habido muchas crisis que han afectado a la OTAN en el pasado, pero esta parece diferente. Los aliados de Estados Unidos siempre han estado preocupados por dos posibles escenarios: el abandono o la captura. En el caso del abandono, EE.UU. a Europa a su suerte y la animaría a valerse por sí misma, dejándola vulnerable frente a la URSS y, ahora, Rusia. En el caso de la captura, Washington tendría su compromiso total con la seguridad europea, pero a cambio esperaría que los aliados apoyaran las aventuras estadounidenses en política exterior, incluso si estas suponían el riesgo de una guerra más amplia.
Con Trump, estas dos preocupaciones son evidentes, pero se han añadido tres más. La primera, planteada por Groenlandia, pero también por la propuesta de convertir Canadá en el estado 51, es que el presidente habla de agresión directa contra aliados. La segunda, menos comentada pero igualmente presente, es que las políticas internas de la Administración son tan antidemocráticas que descalifican a EE.UU. para presentarse como «el líder del mundo libre». En tercer lugar, esta preocupación se ve agravada por los esfuerzos que están realizando altos cargos de la Administración para convertir las relaciones de alianza en una rama de las guerras culturales, afirmando, por ejemplo, que las políticas de inmigración están diluyendo la fuerza de las naciones europeas.
Para los gobiernos europeos, la cuestión va más allá de cómo responder mejor a la injerencia en sus asuntos internos o a las exigencias escandalosas. Los lazos que mantienen unida la OTAN parecen frágiles. Se trata de una alianza que les ha servido bien, proporcionándoles la base para su prosperidad y su seguridad durante casi 80 años. Son reacios a dejarla ir pero ya no puede continuar como antes. Y no solo por culpa de Trump. Los presidentes anteriores también se han quejado del desequilibrio de la relación.
La cuestión puede llegar a ser aún más urgente. Trump no solo ha perturbado las alianzas internacionales de EE.UU. (tanto en el Indo-Pacífico como en Europa), sino también la economía mundial. Hasta ahora, los mercados se han mantenido relativamente tranquilos. No haría falta mucho para que la calma se convirtiera en una tormenta, ya sea por el estallido de la burbuja de la IA o por problemas de liquidez de los bancos, las aseguradoras y las entidades hipotecarias. Aunque los países se estén distanciando, sus economías siguen estando interconectadas.
El punto de partida para una nueva gran estrategia se acordó hace tiempo. Los europeos deben asumir una mayor responsabilidad por su propia seguridad, lo que requiere un mayor gasto en las fuerzas armadas. Esta es ahora una opinión consensuada, pero, aunque el gasto en defensa está aumentando, aún no es suficiente. Es otra razón para temer una crisis financiera. Las cantidades necesarias son importantes pero no excesivas. Durante la Guerra Fría, los europeos no podían esperar hacer frente por sí solos a la fuerza combinada del Pacto de Varsovia. Ahora, los miembros del Pacto están en la OTAN. Y aunque Rusia gasta una parte sustancialmente mayor de su PIB en defensa que los países de la OTAN, su PIB sigue siendo inferior al de cada una de las principales potencias del viejo continente. Europa no necesita a EE.UU. en la misma medida que en el pasado.
La situación sería aún más manejable si Rusia fracasara claramente en su intento de conquistar Ucrania, por lo que apoyar a Ucrania es la prioridad más inmediata. Si la agresión rusa tuviera éxito, se produciría una crisis de seguridad aún mayor, que se dejaría sentir de inmediato en la periferia europea de la Federación Rusa, y en particular en los Estados bálticos. Ucrania no es la única razón por la que es importante mantener la OTAN, incluso con una contribución estadounidense reducida. Contar con una alianza tan inclusiva resuelve una cuestión estratégica vital para sus miembros. Sin ella, podrían formarse minialianzas en toda Europa, posiblemente en oposición unas a otras. Mientras EE.UU. siga formando parte de la alianza, existe un efecto disuasorio. Podemos dudar de su compromiso con Europa en caso de crisis, pero Moscú no puede estar seguro. El objetivo más importante, y la prioridad en materia de gasto militar, debe ser contar con fuerzas convencionales fuertes para disuadir a Rusia de cualquier agresión territorial. Es importante disponer de fuerzas suficientes para impedir que Rusia obtenga ningún beneficio, de modo que no se plantee la posibilidad de recurrir al uso de armas nucleares.
Fuera de su propio continente, los europeos deben aceptar que pueden hacer menos, sin duda en el ámbito militar, especialmente si actúan sin los EE.UU. Esto plantea la cuestión de China. Desde hace más de una década, se debate en qué medida debe considerarse una amenaza para la seguridad de Europa. Durante la primera Administración Trump y luego la de Biden, los europeos aceptaron que, si los estadounidenses se tomaban en serio la amenaza, ellos también debían hacerlo. También existen problemas reales en materia de espionaje y prácticas comerciales desleales, así como de competencia por las materias primas. Pero la segunda Administración Trump parece menos preocupada por la amenaza militar de China que por la económica. Esto plantea problemas a sus aliados del Indo-Pacífico, pero también libera a los europeos de responsabilidad. Dado que las prácticas comerciales de EE.UU. también han sido disruptivas, ya se aprecia un cierto grado de divergencia, con visitas de los líderes europeos a China. Si la situación económica se vuelve más urgente, será necesaria cierta coordinación política con Pekín.
Ninguna gran estrategia puede anticipar los acontecimientos futuros. Los imprevistos suelen dar lugar a los ajustes estratégicos más profundos: el 11-S, la crisis financiera, el Covid… Por definición, es difícil prepararse para ellos con antelación. Sean cuales sean los retos que se presenten, habrá que abordarlos con instituciones internacionales que se han visto perjudicadas por la indiferencia de Trump. El multilateralismo ha pasado de moda. Por lo tanto, es probable que las respuestas sean ‘ad hoc’, sin plantillas que sirvan de orientación. Y por estas razones, debemos reconocer que una gran estrategia basada en la suposición de que EE.UU. es un país poco fiable e indiferente será insatisfactoria y menos eficaz que una en la que las relaciones con Washington sigan siendo sólidas y de apoyo mutuo. En algún momento habrá una Administración estadounidense más competente y fiable. No será posible simplemente retomar donde lo dejamos, volver a como eran las cosas. El mundo habrá avanzado. Pero es de esperar que sea posible reparar algunos de los daños y volver a aprender los hábitos de cooperación basados en valores e intereses compartidos.