• Explícale tú a María Jesús Montero que el derecho a la presunción de inocencia era ya uno de los pilares del Derecho romano en el año 451 a.C.

Entérate de en qué país vives y a qué tipo de gente votaron 7.800.000 españoles en 2023 dándole play al siguiente vídeo.

Pero primero quítale el volumen.

No escuches nada de lo que dice María Jesús Montero. Sólo observa sus gestos.

¿Lo notas? ¿Detectas ese fuerte aroma a trementina?

¿Hueles la estela metálica del hierro? ¿Ese olor a herida abierta?

¿Ese astringente tufo a arbitrariedad jurídica?

¿Percibes ese aroma rancio a señorito de Los santos inocentes?

Fíjate en la barbilla de Montero al cielo.

En el puño cerrado con las uñas clavándose en la palma de su mano.

En ese dedo índice señalando acusador al Estado de derecho, tan contrarrevolucionario él.

En ese labio superior que se retira para dejar a la vista los incisivos.

En esa lengua que se relame después de condenar al garrote vil, sin pruebas ni leches, a «los poderosos».

Y lo de «los poderosos» lo dice ella. La ministra de Hacienda de un país gobernado desde hace cuarenta y cinco años por un régimen socialista del que los españoles no nos libramos ni con la alternancia.

Ella no se considera poderosa, no. A ella sí debe aplicársele la presunción de inocencia. Ella es mujer, socialista y feminista. Triple protección frente a la ley y la racionalidad.

Ella ha sido ungida por el pueblo. ¡Y por las mujeres jóvenes! Son ellas las que le han dicho: «Enciérralos a todos, Marisú, y que Dios reconozca luego a los suyos».

Y ella, claro, se ha creído el arcángel Miguel pisándole la nuez a Satanás. «A quien ha nacido para martillo todas las cabezas le parecen clavos»

Y ahora súbe el volumen del vídeo y escucha lo que dice Montero.

Es el discurso de un cavernícola jurídico en el sentido más literal posible del término.

Explícale tú a María Jesús Montero que el derecho a la presunción de inocencia era ya uno de los pilares del Derecho romano en el año 451 a.C. y que lo sigue siendo hoy de cualquier sistema jurídico no ya moderno, sino simplemente civilizado. Hasta el Código de Urukagina (2.400 a.C.) es más sofisticado jurídicamente que María Jesús Montero.

El de Montero es el discurso de alguien que no ha hecho todavía la transición a la democracia desde allí donde sea que esté hoy ella.

Pero ni siquiera es un discurso nuevo.

Montero dice lo mismo que decía la Pasionaria, otra peligrosísima primitiva, en 1937: «Si en época normal hay un adagio que dice que es preferible absolver a cien culpables a castigar a un inocente, cuando está en peligro la vida de un pueblo es preferible condenar a cien inocentes antes que el culpable pueda ser absuelto».

¿Que por qué hay que tenerle más miedo a María Jesús Montero que a la ultraderecha? Porque a ella la aplaudieron este sábado en Sevilla.

Observa la cara de los que están tras ella. Ni se inmutan. Es la insoportable levedad del mal. La osadía de la ignorancia. El desparpajo de la barbarie.

Aunque la peligrosa, en realidad, no es ella. Porque siempre han existido desertores de la democracia. Gente que sólo cree en el Estado de derecho mientras puede servirse de él para llegar al poder y, una vez ahí, enseñorearse de las vidas y las propiedades ajenas.

Los peligrosos, los verdaderamente peligrosos, son quienes les votan, les aplauden y les espolean. Porque son ellos los que les conceden legitimidad a sus palabras.

Ojalá algún día esas personas tengan la oportunidad de catar en primera persona eso que pide Montero. Ojalá.

A esos entusiasmados aplaudidores, a los agradaores del sanchismo, les deseo, sinceramente y con todo mi corazón, que algún día puedan vivir en el país que desean. Lo disfrutaré a dos carrillos.