Víctor Núñez-El Español
  • En una España repleta de tertulias políticas, que ya cumplen la función de simular una conversación plural, ¿para que necesitamos una más cada miércoles?

Resulta obvio que en España no existe nada semejante a la democracia ni a la división de poderes. Desde el momento en que (como dispone el régimen del Estado de Partidos) es el Poder Ejecutivo el que controla al Legislativo y no al revés, las sesiones que se celebran cada miércoles en el Congreso para fiscalizar la acción del Gobierno no tienen demasiado sentido.

En feliz alegoría de Ignacio Ruiz-Quintano, «el 78 impuso una idea cromática de la separación de poderes: banco azul para los ministros, y para los diputados, banco rojo. Ejecutivo y Legislativo en la misma cama. Y en una estantería, el cuarto poder, la prensa».

Aún así, todavía podía aducirse que, a falta de representación política real, el hecho de que se represente en la Cámara Baja un simulacro de deliberación conviene al sostenimiento de la ficción de una libre competencia electoral, beneficiosa para la paz social.

Pero las sesiones de control ya ni siquiera sirven para eso. Las Cámaras han quedado reducidas a cámaras de eco de una logomaquia exasperante.

Sus señorías (esto tampoco es una novedad) traen las preguntas prefabricadas de casa, lo cual hace que no exista un diálogo, sino una mera concatenación de monólogos.

Y el Gobierno queda así habilitado para sortear, sin consecuencia política ni legal alguna, cualquier pregunta que le resulte embarazosa, como ha hecho Sánchez este mismo miércoles ante las preguntas de Feijóo.

La devaluación es sólo cuantitativa. El gabinete de Sánchez ha llevado la desvirtuación de este género parlamentario hasta el paroxismo. No sólo el Gobierno no responde a las preguntas, sino que ahora, directamente, es el Gobierno el que interroga a la oposición y le pide cuentas por episodios prehistóricos que no guardan ninguna relación con lo que se discute.

En España ya no existe la política, sino únicamente la comunicación política. Y por eso los diputados conciben el Parlamento durante estas sesiones como una expendeduría de consignas para su circulación en la prensa, como una arena para el zasca extractable en las redes, o como un altavoz más para la propaganda partidista.

Causa auténtico alipori escuchar semanalmente la alternancia entre la quincalla retórica del Gobierno, con su discurso para párvulos sobre la amenaza ultraderechista, y las vanas ocurrencias impostadas por la oposición.

Que nada de esto es insólito lo prueba que, ya en 1923, Wenceslao Fernández Flórez escribiera que «la dorada mediocridad se apiña en los escaños» y que la pugna parlamentaria «no se refiere nunca al descubrimiento de una idea, sino al hallazgo de una frase».

Pero en un tiempo en que España está repleta de tertulias políticas, que ya cumplen la función de simular que existe una conversación plural con representación libre e igual de todas las voces, ¿para que necesitamos una más cada miércoles, sufragada por si fuera poco con nuestros impuestos? ¿No tenemos suficiente con RTVE?