Manuel Cruz-El Correo

Catedrático de Filosofía y expresidente del Senado

  • Algunos de nuestros políticos deberían recordar el proverbio «no hables a menos que puedas mejorar el silencio»

El mes de julio se despide con traca. Algunos de nuestros representantes públicos parecen seguir la consigna «que no decaiga» (la crispación) a la hora de hacer manifestaciones públicas. En lugar muy destacado del ranking de los episodios bochornosos protagonizados por ellos y a los que la ciudadanía de nuestro país se ve obligada a asistir se encuentra el cruce de insultos entre Óscar Puente e Isabel Díaz Ayuso que tuvo lugar la semana pasada a cuenta de los pavorosos incendios en Ávila y en la Comunidad de Madrid. Ambos exhibieron una incontinencia verbal (se llamaron mutuamente «mamarrachos») que no remite ni ante una catástrofe de tal magnitud.

Mayor importancia, no obstante, presentan las declaraciones de la actual ministra de Ciencia, Innovación y Universidades, Diana Morant, quien se ha descolgado con un argumento de difusa inspiración popperiana (no cabe ser tolerante con los intolerantes) para expulsar del tablero político a Feijóo y, con él, a la oposición por entero a base de establecer un paralelismo con Hitler y el régimen nazi. La mayor importancia de sus palabras se deriva, no solo de la profunda confusión que revelan sino, sobre todo, de la profunda confusión que pueden llegar a generar.

Respecto a lo primero, sin duda no serán pocos los que se sorprendan de que quien hace escasos días, cuando era preguntada por su valoración de la situación del expresidente Zapatero, se dedicaba a repetir los tópicos de argumentario acerca de la presunción de inocencia y la necesidad de «dejar trabajar a la justicia» (aunque ello no impida, cuando convenga, descalificar al juez) ahora condene por anticipado al adversario político. Y que lo haga, además, basándose en las intenciones que le imputa, que no son otras que las de copiar las políticas seguidas por el nazismo. En definitiva, que le aplique el criterio de la presunción de culpabilidad.

Sin embargo, tal vez resulte de mayor gravedad la confusión que las palabras de Diana Morant pueden propiciar en el debate público. Su desaforada exageración del peligro que representa la derecha sienta las bases para la ulterior legitimación -en estricta aplicación del principio, tan celebrado por algunos, según el cual el fin justifica los medios- de cualquier medida que se pueda tomar si sirve para cerrarle el paso a tan temible enemigo. Pero sabemos dónde desemboca el seguir semejante lógica sin restricciones. En el peor de los casos, en la justificación de comportamientos como el reciente de Daniel Ortega, abjurando de la democracia en nombre de un bien presuntamente superior. En el menos malo, en lo obtenido por la ministra con sus declaraciones: banalizar los peores horrores del pasado, convirtiéndolos en inanes baratijas argumentativas para arañar unos pocos votos. Una obscenidad política en estado puro.