RUBÉN AMÓN-EL CONFIDENCIAL

  • El presidente del Gobierno manipula y enfrenta a sus socios y enemigos políticos para reaccionar a su precariedad parlamentaria y abrirse soluciones en los Presupuestos

Pedro Sánchez es un maestro de la ducha escocesa. Cuando nos tenía acostumbrados al agua caliente de la moderación, improvisa la sorpresa del agua fría. Y se relame de un tratamiento térmico que se ceba, otra vez, con la candidez y mansedumbre de Ciudadanos.

El esfuerzo que Inés Arrimadas había expuesto para adherirse a los Presupuestos con la bandera blanca se resintió unas horas después del abrazo obsceno de Sánchez a Gabriel Rufián, orgullosos ambos de haber reanimado el artefacto de la mesa de partidos.

Y no podrá sorprenderse de semejante volatilidad la primera autoridad del partido naranja. Sánchez ya había chuleado anteriormente a Cs pactando alevosa y nocturnamente con Bildu la derogación de la reforma laboral. No ha terminado de producirse el compromiso con el partido radical abertzale, entre otras razones, porque la palabra de Sánchez carece de prestigio y de valor, independientemente de los interlocutores. Ni cuando la compromete ni cuando la retira.

De hecho, Pedro Sánchez es un maltratador político. La crueldad con que humilla a sus aliados —orgánicos o circunstanciales— equivale al cariño con que luego los conforta. Se trata de desconcertarlos, de sorprenderlos. Y de establecer con ellos una manipulación casi siempre limítrofe en el umbral del premio y el castigo. Sánchez ha demostrado comportamientos humillantes hacia Iglesias, Rufián y Arrimadas, pero el dominio de las temperaturas escocesas le permite conservarlos bajo su custodia. Cada vez que se alejan, los acerca. Y cada vez que los tiene cerca, decide alejarlos, a semejanza de un ejemplar castigador.

La mejor manera de ganarse a Esquerra es amenazar a Rufián con la bandera de Ciudadanos

El motivo no consiste en una perversión psicológica, sino en una estrategia política que proviene de la propia inestabilidad de Sánchez. Tan elocuente es su precariedad parlamentaria que necesita utilizar y estimular sus recursos poniéndolos en discusión. La mejor manera de ganarse a Esquerra es amenazar a Rufián con la bandera de Ciudadanos. Y el mejor modo de atraerse a Arrimadas radica en hacerla sentirse como la cariátide del patriotismo.

El juego es peligroso porque subordina muchas veces el interés general al personal, pero Sánchez ha demostrado manejarse con extraordinarias habilidades transformistas. No ya porque se desenvuelve como un maestro del black-jack en las partidas a ciegas, sino porque el ardid de enfrentar a los enemigos demuestra que el gran tahúr carece de compromisos ideológicos y deberes personales. Sánchez es un presidente de naturaleza líquida, cuando no gaseosa. Por esa razón su palabra está sometida al cinismo. Y por la misma razón ya tiene asegurados los Presupuestos. Únicamente deben conocerse cuáles y con quién. Tanto se los puede proporcionar la opción moderada y conservadora —Cs, PNV— como se los puede garantizar los socios de investidura desde una perspectiva ideológica más radical.

Ya le gustaría a Sánchez conseguir la adhesión de Cs y ERC en la misma jugada, cuando no la respuesta afirmativa de Pablo Casado y la alfombra de Vox, pero realmente no necesita regodearse en la perfección de la cuadratura del círculo. Su verdadera dimensión política y estética asemeja a los cuadros de Arcimboldo, famoso pintor del renacimiento cuya imaginación y audacia creaba retratos humanos a partir de la composición de flores, plantas, animales y frutales. Quiere decirse que Sánchez es el maestro de la hibridación. Y que la “facultad” del maltrato político redunda en sus propios beneficios, precisamente porque Sánchez se alimenta del oxígeno de sus aliados y enemigos. Ha aprendido a utilizarlos. Los termina vampirizando. Se alimenta de ellos, igual que sucede con la hiedra, en representación de las plantas trepadoras.

El mayor peligro de la estrategia consiste en que el presidente del Gobierno —de tanto recrearse en la corriente alterna— termine irritando y hasta malogrando la lealtad de sus compañeros de viaje. El más especial y delicado de todos es Pablo Iglesias, en cuento socio del pacto gubernamental, pero Sánchez es perfectamente consciente de haber convertido al líder de Unidas Podemos en un escudero manso e inocuo. De otro modo, los ministros de Podemos no se hubieran enterado por la prensa de la fusión de Bankia y Caixabank.