Luis Ventoso-El Debate
  • Uno huele a pueblo, aunque sea con una exagerada mirada esperpéntica, el otro, al pijerío de una izquierda caviar sumida en sus neurastenias ombliguistas

El humor es algo muy serio. Se trata de uno de los más felices atributos de la inteligencia y es el aceite que engrasa las inevitables tiranteces de la vida. Pero el género presenta variantes muy diferenciadas. No es lo mismo el humorismo con poso e intención de Cervantes o Molière que la búsqueda de la risa fácil de una novelilla de Tom Sharpe o Helen Fielding. En el cine ocurre otro tanto.

Hay películas con tono de humor, incluso de pura comedia, que al tiempo albergan mucha enjundia y hasta revelan recovecos oscuros de su tiempo. Por entendernos, títulos como Tiempos Modernos de Chaplin; El Pisito de Ferreri y Azcona; Plácido de Berlanga; Los inútiles de Fellini o El apartamento de Billy Wilder. Otro género son las comedias de pura elegancia, como algunas de Lubitsch, o las de Monsieur Hulot de Jacques Tati, o las de Woody Allen cuando está inspirado, pues con tanta producción le sale mucha quincalla. Por último, están los astracanes descacharrantes, una acumulación de chistes, físicos y verbales. Van directamente a la caza de la pura carcajada, sin más. Es el caso de las comedietas de Louis de Funes, de Aterriza como puedas, de las graciosas payasadas de Leslie Nielsen… o de la serie Torrente.

Mi impresión de mero aficionado es que el gran genio cómico del cine español fue Rafael Azcona, que con sus guiones supo combinar lo humorístico con unas cargas de profundidad que iban bastante más allá. Algunos observadores quieren emparentar a Torrente con las cimas de Azcona y Berlanga durante el franquismo. Pero a Segura le faltan guiones sólidos y calado. No muestra ambición de ir más allá del gag resultón.

El gran Santiago Segura, madrileño de 60 años, el inteligente hijo de un obrero de una fábrica de tuercas de Carabanchel, es un mago del cine comercial. Ideológicamente, ha evolucionado de joven izquierdista a liberal criptoderechista. Sin embargo, no acaba de atreverse a entrar en la crítica profunda al poder, que es la que tiene auténtico valor y mérito. Sabe que cuando manda la izquierda, arrearle sale muy caro en España, pues te va a señalar, te harán el vacío… así que practica una astuta equidistancia a lo Alatriste. Lo suyo al final es la brocha gorda y no llega a esgrimir el bisturí de la crítica profunda, al estilo de los esperpentos de Valle-Inclán, que componía un fresco demoledor de las flaquezas de la sociedad española y sus gobernantes.

Torrente ofrece algunos chistes que te hacen reír, cameos sorprendentes y muy graciosos y le da algún pellizco al poder. En un erial comercial como el del cine español, lastrado por la plomada «progresista», Segura se ha coronado como el rey de la taquilla. Y con todo el mérito, pues se lo ha currado él solo, a pelo, con su talento y sin subvenciones. Pero Torrente, presidente dista de ser una buena película y nadie se acordará de ella en dos o tres años.

La taquilla es el auténtico referéndum, el lugar donde el pueblo emite su veredicto de forma libérrima. Y ahí Segura arrasa. En su primer fin de semana, Torrente, presidente recaudó 6,9 millones. Este viernes se estrenó Amarga Navidad, la última y muy subvencionada obra del supuesto genio Almodóvar. Logró 178.000 euros en taquilla. Su anterior entrega, La habitación de al lado, una desagradable loa a la eutanasia, la vieron en España 397.000 espectadores, una cifra a años luz de la factoría Segura. Todas las entregas de la serie familiar Padre no hay más que uno han superado los diez millones de recaudación y los torrentes pasan casi siempre de siete millones.

¿Por qué golea Segura a Almodóvar? Pues porque uno huele a pueblo y calle, y el otro, al pijerío de una izquierda caviar sumida en sus neurastenias ombliguistas. Cualquiera puede identificarse con las comedias familiares de clase media de Segura. Cualquiera puede reconocer también esa picaresca marginal que retrata, aunque lo haga de un modo exagerado, pues enlaza con cierta España eterna, que sigue viva en unos barrios marginales de los que el oficialismo jamás se ocupa.

Almodóvar, en cambio, peca del mismo defecto de la izquierda política con que se identifica. Se trata de un triunfador resentido, apalancado en su torre de marfil, que ha perdido la sintonía con la calle y solo cuenta las inseguridades y el victimismo de unos privilegiados que moran en viviendas suntuosas y pretenden erigirse en portavoces del pueblo llano, cuando están a años luz de su cotidianidad. Es exactamente lo mismo que le ocurre a la izquierda actual, que piensa tanto en el «género», en salvarnos de «la emergencia climática», en pelotillear a los separatistas que odian a España y en la memoria guerracivilista que se olvida de las cosas de comer. Desatiende los problemas de los españoles de carne y hueso.

Torrente, a su zarrapastrosa manera, es un héroe popular del pueblo español. Los personajes cosmopolitas de Almodóvar encarnan a una élite desapegada de nuestra realidad, que por encima nos sermonea con una cargante e intolerante soberbia.