Carlos Martínez Gorriaran-Vozpópuli
- Sánchez también pretende suplantar a los padres en la tutela y educación de sus hijos
“Mira chica (o chico), te prohíbo las redes sociales, pero puedes abortar cuando quieras (copula sin precauciones) o cambiar de sexo sin permiso de tus padres. Porque el Gobierno te quiere y sabe lo que te conviene.” Esta conversación imaginaria no está sacada de alguna distopía de Orwell o Huxley, sino que pretende resumir las nuevas reglas morales que Sánchez pretende imponernos por ley. Es verdad que la ocurrencia ha desatado un alud de críticas, destacando las de Elon Musk -poderoso caballero es don Dinero-, Telegram y las advertencias en contra de la Comisión Europea, pues la legislación digital es competencia europea, o incompetencia según se mire, ya que sobra regulación pero carecemos de una red social europea comparable a X, Facebook o Instagram.
Pero también ha merecido el aplauso del mundo académico y político “progresista”, esa cultura reaccionaria que busca en nuestro Rey de las Saunas un líder mundial a la altura del desafío que llaman, cómo no, tecnofascismo de la tecno-oligarquía de Estados Unidos: la china o la manipulación rusa de las redes no les preocupan lo mismo, nada casual. Y todo esto en nombre de la causa moral más tramposa desde los albores de la humanidad: la protección de la infancia. Comencemos por aquí.
¿Vamos a prohibir la escuela?
Los escépticos con las prohibiciones, entre quienes me cuento, han señalado que no hay institución más agresiva con la infancia que la escuela obligatoria. En efecto, encerramos a los niños en aulas según un calendario y horario fijo, les impedimos jugar y hacer lo que les apetezca, les exigimos -cada vez menos, cierto- que obedezcan órdenes e instrucciones de maestros y tutores, les obligamos a sufrir la compañía de otros escolares que pueden acosarles de muchas formas y hacer sus vidas infelices, y como consecuencia un porcentaje apreciable de niños y adolescentes sufren traumas, infelicidad y daños mentales que pueden llegar al suicidio, la tragedia definitiva (aquí, datos del psicólogo Pablo Malo). Y pasa desde mucho antes de internet.
¿Vamos a prohibir la escuela por eso? Algunos antipedagogos ácratas lo propusieron en serio -como Iván Illich y A. S. Neill-, pero la inmensa mayoría estamos de acuerdo en que los beneficios de la escolarización son insustituibles e imprescindibles para la vida actual: la civilización ya no puede prescindir, sin suicidarse -aunque todo se andará-, de una población alfabetizada e instruida que, por consiguiente, debe ser escolarizada. Es cierto que la inmersión de niños y adolescentes en internet, un nuevo fenómeno, complica las cosas mucho más, y que el alud de la Inteligencia Artificial -la verdadera revolución en marcha- inaugura dificultades imprevisibles. ¿Cuál es la misión de la escuela ante este nuevo horizonte?: pues el de siempre, enseñar a usar bien las nuevas técnicas y contenidos informativos, formar criterio y habilidades. No prohibirlos.
La ley del analfabetismo digital
Es muy ingenuo creer que los adultos estamos, como tales, mejor protegidos de los malos efectos del mundo digital que los menores: la manipulación informativa, la intoxicación emocional, las estafas, la pornografía y las apuestas adictivas, y muchos otros productos tóxicos que viven una edad de oro en las redes sociales, afectan sobre todo a los adultos. Pensar que protegeremos mejor a los menores vetándoles el contacto con un mundo digital del que muchos son verdaderos nativos es tan absurdo como prohibirles aprender a leer y escribir para que no lean cosas peligrosas (aunque es verdad que se ha avanzado mucho en este disparate).
La censura a través de la ignorancia dominó la educación durante muchos siglos, especialmente la de niñas a las que apenas se enseñaban las primeras letras para eludir los peligros de libros y lenguas cultas, como denunciaba la gran feminista ilustrada Mary Wollstonecraft. Pero todo indica que volvemos al Colegio de Señoritas como modelo de la educación para la dependencia.
La imposición por ley del analfabetismo digital a los menores de edad provocaría daños muy superiores a los posibles beneficios que dicen perseguir los moralistas ultra protectores. Por no hablar de que los menores actuales saben de internet y dispositivos mucho más que los progresistas reaccionarios. Por ejemplo, que basta una VPN gratuita para saltarse los bloqueos de la autoridad, como hacen en Cuba, Irán o China los ciudadanos bien informados. ¿Qué prohibirán entonces, los smartphones? El verdadero peligro social de la IA e internet avanzado está en el mundo académico y profesional, donde cada vez es más usual colar por investigación, informes expertos, creación e incluso sentencias judiciales disparates fabricados a medida del cliente por un chat de última generación.
Nihilismo siniestro
El delirio pedagógico progre degenera en peligro totalitario cuando lo invoca un gobierno tan corrupto, autoritario y degenerado como el de Pedro Sánchez y sus socios, terroristas incluidos. A estos últimos ya les ha prometido, por cierto, el definitivo blanqueo y canonización de su biografía criminal sacando a ETA de la lista de organizaciones terroristas (hablaremos de esto otro día).
Decíamos al principio que la supuesta preocupación paternal de este gobierno por los peligros de las redes sociales para los menores queda desmentida por las leyes que permiten abortar o cambiar de sexo sin informar siquiera a los padres, dos decisiones irreversibles y altamente peligrosas en todos los sentidos, del ético al mental. Pero para el nihilismo moral lo malo no es destruir la propia vida, sino desafiar al gobierno total, orwelliano. Sánchez también pretende suplantar a los padres en la tutela y educación de sus hijos, y en su escala de antivalores es más peligroso visitar TikTok que abortar o cambiar de sexo.
Este nihilismo siniestro encubre una voluntad política que apoya la vieja oligarquía política y mediática: restringir al máximo internet y las redes sociales porque critican al poder y, al ser incontrolables, rompen el monopolio comunicacional de un par de grandes grupos propios o amigos, con sus televisiones, radios y periódicos. Telegram lo ha denunciado en términos muy apropiados. Lo que está en peligro no es el dudoso candor moral de los menores, sino el derecho esencial a la libertad de expresión, información e iniciativa de los simples ciudadanos: nosotros.