Gorka Maneiro-Vozpópuli
- La fórmula hotelera anticipa o deja abierta la puerta a próximas prohibiciones… que quizás no nos hagan tanta gracia
Las noticias sobre el eclipse han eclipsado durante los últimos días ciertas polémicas que han pululado especialmente por las redes sociales, como si fuera más importante que la luna se entrometa entre el sol y la Tierra que nuestras pajas mentales más inconfesables; entre ellas, la pujanza de los Adults Only Hotels, o sea, los hoteles que prohíben la entrada de niños en sus instalaciones, o, dicho de una forma más cruda, los que permiten que se alojen todo tipo de seres humanos salvo que estos tengan la edad en la que das la tabarra y molestas al vecindario, a los huéspedes, a la clientela, y a todo aquel que se atreva a permanecer cerca de semejantes demonios.
Yo en ningún caso prohibiría semejante oferta hotelera, negocio que parece se encuentra al alza en los tiempos estresantes que corren, pero sí que debo decir que su existencia me provoca pena y cierto desasosiego, como si adelantara acontecimientos o nos pusiera ante nuestro espejo; la misma pena que me provocan los hoteles sólo para solteros, las sociedades gastronómicas sólo para hombretones, las cuadrillas sin mujeres, los espacios sin humo, las bodas con disfraz obligatorio, los hogares de jubilados o las discotecas a las que sólo se puede entrar con una determinada vestimenta para no incomodar al respetable. Yo comprendo (casi) todo y entiendo su objetivo y sé que cada cual tiene sus gustos, pero su éxito me desasosiega, y que haya gente dispuesta a pagar para no compartir tiempo y espacio con los críos me provoca rechazo, porque además anticipa o deja abierta la puerta a próximas prohibiciones… que quizás no nos hagan tanta gracia.
Ciclistas, puristas y vecinos
A mí los niños me incomodan como pueden incomodar en algún momento a todo el mundo, o como pueden incomodarme los abuelitos con sus andadores que te detienen en los pasos de cebra más de la cuenta, las señoras que hurgan entre los melocotones para escoger los mejores y dejarte a ti los peores porque no tienes tanta cara, los clientes que se ufanan en pagar la cuenta con los céntimos que guarda a buen recaudo en la cartera provocando atascos monumentales, los gruesos que te dificultan la salida de los locales, los ciclistas que te obligan a echarte a la izquierda, los bailongos desatados que te empujan en las discotecas, los que padecen cierta sordera y hay que repetirles tres veces la misma idea, los vecinos que cantan (mal) debajo de la ducha y hasta los puristas del puro de toda la vida que te echan el humo en las terrazas, penúltimo reducto, al paso que vamos, de los libertarios que osan querer disfrutar de los pequeños placeres de la vida, que en el fondo son los más grandes; sin embargo, yo no los prohibiría ni los tacharía de mi círculo de amistades, vecinos, clientes o familiares. No es que vaya a buscar su compañía con especial vehemencia ni que prefiera bailar con la más fea que con la chica guapa de la barra, pero puedo comprender que forman parte de la misma fauna de la que formamos todos, aunque todavía no hayamos llegado a cometer los mismos pecados capitales que ellos. Los que huelen mal son caso aparte, lo confieso; me alejo de ellos en cuanto noto su presencia, como supongo hacemos todos.
Indeseables de la peor especie
El argumento principal que han dado los que ven como una buena idea (y hasta un avance para la humanidad) la existencia de estos hoteles es semejante a la que terminan dando quienes carecen de más argumentos: si no te gustan, no vayas. Pues vale pero ya lo sabía. Y es que no propongo prohibir los hoteles que prohíben la entrada de niños a sus instalaciones sino que me limito a decir que me apenan como me apenan los lugares exclusivos del tipo que sean sólo para determinada gente que quiere alejarse del resto de los mortales para no contaminarse. Obviamente, yo elijo en la medida que puedo los lugares que visito con el objetivo de, al menos, pasar un rato agradable con los míos y con los ajenos, pero anticipar que cierta gente no pueda permanecer en el mismo sitio por sus características es algo que me acongoja. No descarto que mi argumento tenga vías de agua, pero tampoco pretendo convencer al resto. Además, como yo llevo residiendo en Euskadi unas cuantas décadas y he tenido que compartir tiempo y espacio con indeseables de la peor especie, prohibir la entrada a un hotel a los niños por ser niños por si se comportan como niños… me parece un exceso que liga bien con los tiempos que vivimos y con lo que se pretende de un modo u otro: prohibir todo aquello que nos incomoda en lugar de tratar de convivir de la mejor manera posible con los distintos y, de paso, que los progenitores hagan el esfuerzo de educar a sus vástagos, que esa es otra, y el resto el de comprender que ciertos comportamientos son inevitables: un niño no va ofrecerte un café ni puede que se ofrezca a darte crema en la espalda ni tienda las toallas al volver de la piscina, pero tienen otras cosas. Pero ya digo que es lo que se lleva: lo próximo será prohibir fumar en las terrazas mientras pensamos cómo prohibir los azúcares, la vida sedentaria, el alcohol de alta graduación, la mala educación y, todo llegará, a quienes tienen creencias contrarias a las nuestras, aunque las ejerzan de manera democrática. Incluso hoteles sólo para gente guapa; o, ya puestos, sólo para gente de derechas, que los de izquierdas hablan a voces y lo ensucian todo.
Insaciables comedores de hamburguesas
Ya sé qué pretenden quienes pagan dinero extra para no cruzarse con los niños que hablan alto, corretean donde está prohibido, orinan en las piscinas, preguntan lo que no deben y lo ponen todo perdido: tomarse unos días de descanso y que nadie los moleste, de modo que, ya que no pueden asegurarse otros placeres, al menos puedan quitarse de en medio todo lo que los incomoda.
Desde luego están en su derecho. Allá cada cual con sus apetencias. Yo era de los que decía que ni loco me verían en uno de esos hoteles familiares con todo incluido plagados de domingueros, chiquillos gritones, portugueses a los que no se les entiende y gordos sudorosos que comen hamburguesas a todas horas: pues incluso en esas circunstancias disfruté… como un chiquillo. Y aprendí el arte de la adaptabilidad humana, esa antigualla. Prefiero bañarme en la Concha sin moros en la costa, cielo despejado, temperatura agradable, poca gente dando la murga y, por supuesto, buena compañía. Pero uno no siempre puede alcanzar lo que pretende. Y, en todo caso, salvo a los delincuentes que nos roban con descaro o los de cuello blanco que lo hacen disimuladamente, yo prohibir no prohibiría a casi nadie. Y mucho menos a los más enanos, esos seres insoportables… tan adorables. Incluso aunque no lo fueran.